El borrego cimarrón: mitos y testimonios
Desde que los primeros grupos humanos llegaron a Baja California, miles de años antes de nuestra era.

Desde que los primeros grupos humanos llegaron a Baja California, miles de años antes de nuestra era, la presencia del borrego cimarrón se dejó sentir en las obras creativas de estos pobladores. Así, podemos contemplarla en las pinturas rupestres, descifrarla en los mitos y leyendas de nuestra península y detectarla en muchas obras literarias escritas por viajeros y nativos de esta región del mundo. Ya en el mito de creación Kiliwa, en la versión de Emiliano Uchurte, se decía que: “Cuando el mundo fue creado no existía nada. Sólo reinaba la oscuridad. Entonces llegó Matipá, el dios coyote. Se sentó, pensando en todas las cosas que iba a crear. Hizo un buche de agua y lo escupió creando los mares. Entonces pensó hacer el cielo, pero no sabía cómo. Decidió desollarse para hacer el cielo con su piel. Luego puso un borrego cimarrón en cada montaña. Cada cuerno de cada borrego era de distinto color”. De esta forma, los borregos cimarrones, desde las alturas de la sierra, sostienen el cielo.
El biólogo Miguel Agustín Téllez Duarte, ha dicho de ellos que “debemos recordar que estos son rumiantes, de la familia de los bóvidos, clasificados en el mismo grupo que los venados, las jirafas y berrendos. De los borregos cimarrones que ahora conocemos, estos migraron por la costa del Pacífico hasta alcanzar las zonas montañosas de Baja California y del norte del país hasta Coahuila, adaptándose a las rigurosas condiciones del ambiente montañoso desértico”.
Ya Ken Hedges, antropólogo estadunidense, en su libro Museo del hombre (1975), dijo que: “En las montañas del norte de la península de Baja California existen numerosos abrigos que contienen pinturas hechas por los indígenas kumiai”, quienes “cazaban además algunos animales como conejos, venados, antílopes y borregos de montaña para completar su alimentación”. El borrego cimarrón no era visto sólo como un alimento más por los pueblos nativos de Baja California, sino como una figura tutelar, como un animal del destino. La importancia totémica de esta criatura de la naturaleza la podemos constatar cuando vemos que el chamán indígena bajacaliforniano conseguía sus poderes de su vinculación con el espíritu de ciertos animales. En el caso de que este animal fuera el borrego cimarrón, obtenía la resistencia, la habilidad para escapar de sus enemigos, la capacidad de orientarse en cualquier lugar donde estuviera y la destreza para subir o bajar las laderas empinadas de las montañas. Este lazo espiritual puede verse retratado en el mural que el pintor mexicalense, Carlos Coronado Ortega, realizara en 1975 en la Biblioteca Central pública del estado: ahí aparece la figura de un chamán portando la cabeza de un borrego cimarrón.
En cambio, para los occidentales que llegaron a partir del siglo XVI, las especies animales de la Baja California resultaron ser fuente de curiosidad y alimento aceptable para sus fatigas y trabajos. En muchos de los libros dedicados a la conquista espiritual de nuestra península, especialmente los escritos y/o publicados por misioneros jesuitas durante el transcurso del siglo XVIII, los borregos cimarrones y sus largas cornamentas se dejan ver y notar. Así sucede con Miguel del Barco, en su obra Historia natural y crónica de la Antigua California, donde este erudito señalaba que: “En la California se hallan dos especies de montería, que no se conocen en la Antigua ni en la Nueva España. La primera es la que los californianos llaman Tajé. Este es un animal de la corpulencia de un ternero de un año, muy parecido a él en la figura, la cabeza es semejante a la de los venados, las astas extraordinariamente gruesas, pero parecidas a las del carnero, aunque muy retorcidas”. Y aseguraba que su “carne es sabrosa y regalada”
Y el jesuita Fernando Consag, dijo a mediados del siglo XVIII: “Se han visto cabras de montaña y borregos de montaña, este último ha sido cazado con mayor frecuencia. Algunos de ellos aunque tienen la forma de cabras o borregos, poseen pieles como la del venado. Sus pieles son delgadas y aunque suelen someterse a secado como las del venado para transformarlos en gamuzas o piel curtida, son más suaves y cotizadas que las pieles del venado procesadas que se le asemejan”. Como se ve, el borrego cimarrón, por su abundancia, se había convertido para la segunda mitad de aquel siglo en un producto comercial muy apreciado. Tal es la relación de este animal con la vidade los nativos y colonos de nuestra península.
*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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