Una ciudad mundialista sin estadio
Hay momentos en que un país necesita una buena noticia. No una promesa. No una declaración política.

Hay momentos en que un país necesita una buena noticia. No una promesa. No una declaración política.
No una encuesta. Una buena noticia capaz de reunir a millones de personas alrededor de una misma emoción.
Durante demasiado tiempo la conversación pública ha estado dominada por la inseguridad, la polarización, los conflictos internacionales y las dificultades cotidianas. Por eso resulta tan significativo observar lo que está ocurriendo con la Copa del Mundo 2026.
México decidió abrazar la fiesta del fútbol. Y ayuda que la selección nacional haya respondido dentro de la cancha. Su clasificación temprana a la siguiente ronda ha alimentado el entusiasmo y ha permitido que millones de personas vuelvan a reunirse alrededor de algo tan simple y poderoso como un partido.
Pero la historia más interesante de este Mundial no siempre está en los estadios.
Está en Tijuana. Aunque no es sede de partidos, basta recorrerla para entender que el Mundial también se está jugando aquí. Se juega en restaurantes donde se comentan los resultados.
En bares donde los partidos se siguen desde temprano. En oficinas donde el tema del día ya no es la política ni la economía, sino lo que ocurrió en la cancha la noche anterior.
En familias que vuelven a reunirse frente a una pantalla. Aquí se vive un Mundial propio. Y la parte diferente de esa experiencia tiene que ver con la presencia de la selección nacional de la República Islámica de Irán.
Como parte de la logística definida por FIFA, esta frontera fue designada como centro de concentración del equipo durante el torneo. Lo que parecía una decisión operativa terminó convirtiéndose en un fenómeno social.
No todos los días una ciudad convive con una selección mundialista. Los jugadores iraníes dejaron de ser figuras lejanas para convertirse en visitantes cotidianos: se les ve llegar a su hotel, transitar por la ciudad, convivir con aficionados y, sobre todo, entrenar todos los días en el estadio del Club Tijuana Xoloitzcuintles de Caliente.
Y como suele ocurrir por estos lados, donde el humor forma parte de la identidad local, surgió un apodo espontáneo.
Para muchos aficionados el equipo visitante tiene ya una descripción que circula en las conversaciones cotidianas: “Hoy juega el Xolo Irán”, dicen algunos con naturalidad, como si se tratara de un equipo más del entorno. Detrás del apodo hay algo más profundo: la selección de Irán dejó de ser una delegación extranjera para convertirse en parte del paisaje emocional de la vida local.
En otras palabras, fue adoptada.
No por razones políticas ni ideológicas, sino porque es la selección mundialista que vive aquí. Si Irán representa la emoción de tener una selección mundialista conviviendo con la ciudad, Haití representa otra dimensión igual de significativa.
En lo deportivo, su torneo ha sido complicado. Pero en esta frontera su historia se entiende de otra manera.
Durante los últimos años, miles de ciudadanos haitianos llegaron en contexto migratorio. Muchos siguieron su camino, pero otros se quedaron, trabajaron, emprendieron y formaron una vida aquí. Hoy forman parte del tejido social. Por eso, cuando juega Haití, no se ve solo a una selección: se ve una comunidad cercana. Vecinos, compañeros de trabajo, historias compartidas.
Quizá ahí está la diferencia. Mientras otras ciudades apoyan selecciones, aquí también se apoyan comunidades. Comunidades que llegaron de distintos lugares del mundo y encontraron en esta frontera un lugar para comenzar de nuevo. Tal vez por eso, parece que el Mundial se vive distinto aquí.
Porque el fútbol no solo conecta países. También conecta personas. Y en tiempos donde las buenas noticias parecen escasas, vale la pena reconocer lo que está ocurriendo con la Copa del Mundo 2026.
Después de todo, no todos los días una ciudad puede sentirse mundialista sin tener un estadio sede. Pero esta frontera lo ha conseguido. Y esa, probablemente, sea una de las historias más tijuanenses de este Mundial.
*- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.
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