Trump revive el expansionismo de Estados Unidos y lleva al siglo XXI una lógica imperial que coloca a México, Canadá, Groenlandia y otros territorios bajo la influencia que Washington busca recuperar en el hemisferio
La representación de México, Canadá, Groenlandia y otros territorios bajo la bandera estadounidense no aparece de manera aislada: forma parte de una política que ha recuperado el territorio, los recursos y el dominio del hemisferio occidental como prioridades de Washington

La política exterior de Donald Trump atraviesa una etapa en la que las fronteras, los territorios y la influencia sobre otros países han adquirido un peso que va más allá de la tradicional relación diplomática entre Estados Unidos y sus vecinos.
La reciente representación de México, Canadá, Groenlandia, Cuba y otros territorios bajo la bandera estadounidense es uno de los episodios más visibles de esta tendencia, pero no constituye un hecho aislado.
Durante su segundo mandato, Trump ha impulsado o respaldado distintas iniciativas relacionadas con el control, la denominación o la influencia de Estados Unidos sobre espacios estratégicos. El interés por Groenlandia, las reclamaciones relacionadas con el Canal de Panamá, el cambio de nombre del Golfo de México por “Gulf of America” y la denominación de Lake Ontario como “Lake America” forman parte de una misma secuencia política.
A ello se sumó ahora la propuesta de sustituir el nombre de Nuevo México por “New America”, planteamiento que Trump difundió en Truth Social, aunque el presidente estadounidense no tiene autoridad para cambiar unilateralmente el nombre de un estado.
El conjunto de estas acciones permite observar algo más amplio: la recuperación del expansionismo como una herramienta política de la Casa Blanca.

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Un nuevo imperialismo que no necesita comenzar con una invasión
El imperialismo estadounidense del siglo XIX y principios del XX estuvo asociado con la expansión territorial, la intervención militar y la construcción de una esfera de influencia en distintos puntos del continente.
La versión que se observa actualmente funciona de una manera diferente.
El poder puede ejercerse mediante presiones comerciales, amenazas diplomáticas, control de rutas estratégicas, presencia militar, disputas por recursos, cambios simbólicos de nombres y una narrativa que presenta determinadas regiones como parte natural de los intereses estadounidenses.
Por eso, el expansionismo contemporáneo no necesariamente necesita comenzar con la ocupación formal de un territorio.
Puede comenzar con la construcción de una idea: qué espacios considera Estados Unidos propios de su zona de influencia y hasta dónde está dispuesto Washington a ejercer presión para defender esa percepción.
La propia administración Trump ha definido esa visión de manera explícita. En diciembre de 2025, la Casa Blanca presentó una denominada “Trump Corollary” de la Doctrina Monroe, mediante la cual afirmó que Estados Unidos debe recuperar un papel dominante en el hemisferio occidental.
La Estrategia de Defensa Nacional de 2026 fue todavía más directa al plantear la recuperación del dominio militar estadounidense en el hemisferio occidental, el acceso a territorios estratégicos y la exclusión de capacidades de potencias consideradas adversarias.

De la Doctrina Monroe al nuevo proyecto continental de Trump
Para entender la dimensión de este cambio es necesario regresar a 1823, cuando el presidente James Monroe estableció la doctrina que posteriormente llevaría su nombre.
Originalmente, la Doctrina Monroe advertía a las potencias europeas que el continente americano no debía convertirse nuevamente en escenario de colonización o intervención europea.
Con el paso del tiempo, Estados Unidos convirtió esa doctrina en una de las bases de su posición como principal potencia del hemisferio occidental.
La interpretación estadounidense de esa doctrina terminó asociándose con la defensa de una zona de influencia propia y, durante distintas etapas de la historia, con intervenciones políticas, económicas y militares en América Latina y el Caribe.
Ahora, la administración Trump ha recuperado expresamente ese lenguaje.
La Casa Blanca sostiene que la nueva versión de la Doctrina Monroe busca impedir que potencias extranjeras establezcan una presencia considerada adversa en el hemisferio y afirma que Estados Unidos debe mantener una posición dominante en la región.
Por eso algunos analistas han comenzado a referirse a esta política como una “Doctrina Donroe”, en alusión a Trump y Monroe, para describir una nueva versión del predominio estadounidense sobre el continente.
“America First” llevado al territorio
El lema “America First” fue utilizado por Trump para definir una política que prioriza los intereses económicos, industriales y de seguridad de Estados Unidos.
Sin embargo, durante su segundo mandato esa lógica ha adquirido una dimensión territorial mucho más evidente.
El argumento de Washington ya no se limita a proteger empleos o reducir déficits comerciales. También se extiende hacia el control de rutas estratégicas, recursos naturales, infraestructura, fronteras y posiciones geográficas consideradas esenciales para la seguridad estadounidense.
Groenlandia es uno de los ejemplos más claros.
Trump ha insistido en la importancia estratégica del territorio ártico y en la posibilidad de que Estados Unidos lo adquiera, mientras Groenlandia y Dinamarca han rechazado esas pretensiones. El interés estadounidense coincide además con una creciente competencia internacional por los recursos y las nuevas rutas marítimas del Ártico.
En paralelo, Canadá ha enfrentado declaraciones de Trump sobre la posibilidad de convertirse en el estado 51 de Estados Unidos, mientras Washington ha utilizado también las relaciones comerciales como instrumento de presión.
El caso del Canal de Panamá representa otra dimensión: el control de una infraestructura estratégica para el comercio internacional.
La suma de estos episodios muestra que el “America First” de Trump no solamente pretende proteger a Estados Unidos de amenazas externas; también busca ampliar la capacidad de Washington para determinar qué ocurre en su entorno inmediato.

