Crear “nuevo País” en zona fronteriza
Hay ideas que parecen imposibles hasta que los números obligan a tomarlas en serio.

Efecto Multiplicador
Hay ideas que parecen imposibles hasta que los números obligan a tomarlas en serio.
Una de ellas consiste en imaginar el nacimiento de una tercera nación integrada por los cuatro estados estadounidenses que comparten frontera con México -California, Arizona, Nuevo México y Texas-, y las seis entidades mexicanas vecinas: Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.
El resultado sería extraordinario con un territorio de aproximadamente 2.5 millones de kilómetros cuadrados, una población cercana a los 105 millones de habitantes y un Producto Interno Bruto (PIB) combinado del orden de 8.5 billones de dólares.
¡Una auténtica superpotencia!
Para dimensionar semejante concentración de riqueza, basta considerar que California genera alrededor de 4.2 billones de dólares anuales y Texas aproximadamente 2.9 billones.
Sumados Arizona y Nuevo México, los cuatro estados estadounidenses representan cerca de una cuarta parte del PIB de Estados Unidos y albergan aproximadamente al 24% de su población (81 millones de habitantes contra el total que es de unos 341 millones).
Del lado mexicano, las seis entidades fronterizas aportan alrededor del 26% de la economía nacional, aunque concentran solamente el 18.5% de sus habitantes (24.2 millones contra 130.4 millones de habitantes). Una relación que revela su considerable capacidad productiva y su importancia para el comercio exterior.
En conjunto, este hipotético país podría disputar el tercer lugar entre las mayores economías mundiales, detrás de EE.UU. y China, si se compara su producto con el de las naciones actuales. Naturalmente, se trata de una comparación ilustrativa: Una separación territorial modificaría las dimensiones económicas de los países de origen.
Pero lo interesante no es solamente su tamaño; es la formidable complementariedad de sus estructuras productivas.
California aportaría Silicon Valley, sus universidades, centros de innovación y puertos del Pacífico; Texas incorporaría su extraordinaria plataforma energética, petroquímica, tecnológica y financiera.
Arizona contribuiría con su creciente industria de semiconductores, mientras Nuevo México sumaría capacidades científicas, aeroespaciales y energéticas.
En territorio mexicano, Nuevo León representaría uno de los principales motores industriales; Chihuahua, Coahuila, Baja California y Tamaulipas aportarían manufactura avanzada, exportaciones y cadenas automotrices, electrónicas y de dispositivos médicos. Sonora agregaría minería, agroindustria, producción automotriz y una posición privilegiada para articularse con Arizona.
Estamos hablando de una región con recursos naturales, capital humano, infraestructura, tecnología y acceso simultáneo a los océanos Pacífico y Atlántico.
Sin embargo, existe una enorme diferencia entre constituir una potencia económica y fundar una nación.
La separación de estos territorios enfrentaría obstáculos constitucionales prácticamente insuperables bajo las condiciones políticas actuales. EE.UU. no reconoce un derecho unilateral de secesión estatal, mientras México establece constitucionalmente la integridad de su Federación.
A ello habría que añadir grandes interrogantes: ¿Qué moneda utilizaría esta nueva nación?, ¿cómo distribuiría sus ingresos fiscales?, ¿dónde establecería su capital?, ¿qué sistema jurídico prevalecería?, ¿cómo resolvería las diferencias salariales, educativas e institucionales?
La viabilidad política, por tanto, es remota, pero la posibilidad de una integración económica mucho más profunda merece una discusión seria.
No se trata, además, de una ocurrencia sin antecedentes intelectuales.
El geógrafo Michael Dear desarrolló el concepto de la “Third Nation”, entendida como una comunidad transfronteriza con identidad económica, cultural y social propia.
Oscar J. Martínez, historiador, estudió las relaciones humanas y productivas que unen a las poblaciones fronterizas, mientras Gloria Anzaldúa, escritora y académica, interpretó la frontera como un espacio de identidades compartidas.
Ninguno de estos planteamientos demuestra la viabilidad de una nueva soberanía.
Su aportación consiste en reconocer que las fronteras políticas no necesariamente coinciden con las verdaderas fronteras económicas.
He aquí la oportunidad histórica.
En medio de la competencia tecnológica entre EE.UU. y China, la relocalización industrial, las exigencias de seguridad energética y la revisión del T-MEC, los 10 estados podrían construir una plataforma de integración regional sin modificar las soberanías nacionales.
Una comunidad económica fronteriza con mecanismos permanentes de coordinación en infraestructura, inversión, innovación, agua, energía, logística y formación de talento sería considerablemente más viable que una independencia territorial.
Para Sonora, particularmente, la integración con Arizona podría convertirse en uno de los proyectos económicos más trascendentes de las próximas décadas.
La experiencia internacional demuestra que las regiones competitivas no necesariamente requieren independencia política; necesitan instituciones eficaces, certidumbre jurídica y proyectos compartidos.
Si México y EE.UU. comprenden el valor estratégico de su frontera compartida, podrían construir algo todavía más importante: Una de las comunidades económicas más competitivas, innovadoras y prósperas del siglo 21.
Javier Villegas Orpinela
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