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Día del maestro: Un recuento

No he sido profesor de tiempo completo, pero reconozco con gusto, y una pisca de orgullo, que casi toda mi vida profesional, he sido profesor y maestro.

Ernesto  Camou

Batarete

Ayer fue día del maestro. Una festividad creada por Venustiano Carranza en 1918; y una celebración muy merecida para tantas y tantos educadores que han contribuido a la formación de los mexicanos desde hace siglos, y siguen siendo un soporte fundamental de nuestra nación y nuestra identidad.

No he sido profesor de tiempo completo, pero reconozco con gusto, y una pisca de orgullo, que casi toda mi vida profesional, desde que presenté mi examen de licenciatura en filosofía en 1972, he sido profesor y maestro, a veces en escuelas tradicionales o en centros de formación que ahora llamamos alternativos.

Hace poco más de cinco décadas, nos trasladamos un grupo de compañeros inquietos y un poco ingenuos, al Valle del Mezquital, en el Estado de Hidalgo, a trabajar en una experiencia de educación con campesinos, niños y adultos, varones y mujeres.

Ahí dimos clases a chavos y chavas digamos secundarianos, en un intento de prepararlos para trabajos que estaban empezando a demandarse en la región, a la par que intentábamos reflexionar con ellos sobre la problemática social y política del País.

Fueron tres años en los que animamos una cooperativa, se formó una clínica rural y se participó en algunas experiencias organizativas en la región.

Luego llegó un relevo, hicimos un intento de evaluación y caímos en la cuenta que, si bien algo habíamos logrado, fue mucho más lo que habíamos aprendido en esa experiencia.

Como necesitaba una mejor formación para entender la cultura y la problemática rurales, me inscribí en un posgrado en Antropología social.

Por unos años me dediqué a la formación teórica y a ensayar el trabajo de investigación etnográfico en comunidades campesinas. Trabajé en Chiapas y el Valle de Toluca, donde volví a dar clases y animar grupos de reflexión con adultos.

Al término de la maestría entré a un proyecto de investigación en una amplia región árida en los estados de Chihuahua, Coahuila y Zacatecas, trabajando con campesinos recolectores de lechuguilla y candelilla. Ahí redacté mi tesis de maestría en Antropología. De esas experiencias publicamos, mi compañera y yo, un libro sobre ese campesinado dedicado a la recolección en el desierto.

Luego pasé a un ambicioso proyecto para investigar la enorme diversidad de sistemas y tecnologías para la producción de maíz en México, desde el cultivo con coa, vigente aún en el trópico mexicano, hasta las grandes plantaciones del grano en zonas de riego y temporal del centro de México. Fueron tres años en los que recorrí todos los estados del Golfo de México y la península de Yucatán, entrevistando técnicos y productores campesinos en comunidades a veces aisladas y lejanas. Todavía era esa región un territorio seguro.

Coordiné dos equipos de investigadores, uno en los Altos de Chiapas y el otro en la Huasteca veracruzana. De esa labor etnográfica aparecieron dos libros sobre los sistemas de cultivo de la gramínea en nuestro País.

Al término de este proyecto me invitaron a participar en la fundación de El Colegio de Sonora. Acepté de inmediato y nos trasladamos a Hermosillo, hace ya cuatro décadas.

Participé en la investigación y redacción del tomo V de la Historia General de Sonora y luego pasé a trabajar al Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD) en Hermosillo, que fue mi casa y chamba por casi tres décadas.

Ahí di clases y dirigí tesis muchos años, en particular me encargué de una materia para los alumnos de la Maestría en Ciencias, en la que empezábamos con algo de epistemología y luego una visión fugaz de la historia de la ciencia, desde los Presocráticos con Platón y Aristóteles hasta Darwin y Einstein, para que situaran su labor académica en el contexto de un esfuerzo acumulativo de pensadores que poco a poco fueron entendiendo su realidad, y se plantearon transformarla en una heredad para la humanidad, quizá a su imagen y semejanza.

Ernesto Camou Healy

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