Pediatra resuelve un misterio con los adolescentes: Cuando pasan de la risa al llanto no son exagerados, sino que su cerebro está madurando
Sus explicaciones coinciden con un punto respaldado por la investigación: durante estos años continúa el desarrollo de los circuitos cerebrales relacionados con las emociones y el control de las respuestas.

ESTADOS UNIDOS.- Un adolescente puede pasar de la alegría al enojo en poco tiempo. El cerebro adolescente, la corteza prefrontal, la regulación emocional y las relaciones sociales cambian durante esta etapa, por lo que comprender ese proceso ayuda a interpretar mejor sus reacciones y a reconocer cuándo un cambio deja de ser pasajero.
La explicación no significa que todo comportamiento deba justificarse por la edad. De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH), la adolescencia es un periodo importante para el desarrollo cerebral y la corteza prefrontal, relacionada con la planificación, las prioridades y la toma de decisiones, es una de las últimas regiones en madurar.
En una entrevista con Ser Padres, la pediatra Lucía Galán, conocida como Lucía mi Pediatra, aborda precisamente esta etapa en su libro Adolescencia. Comprender los cambios físicos, emocionales, cerebrales y sociales en la etapa más intensa y transformadora de su vida.
Sus explicaciones coinciden con un punto respaldado por la investigación: durante estos años continúa el desarrollo de los circuitos cerebrales relacionados con las emociones y el control de las respuestas.
¿Por qué los adolescentes pueden pasar de la risa al enojo en poco tiempo?
La adolescencia no implica que el cerebro deje de funcionar de manera racional. Lo que ocurre es que diferentes sistemas cerebrales se encuentran en distintas etapas de desarrollo.
La corteza prefrontal participa en funciones como:
- Planificar.
- Establecer prioridades.
- Valorar consecuencias.
- Controlar impulsos.
- Regular determinadas respuestas emocionales.
El NIMH explica que esta región continúa madurando durante la adolescencia y que el cerebro alcanza una mayor madurez funcional entre los 20 y los 30 años.
Al mismo tiempo, otros circuitos vinculados con las emociones, las recompensas y las relaciones sociales tienen un papel importante durante esta etapa.
Por eso, ante una situación determinada, la emoción puede sentirse con mucha intensidad antes de que el adolescente consiga analizarla con la misma perspectiva que tendría un adulto.
La investigación sobre el desarrollo del cerebro emocional también señala que durante la adolescencia existe una reorganización progresiva de los circuitos relacionados con la reacción y la regulación de las emociones.
Lucía Galán lo resume en la entrevista de Ser Padres como una “cascada de intensidad”.
La explicación permite entender algunas situaciones cotidianas: un plan con amigos puede parecer lo más importante del mundo durante una tarde, mientras que una discusión puede convertirse, desde la perspectiva del adolescente, en un problema que parece definitivo.
Como señala la pediatra en la entrevista:
“Todo es blanco o negro, todo es «para siempre» o «nunca jamás»”.
Con el desarrollo, la capacidad para analizar diferentes perspectivas y regular las respuestas continúa evolucionando.
¿Significa esto que todos los cambios de humor son normales?
Este es uno de los puntos que conviene tener presente. Comprender el desarrollo cerebral no significa atribuir cualquier cambio de conducta a la adolescencia.
Un adolescente puede tener un mal día, discutir con sus padres, molestarse con un amigo o querer pasar algunas horas solo. Esas situaciones, por sí mismas, no indican necesariamente que exista un problema.
La situación cambia cuando aparece una modificación clara respecto a su comportamiento habitual y esta se mantiene en el tiempo.
La Organización Mundial de la Salud señala que los problemas de salud mental durante la adolescencia pueden afectar la asistencia escolar, el desempeño académico y las relaciones sociales. También advierte que el aislamiento puede aumentar la soledad.
Por ello, más que observar únicamente un día complicado, conviene fijarse en el patrón.

¿Qué cambios en un adolescente deberían llamar la atención?
Hay determinadas modificaciones que merecen una conversación y, cuando persisten o interfieren con la vida diaria, una valoración profesional.
Entre ellas están:
- Aislamiento social: deja de buscar a sus amigos o rechaza de manera constante actividades que antes disfrutaba.
- Pérdida de interés: abandona aficiones, actividades o planes que anteriormente le generaban entusiasmo.
- Cambios importantes en la alimentación: aparecen restricciones marcadas, episodios de alimentación compulsiva u otras modificaciones relevantes.
- Descenso repentino en la escuela: pasa de mantener un desempeño habitual a presentar dificultades importantes de manera sostenida.
- Irritabilidad persistente: el enojo deja de ser ocasional y se convierte en una característica frecuente de su comportamiento.
- Llanto frecuente o desmotivación: muestra durante semanas un estado distinto al que tenía anteriormente.
- Cambios simultáneos en varias áreas: la modificación alcanza sus relaciones, escuela, alimentación, sueño, actividades o comportamiento cotidiano.