El hemisferio occidental vuelve a ser el centro
La importancia de esta política no se limita a México.
La segunda administración Trump ha identificado al hemisferio occidental como una prioridad de política exterior y defensa, con cambios que abarcan América Latina, el Caribe, Canadá y Groenlandia.
Esto modifica la relación tradicional que Washington había mantenido con la región.
Durante décadas, Estados Unidos combinó su influencia hemisférica con acuerdos comerciales, cooperación diplomática y mecanismos multilaterales. La nueva estrategia pone mayor énfasis en seguridad, control de recursos, competencia con China y Rusia y capacidad estadounidense para imponer condiciones dentro de su zona de influencia.
La propia administración Trump ha presentado esta estrategia como una defensa de los intereses estadounidenses.
Pero desde la perspectiva de otros países, el problema es diferente: una política que considera al hemisferio como una esfera privilegiada de Estados Unidos puede entrar directamente en conflicto con la soberanía de los Estados que forman parte de ella.
México ocupa una posición especialmente delicada debido a su frontera de más de 3 mil kilómetros con Estados Unidos, su integración económica y su importancia para la seguridad estadounidense.
México queda en el centro de esta nueva etapa
La aparición de México dentro de una representación territorial estadounidense adquiere una dimensión distinta cuando se observa junto con el resto de las acciones de Trump.
No significa que México haya dejado de ser un país soberano ni que exista una modificación legal de sus fronteras.
Lo que cambia es el contexto político en el que aparece la imagen.
La presidenta Claudia Sheinbaum respondió que México es un país libre, independiente y soberano y afirmó que no será colonia ni protectorado de ningún país extranjero.
La respuesta refleja precisamente el punto central del debate: la soberanía vuelve a convertirse en una cuestión fundamental dentro de la relación entre México y Estados Unidos.
Y esto ocurre mientras ambos países mantienen una relación profundamente interdependiente en comercio, migración, seguridad y cadenas de suministro.

¿Estamos ante un nuevo imperialismo estadounidense?
El concepto de imperialismo vuelve a aparecer porque algunas de las características históricas asociadas con él (expansión de influencia, presión sobre otros gobiernos, control de espacios estratégicos y defensa de una esfera regional de predominio) han recuperado presencia en la política exterior estadounidense.
La diferencia es que el escenario actual no reproduce exactamente el imperialismo de hace un siglo.
Estados Unidos no necesita necesariamente incorporar formalmente nuevos territorios para aumentar su poder.
Puede buscar condicionar decisiones de otros gobiernos, controlar espacios estratégicos, imponer denominaciones dentro de su propia administración, utilizar su peso económico y militar y establecer qué potencias pueden tener presencia en el hemisferio.
En ese sentido, el fenómeno que representa Trump puede entenderse como una forma contemporánea de expansionismo estadounidense: una política en la que la influencia territorial y estratégica vuelve a ocupar un lugar central.
El mapa difundido en Truth Social, por lo tanto, puede leerse como una expresión simbólica de un proceso mucho más amplio.
La verdadera discusión ya no está solamente en la imagen.
Está en hasta dónde pretende llegar Estados Unidos para recuperar el predominio sobre su entorno geográfico y qué consecuencias tendrá esa política para países como México, Canadá, Groenlandia, Cuba y el resto del hemisferio occidental.
Un cambio que trasciende a Trump
La política exterior de Trump puede cambiar con una nueva administración, pero las decisiones adoptadas durante este periodo están modificando nuevamente la discusión sobre el papel de Estados Unidos en América.
La recuperación explícita de la Doctrina Monroe, la prioridad otorgada al hemisferio occidental y la creciente utilización de recursos económicos, diplomáticos y estratégicos para defender los intereses estadounidenses muestran que Washington está planteando una relación diferente con sus vecinos.
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