El experimento que comenzó con 101 sapos en Australia en 1935 y, nueve décadas después, todavía no tiene solución
El Gobierno australiano reconoce que no existe un método de erradicación a gran escala; las acciones actuales buscan contener daños y proteger especies vulnerables.

El 22 de junio de 1935, Australia recibió 101 sapos de caña procedentes de Hawái. Los ejemplares fueron llevados a Gordonvale, cerca de Cairns, en Queensland, para reproducirlos y utilizarlos contra los escarabajos que dañaban los cultivos de azúcar, de acuerdo con un informe técnico del Departamento de Cambio Climático, Energía, Medio Ambiente y Agua de Australia.
Dos meses después, aproximadamente 2,400 crías fueron liberadas en la zona. El Museo Nacional de Australia señala que la Oficina de Estaciones Experimentales del Azúcar no había estudiado previamente el posible impacto ambiental ni había comprobado que los sapos realmente pudieran controlar a los escarabajos.
La medida no produjo el resultado esperado. Los sapos tuvieron un efecto poco apreciable sobre la plaga agrícola, pero encontraron condiciones favorables para alimentarse, reproducirse y expandirse. En 1950 ya habían sido declarados una especie problemática.
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Por qué Australia llevó sapos de caña desde Hawái
El proyecto surgió después de que funcionarios vinculados con la industria azucarera conocieran reportes sobre el supuesto éxito del sapo de caña como controlador de escarabajos en otros territorios.
En 1932, el fitopatólogo Arthur Bell asistió a una conferencia en Puerto Rico donde se habló de ese posible beneficio. Tres años después, el entomólogo Reginald Mungomery viajó a Hawái para capturar el grupo reproductor que posteriormente sería trasladado a Australia, según la reconstrucción histórica del Museo Nacional.
La lógica parecía sencilla: introducir un depredador que se alimentara de los insectos y redujera las pérdidas agrícolas. Sin embargo, los escarabajos ocupaban zonas de las plantas a las que los sapos difícilmente podían llegar, mientras que estos anfibios encontraron otras fuentes abundantes de alimento. El material documental reunido para esta nota coincide en que la especie se alimentó de una gran variedad de insectos y animales, pero no controló de forma significativa la plaga para la que fue liberada.
Cómo se convirtió en una especie invasora
El sapo de caña, cuyo nombre científico aceptado es Rhinella marina, es un anfibio grande, adaptable y de alimentación generalista. El Gobierno de Queensland informa que actualmente se encuentra en Queensland, Nueva Gales del Sur, el Territorio del Norte y Australia Occidental.
Desde su punto de introducción, la especie avanzó por la costa de Nueva Gales del Sur, el extremo norte del Territorio del Norte y la región de Kimberley, en Australia Occidental. El Museo Nacional calcula que el frente de invasión continúa desplazándose hacia el oeste a una velocidad aproximada de entre 40 y 60 kilómetros por año.
Su éxito se relaciona con su tolerancia a diferentes condiciones ambientales, su dieta amplia y su elevada capacidad reproductiva. Una ficha técnica de UF/IFAS Extension explica que las hembras pueden depositar entre 8,000 y 30,000 huevos en cadenas gelatinosas y que la especie consume insectos, arañas, pequeños vertebrados, carroña y ejemplares más pequeños de su propia especie.
Cómo afecta su veneno a la fauna australiana
Todas las etapas de vida del sapo de caña —huevos, renacuajos, juveniles y adultos— son tóxicas. Los adultos poseen glándulas parotoides detrás de la cabeza que liberan veneno cuando el animal se siente amenazado.
El Departamento de Medio Ambiente australiano advierte que la ingestión de estas toxinas puede causar aceleración del ritmo cardiaco, salivación excesiva, convulsiones, parálisis y la muerte de numerosos animales nativos. Entre los grupos estudiados se encuentran serpientes, cocodrilos, varanos y el cuol norteño, un marsupial carnívoro.
Los sapos también consumen grandes cantidades de artrópodos y otras presas pequeñas, por lo que pueden competir con especies nativas por alimento y refugio. Sin embargo, la autoridad australiana reconoce que los efectos no son iguales para toda la fauna y que todavía existe información limitada sobre las consecuencias a largo plazo en algunas poblaciones y ecosistemas.
El canibalismo que apareció entre los renacuajos
Décadas después de la introducción, investigadores detectaron un comportamiento particular entre las poblaciones australianas: sus renacuajos muestran una mayor tendencia a localizar y consumir huevos o crías recién nacidas de su propia especie.
Un estudio publicado en 2021 en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences concluyó que los renacuajos de las poblaciones invasoras australianas desarrollaron una propensión mayor al canibalismo dirigido que los procedentes del área de distribución original. Los investigadores lo interpretaron como una respuesta evolutiva a la intensa competencia entre sapos de la misma especie.
Este comportamiento no significa que la invasión vaya a desaparecer por sí sola. Aunque el canibalismo puede eliminar parte de una nueva generación, la especie conserva una capacidad reproductiva suficiente para mantener poblaciones numerosas y continuar su expansión.
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Qué hace Australia para enfrentar la invasión
El Gobierno australiano señala que no existe una forma de controlar al sapo de caña en todo el territorio ocupado. Por ello, las políticas se han orientado a comprender mejor sus efectos, reducir el daño en áreas prioritarias y proteger a las especies más vulnerables.
El país cuenta con un plan nacional para disminuir las amenazas provocadas por la ingestión del veneno. Además, el Consejo Australiano de Investigación y programas de conservación territorial han financiado estudios sobre posibles métodos de manejo y protección de ecosistemas.
En Queensland, las acciones locales incluyen retirar huevos de estanques, eliminar ejemplares de manera humanitaria, instalar barreras alrededor de cuerpos de agua y, en regiones semiáridas, impedir que los sapos accedan a fuentes específicas de agua. La propia autoridad estatal advierte que aplicar algunas de estas medidas a gran escala resulta complicado.
La introducción del sapo de caña se mantiene como uno de los ejemplos más conocidos de los riesgos de emplear control biológico sin evaluar previamente el ecosistema completo. Lo que comenzó como una solución para una plaga agrícola produjo una invasión que, más de nueve décadas después, Australia todavía intenta contener.
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