La clave está en observar qué cambió, cuánto tiempo lleva así y cuánto está afectando su vida.
¿Cuándo la falta de motivación deja de ser una cuestión de edad?
Una de las señales que merece atención es la pérdida sostenida de interés.
Que un adolescente prefiera quedarse en casa en lugar de acudir a un plan familiar no necesariamente es preocupante. Pero si deja de querer ver a sus amigos, practicar sus actividades favoritas o participar en aquello que antes disfrutaba, conviene averiguar qué está ocurriendo.
En la entrevista con Ser Padres, Lucía Galán advierte:
“No deberíamos normalizar la desmotivación en un adolescente”.
La pediatra también plantea prestar atención cuando el adolescente “se apaga” progresivamente.
Esto no significa diagnosticar una enfermedad a partir de una conducta aislada. Significa no ignorar un cambio que permanece y que aparece junto con otras señales.
La OMS señala que los cambios de ánimo pueden presentarse tanto en cuadros de ansiedad como de depresión, por lo que la duración, la intensidad y el impacto en la vida cotidiana son elementos relevantes para valorar la situación.
¿Cómo pueden actuar los padres ante un cambio brusco de humor?
La primera reacción de un adulto puede ser responder con enojo. Sin embargo, cuando el adolescente está en un momento de alta activación emocional, aumentar la confrontación puede dificultar la conversación.
Algunas estrategias pueden ayudar:
1. ¿Conviene responder al enojo con más enojo?
Si la discusión aumenta de intensidad, puede ser mejor hacer una pausa y retomar el tema cuando ambos estén más tranquilos.
Esto no significa ignorar el comportamiento. Significa evitar que la conversación se convierta en otra fuente de conflicto.
2. ¿Hay que tomar personalmente todo lo que dice durante una discusión?
Una frase como “déjame en paz” puede aparecer durante un momento de enojo sin representar todo lo que el adolescente piensa sobre sus padres.
Cuando la situación se calme, sí es posible hablar sobre las formas de expresarse y establecer límites claros.
3. ¿Comprender sus emociones significa permitir cualquier conducta?
Comprender el proceso de desarrollo no implica aceptar insultos, agresiones o faltas de respeto.
Los límites continúan siendo necesarios. La diferencia está en establecerlos sin convertir cada discusión en una competencia para determinar quién tiene la última palabra.
4. ¿Cuándo es mejor hablar con él?
En lugar de comenzar con una lista de reproches, puede ser más útil hacer una pregunta abierta: “¿Quieres contarme qué pasó?”
El objetivo inicial es conocer qué está ocurriendo, no obtener una explicación inmediata.
5. ¿Qué se debe observar: un día malo o el comportamiento general?
Una tarde complicada no necesariamente representa un problema. Lo que merece mayor atención es que el cambio se mantenga durante días o semanas y comience a afectar:
- Sus relaciones.
- La escuela.
- Sus actividades.
- La alimentación.
- El sueño.
- Su interés por las cosas que antes disfrutaba.
- Su funcionamiento cotidiano.
¿Por qué es importante no decir simplemente “son cosas de la edad”?
Porque esa frase puede hacer que un cambio importante pase desapercibido.
La adolescencia sí implica transformaciones cerebrales, emocionales y sociales. El NIMH explica que durante estos años el cerebro continúa afinando su funcionamiento y que las experiencias sociales también tienen una influencia importante en su desarrollo.
Pero la explicación biológica no sustituye la observación del adolescente como persona.
Si antes disfrutaba salir con sus amigos y ahora evita cualquier contacto social; si tenía interés por sus actividades y deja de realizarlas; si su rendimiento escolar cambia de forma repentina o si permanece desmotivado durante semanas, vale la pena detenerse y preguntar qué está pasando.
La investigación científica muestra que la regulación emocional continúa desarrollándose durante la adolescencia y que los cambios no ocurren de la misma manera ni al mismo ritmo en todas las personas.
¿Qué debe recordar una familia cuando un adolescente cambia de humor?
La adolescencia no puede reducirse a una explicación como “hormonas” o “rebeldía”.
Es una etapa en la que el cerebro todavía está desarrollando capacidades relacionadas con la regulación emocional, la toma de decisiones y el control de impulsos, mientras aumentan la importancia de las relaciones sociales y las experiencias nuevas.
Por eso, acompañar a un adolescente requiere dos cosas que pueden parecer contradictorias, pero no lo son: comprender lo que está viviendo y mantener límites claros.
Un cambio de humor ocasional puede formar parte de la etapa. Un cambio persistente, acompañado de aislamiento, pérdida de interés, dificultades escolares u otras modificaciones importantes, merece ser escuchado y valorado.
La recomendación no es esperar a que el problema sea evidente. Es observar, conversar y pedir orientación profesional cuando el cambio se mantiene o interfiere con su vida cotidiana.
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