Evadiendo la responsabilidad institucional
La multitud manifestó su repudio pero también el agotamiento del presidencialismo autoritario
SEPTENTRIÓN
El 31 de mayo de 1970, al asistir a la inauguración del primer Mundial de Futbol celebrado en México, Gustavo Díaz Ordaz recibió un estruendoso abucheo de casi 100,000 asistentes en el Estadio Azteca, la matanza de 1968 permanecía fresca en el ocaso de aquel sexenio.
La multitud manifestó su repudio pero también el agotamiento del presidencialismo autoritario, Díaz Ordaz no dejó testimonio sobre aquel día, la ceremonia anticipó una edad distinta para el País mientras que la rechifla permaneció como un estigma de aquel funesto tiempo político.
Dieciséis años después, el sábado 31 de mayo de 1986 Miguel de la Madrid vivió la misma experiencia. Al momento de la inauguración del Mundial de 1986, un ogro de miles de voces se alzó en una estrepitosa protesta, la televisión nacional -en una iniciativa desesperada-, bajó el volumen ambiental del graderío para intentar disimular la repulsa.
La inauguración se cumplió sin contratiempos, De la Madrid soportó impasible la desaprobación y al igual que Díaz Ordaz no dejó impresiones personales. Los mandatarios no eran timoratos, sabían lo que iba a suceder y aguantaron el multitudinario reproche por una razón: Su responsabilidad institucional.
Hay a quienes sí les ha afectado la manifestación condenatoria de un estadio, en la biografía “Richard Nixon: La vida”, el historiador norteamericano John A. Farrell narra el profundo descalabro personal que produjo la expresiva censura, al inaugurar la temporada de beisbol el 7 de abril de 1969.
El rechazo fue monumental a pesar de que Nixon había sido reelecto y ser un gran fanático de los deportes -a los que consideraba la más pura manifestación de la alma americana-, estos significaban para él su refugio y amparo. La condena lo abatió y una destructiva paranoia presidencial se exacerbó; aquel personaje curtido por una vida de contrastes se volvió más receloso.
Después de esta amarga experiencia, en un discurso televisado creó un concepto que le produjo un éxito notable: “La mayoría silenciosa”. Farrell lo explica así:
“Fue Nixon quien lanzó la era McCarthy, quien enfrentó al Sur con el Norte, y quien impulsó a la Mayoría Silenciosa a despreciar y desconfiar de las élites del país. Persuadió a los estadounidenses a rumiar, como él, sus agravios y a verse unos a otros como enemigos”.
Nixon acertó y esto profundizó la grieta que distanciaba a su pueblo, demonizó a todos sus opositores y usó este argumento para que el ciudadano común viera a su vecino con desconfianza, esta premisa le sirvió para ganar elecciones, al tiempo lo haría caer de la Presidencia.
A la Presidenta mexicana le ganó el miedo y el recelo, formada en la insignificancia y obsesionada por los ambientes controlados y pagados, deja constancia que el temor puede más que el deber.
Portadora de un patológico encono y permanentemente acudiendo a la división como estrategia, la ceremonia daba la oportunidad de un momento de unidad nacional, nunca de exclusión; convirtiéndose en una mayúscula descortesía internacional y creer que México se gobierna y resuelve sus problemas desde las conferencias mañaneras. Muestra es el caos de las protestas e ingobernabilidad que se han apoderado de la nación.
Al día siguiente del acontecimiento se declara que las madres buscadoras son agentes desestabilizadores pagados, la paranoia presidencial que se ha apoderado de esta administración es descomunal, al igual que Nixon están concentrados en “rumiar los agravios”, sean reales o falsos.
Es la característica de los gobernantes que extravían el entendimiento, de quien abusa de la palabra “pueblo”, pero que no tiene el valor de representarlo.
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*Ex presidente de la Sociedad Sonorense de Historia, colaborador en temas históricos, políticos y culturales distintos medios de comunicación. Ex funcionario cultural, actualmente dedicado a su práctica privada como odontólogo.
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