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Rubén Vizcaíno Valencia: Fragmentos para un retrato

Rubén Vizcaíno Valencia (Colima, 1919-Baja California, 2004), fue un escritor e intelectual.

Gabriel  Trujillo

Rubén Vizcaíno Valencia (Colima, 1919-Baja California, 2004), fue un escritor e intelectual que marcó, en forma perentoria, la cultura bajacaliforniana de la segunda mitad del siglo XX. Los que lo conocimos podemos dar testimonio del tornado que fue en las lides de la promoción cultural. He aquí algunos de mis recuerdos al respecto:

1. Era un lector que servía de intermediario con los demás –alumnos, colegas, visitantes- de sus descubrimientos librescos, de sus hallazgos artísticos. Si encontraba un autor que le gustaba te lo compartía. No lo recuerdo citando de memorias parrafadas de escritores clásicos, pero daba nombres de sus placeres como lector empecinado. A veces parecía no estarte ofreciéndote una novela sino un calendario, como en sus tiempos de vendedor ambulante.

2.- No me pregunten por qué, pero lo rememoro como un monje zen. Y lo hago no por sus atuendos sino porque me enviaba, cada tanto tiempo, dibujos suyos acompañados de poemas breves. Eran pinturas orientales donde la palabra era acompañada por trazos mínimos, retratos y paisajes que apuntaban a una creatividad que no se conformaba con el alfabeto de sus días. En cierta forma, sus dibujos eran un jardín japonés listo para el terremoto de su personalidad volcánica.

3.- Antes de percatarme de su presencia oía su voz. Era la voz de un orador nato, que podía expandir sus palabras hasta la última fila de un auditorio sin necesidad de micrófonos. Ese atributo le permitía a don Rubén apoderarse de la atención del respetable, conducirlo por los vericuetos de su discurso, llevarlo a donde él quisiera. Pero era su vehemencia, su teatralidad de primer actor en cualquier escenario, lo que hacía de nuestro intelectual un hombre al que se volteaba a ver para saber lo que pensaba. No importaba el tema: importaba la voz, la pose, la mano señalando el camino a seguir.

4.- Lo veo peleando, cabellera agitada,mirada iracunda, entre los funcionarios públicos que no le quitaban la vista de encima. No suplicaba el apoyo a la cultura y a las artes: lo exigía como un líder sindical defendiendo a sus camaradas. Muchas veces me pareció una figura a la antigua usanza: de esos que se habían educado en los mítines políticos antes que en los cubículos académicos. Sabía agitar a las masas, diría Lenin. Sabía poner en su sitio a los simuladores, agregaría Mao. Sabía dar cátedra a los catedráticos, sermones a los predicadores, informes de labores a los burócratas. En todas las situaciones salía avante. En todos los sitios, cultos o populares, encontraba la oportunidad de dialogar, debatir o protestar.

5.- Disputé con Rubén Vizcaíno los regionalismos propios de nuestros respectivos medios. Me tocó todavía la etapa álgida de lo tijuanense, lo mexicalense, lo ensenadense. Lo entendí porque venía de Colima, un estado pequeño que siempre ha resentido –o aprovechado- su cercanía con Jalisco. Los colimenses gustan de los tesoros culturales del estado vecino pero prefieren voltear a ver primero su propia cultura. Eso mismo hizo nuestro autor en donde quiera que vivió: cultivar lo propio y darle el valor de lo primerizo, de lo original.

6.- Vizcaíno Valencia nunca desentonó en la frontera bajacaliforniana porque esta entidad siempre estuvo llena de migrantes como él. Gente que añoraba lo auténtico, que estaba convencida de que el camino del arte pasaba por nuestras raíces nativas, que para ponderarlo en toda su magnitud se requería un examen de conciencia; un difundirlo en la plaza pública para que nadie se quedara sin conocerlo, sin disfrutarlo.

7.- No sé ustedes, pero yo me sentía como en un salón de clases cada vez que platicaba con don Rubén. Era recibir la ráfaga de informaciones, noticias, conocimientos, lecturas, prejuicios e intuiciones, que ofrecía un profesor a sus alumnos. Más que un diálogo, a veces parecía que todo él era una cascada de ideas e idealismos que caía sobre sus desprevenidos interlocutores. Por eso muchos le sacaban la vuelta. Por eso muchos quedaban estáticos ante sus palabras. Por eso nunca pasaba desapercibido en una sociedad que gustaba más de trabajar y cada quien a sus asuntos. Pero Vizcaíno se imponía la tarea de educarnos en todo momento y lugar. Era un tour de fuerza si aceptabas escucharlo. Pero cuántas lecciones aprendías si eras paciente.

8.- La cultura es discrepancia, es iluminar los rincones oscuros de las mitologías regionales, es apostar por el arte y los artistas. Esa fue su mayor lección, su mejor cátedra.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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