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Nacieron para callar y obedecer…

La acción destruyó el relato difundido por las élites gubernamentales que presumían del talante frío de la Presidenta, del carácter reposado ya no queda nada.

El presidente Luis Echeverría utilizó la palabra soberanía en su discurso de toma de posesión el 1 de diciembre de 1970: “Actuaremos por mandato de la soberanía nacional e iremos tan lejos como el pueblo quiera”.

Para algunos representó una amenaza, para otros, una manifestación demagógica. Detrás de esta locución subsiste una forma de autoritarismo y un pretexto nacionalista para demonizar opositores y pervertir la política doméstica.

El régimen morenista le ha sumado otra connotación: Lo que antes simbolizaba independencia pasa a ser un término ligado al trato internacional que se les da a la familia propietaria del movimiento gobernante. El retiro de la visa al hijo de López Obrador ha desatado la furia soberanista de todo un régimen.

La acción destruyó el relato difundido por las élites gubernamentales que presumían del talante frío de la Presidenta, del carácter reposado ya no queda nada. Todo esto ha provocado una respuesta virulenta del extenso aparato en el poder, llegando a un momento histórico: Un particular sin posición política o administrativa ha provocado una crisis convirtiendo su conflicto personal en una disputa binacional; ni siquiera los aranceles provocaron tal reacción.

La carta de Andrés López Beltrán acusando al Gobierno norteamericano, a sus funcionarios y a su Presidente, es un monumento a la fanfarronería política y un ejemplo claro de la desmesura de los dueños reales del poder, estas reacciones marcan el profundo carácter autocrático que anida en sus integrantes, convirtiendo a una nación en rehén de una familia y sus intereses personales.

La administración se encuentra en una posición grave: La inversión no llegará, la desconfianza es evidente; el Plan México es una carta sin destinatario, las administraciones estatales no tienen recursos y los gobernadores proyectan malas perspectivas, sin embargo, lo urgente es el retiro de la visa al hijo de López Obrador; condenar el desaire para la familia que gobierna México y que ha tomado a una nación como trofeo personal, convirtiéndose en la prioridad que ocupa a toda una administración y a todos los gobiernos estatales.

Vivimos en un virreinato, el monarca y sus vástagos son un poder intocable y el régimen los ha convertido en una aberración descomunal; en los símbolos de la extraviada soberanía de un país y en un disparate que tendrá graves consecuencias. A la defensa se unen infractores que se encuentran escondidos y que son demandados por la justicia internacional.

Para entender esta actitud, el México virreinal ofrece una perspectiva en una fecha clave que guarda una estrecha cercanía con la postura del régimen actual encabezado por Claudia Sheinbaum. En junio de 1767 en México, ante la expulsión de la Compañía de Jesús, el virrey Carlos Francisco de Croix, Marqués de Croix, emitió un bando que refleja la esencia del control absoluto y el dominio de los intereses de un rey: “... pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del Gobierno”. (Memoria Política de México: Bando del marqués de Croix, México, 25 de Junio de 1767).

Las estructuras ilegítimas de poder pretenden imponer el silencio y la sumisión ciudadana frente a las decisiones del gobernante en turno. Esta reacción y sus consecuencias demuestran el sometimiento de una Presidenta, que ha convertido a México en propiedad particular y a ella en el instrumento de una familia.

Habrá que reescribir las palabras del presidente Echeverría: Por mandato de la soberanía nacional hasta donde López Obrador quiera.

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