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La generación que creció en Marte: El experimento que nadie autorizó

Imagine que le ofrecen un lugar para su hijo de diez años en la primera colonia humana en Marte.

Ismael  Plascencia López

Imagine que le ofrecen un lugar para su hijo de diez años en la primera colonia humana en Marte. Antes de firmar, usted preguntaría lo obvio: ¿qué le hace a un cuerpo en crecimiento una gravedad de un tercio? ¿Qué pasa con sus huesos, con su corazón, con su cerebro? Nadie lo sabe, le dirían: nunca ha crecido un niño ahí. Ningún padre firmaría.

Y sin embargo, hace poco más de una década firmamos algo parecido. Sin debate público, sin un solo estudio previo, sin que nadie nos preguntara, mandamos a una generación entera a crecer en un ambiente que ningún ser humano había habitado antes: la infancia dentro de una pantalla.

Ese es el punto de partida de La Generación Ansiosa, del psicólogo social Jonathan Haidt, el libro que ha puesto el tema en la agenda de parlamentos de medio mundo. Su tesis se resume en una frase: entre 2010 y 2015 ocurrió el Gran Recableado de la Infancia. La infancia basada en el juego fue sustituida por la infancia basada en el teléfono.

No fue un accidente. Por un lado, empezamos encerrando a los niños: se acabó la calle, la bicicleta, la “trais”, el ir solos a la tienda. Por miedo —muchas veces razonable— los sobreprotegimos en el mundo real. Por el otro llego el “smarthphone” con cámara, internet de alta velocidad y las redes sociales con algoritmo. Y ahí, en el mundo donde sí estaban expuestos a extraños, a la comparación y al acoso las veinticuatro horas, no los protegimos en absoluto.

Los sobreprotegimos donde no había tanto peligro y los abandonamos donde sí lo había.

En Estados Unidos, entre 2010 y 2021, la depresión mayor en adolescentes mujeres creció 145 por ciento y sigue empeorando. Las hospitalizaciones por autolesión en niñas de 10 a 14 años aumentaron 188 por ciento. Las curvas llevaban décadas planas y se disparan casi en el mismo momento. Y no pasa solo allá: el mismo quiebre aparece en Reino Unido, Canadá, Australia y los países nórdicos. Cuando el mismo fenómeno arranca al mismo tiempo en países con economías, políticas y culturas distintas, la explicación tiene que ser algo que ocurrió al mismo tiempo en todos ellos. Fue el teléfono.

Aquí la conversación se vuelve local. La respuesta que hemos dado hasta ahora en Baja California, como en casi todas partes, es pedirle al padre de familia que ponga límites en su casa. Y está condenada a fallar, por una razón: es un problema de acción colectiva. El papá que dice “no” a solas no protege a su hijo; lo aísla. Lo saca del grupo de WhatsApp donde se organiza la fiesta, de la conversación del recreo, de la vida social de su generación. Le pedimos a cada familia que resuelva sola algo que solo se puede resolver entre todas.

Por eso esta serie no va a terminar en consejos para papás, sino en una propuesta concreta: que Baja California establezca por ley una edad mínima verificable para el acceso a redes sociales, y escuelas libres de celular de la entrada a la salida.

En la Fundación “Acción por los Derechos Fundamentales” estamos trabajando en una iniciativa centrada en valores para niñas, niños y jóvenes que incluye la supervisión, el control y la restricción a redes sociales y “smartphones”. ¿Usted le daría alcohol o cigarros a su hija menor de 16 años?.

  • *- El autor es Doctor en Economía, Maestro en Desarrollo Regional, profesor-investigador en Cetys Universidad.

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