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El Mundial de Futbol es de Adidas, Nike y…

La justa mundialista que se realiza cada cuatro años no sólo está redefiniendo el futbol en la cancha, está redefiniendo, sobre todo, el negocio detrás del espectáculo.

Javier  Villegas Orpinela

Efecto Multiplicador

Aunque usted no lo crea los protagonistas del Mundial de Futbol 2026 no son precisamente los jugadores, sino las marcas como: Adidas, Nike y Puma; claro, también la FIFA.

La justa mundialista que se realiza cada cuatro años no sólo está redefiniendo el futbol en la cancha, está redefiniendo, sobre todo, el negocio detrás del espectáculo.

Este Mundial terminará siendo el más rentable de la historia, pues tiene más partidos, más selecciones, más sedes y sobre todo más ingresos.

La expansión de 32 a 48 equipos no responde únicamente a una lógica deportiva; responde a una estrategia financiera enfocada en multiplicar audiencias, patrocinios, derechos de transmisión (ahora muchos partidos no se ven en televisión abierta) y consumo global.

En ese ecosistema, es evidente que la marca alemana Adidas juega con ventaja, ya que es socio oficial de la FIFA, provee el balón y tiene la mayor presencia institucional dentro del torneo.

Cada transmisión, cada repetición, cada imagen oficial es, en el fondo, publicidad global.

La firma estadounidense Nike, disputa otro campeonato; el de las ventas.

Controla selecciones altamente comercializables como la de Brasil, Francia e Inglaterra y domina el mercado de camisetas (jerseys) premium.

El negocio de Nike no es el patrocinio institucional, sino la monetización masiva del fanático convertido en consumidor.

La también alemana Puma (la marca más discreta de las tres), opera con eficiencia quirúrgica: Menor inversión, alta visibilidad y una estrategia enfocada en rentabilidad.

Pero si hay un actor que ha entendido mejor que nadie el nuevo modelo, es la FIFA.

El organismo que preside el suizo Gianni Infantino ha dejado de ser sólo un regulador deportivo para convertirse en una máquina global de captura de valor y su movimiento más disruptivo en este 2026 tiene nombre y apellido: Precio dinámico.

El principio es simple… el boleto no vale lo que cuesta producirlo, sino lo que el mercado está dispuesto a pagar por él.

En teoría económica, es eficiencia pura; en términos sociales, es otra cosa.

El precio dinámico premia al consumidor con mayor poder adquisitivo -el turista internacional, el cliente corporativo, el ejecutivo global- y castiga al aficionado tradicional: El que ahorra, el que sigue a su selección, el que históricamente ha sido el alma de las tribunas.

La consecuencia es evidente… el futbol se está desplazando de un modelo popular a uno premium.

Y aquí es donde México entra en una zona complicada porque el Mundial 2026 se juega en territorio mexicano, pero no necesariamente para el aficionado local.

En un País donde el ingreso promedio dista mucho del poder adquisitivo de Estados Unidos o Canadá, los precios dinámicos generan una alta barrera de acceso.

Asistir a un partido deja de ser una experiencia alcanzable para convertirse en un lujo.

La fiesta global ocurre en casa, pero con invitados de otras partes que sí pueden pagarla.

Esta nueva realidad tiene implicaciones más profundas de lo que parece.

De entrada rompe el vínculo histórico entre futbol y comunidad donde el estadio deja de ser un espacio de identidad colectiva para convertirse en un espacio de consumo segmentado.

Además, altera la atmósfera del espectáculo, ya que no es lo mismo un estadio lleno de aficionados que un estadio ocupado por clientes. Todo cambia; el ruido, la pasión, la presión.

Así se redefine el negocio hacia el largo plazo, es decir, si el futbol se vuelve progresivamente inaccesible para las mayorías, corre el riesgo de erosionar su base social. Y sin base social, no hay negocio sostenible, por más ingresos récord que existan en el corto plazo.

A esto se agrega otro elemento que parece menor, pero que revela la profundidad del modelo: El cambio temporal de nombre de los estadios.

El histórico Estadio Azteca -hoy con el nombre comercial Banorte- se convierte durante el Mundial en “Estadio Ciudad de México”. Lo mismo ocurre en Estados Unidos y Canadá, donde recintos como el SoFi Stadium o el MetLife Stadium pierden momentáneamente su identidad comercial para adoptar nombres genéricos.

La razón es que la FIFA impone el principio de “clean stadium”, eliminando cualquier marca que no sea patrocinadora oficial.

La gran paradoja del Mundial 2026 es que nunca el futbol había sido tan exitoso como negocio y nunca había estado tan cerca de dejar de ser lo que lo hizo grande.

Adidas, Nike y Puma compiten por el mercado; la FIFA domina el modelo.

Los estadios cambian de nombre y los boletos cambian de precio en tanto el aficionado real cambia de lugar. Malo el cuento; buenísimo el negocio.

Javier Villegas Orpinela es presidente del Colegio de Economistas de Sonora, director de Correo y Telegrama y profesor en el Departamento de Economía Unison.

jvillegas@correorevista.com

Twitter: @JvillegasJavier

Facebook: Javier Villegas Orpinela

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