Carlo de Fornaro: tribunales y prisiones
Para entender la dictadura porfirista hay que conocer la historia del periodista Carlos de Fornaro y su lucha judicial por defender su libro México tal cual es (1909).

Para entender la dictadura porfirista hay que conocer la historia del periodista Carlos de Fornaro y su lucha judicial por defender su libro México tal cual es (1909). El propio Carlo la contaría años más tarde en su libro A Modern Purgatory (Un purgatorio moderno, 1917), que es una crónica de su lucha contra el Goliat de la tiranía porfirista, pero que, al contrario de la fábula bíblica, el vencedor fue el gigante y no el valeroso caballero del periodismo crítico. Sus piedras verbales habían dado en el blanco pero no habían detenido la furia de su caricaturizado, que quería humillarlo, verlo tras las rejas. Sin embargo, muchos mexicanos y estadounidense leyeron su libro, tomaron nota y aceptaron sacrificarse con tal de liberar a México de una dictadura tan salvaje y represora.
El moderno purgatorio del que hablaba de Fornaro era una obra autobiográfica que fue escrita siete años después de los acontecimientos que narraba. En el prólogo anónimo de este libro, donde vienen los principales datos sobre su vida, se puntualizaba que don Carlo era “artista, escritor, editor y revolucionario”, en ese orden de importancia, puesto que lo que primero le interesó de México en sus tres años de estancia fue “su gente, sus problemas, el latente fuego de la revolución”, es decir, la política en todos sus niveles y expresiones, la imperiosa necesidad del pueblo mexicano de liberarse de sus verdugos y explotadores. En cierto modo, ambos libros, México tal cual es y A Modern Purgatory, son apuntes periodísticos que retrataban a México en sus anhelos de libertad y de justicia, anhelos que eran también los de su autor. Eso lo llevó a decir la verdad y fue, sin duda, su defensa de la verdad lo que lo llevó a los tribunales.
Pero empecemos con el libro mismo. Decía su presentador que a principios de 1909 publicó Diaz Czar of Mexico, que fue traducido al español (bajo el título de México tal cual es) y “miles de copias fueron contrabandeadas a través de la frontera al interior de México, creando una inmediata sensación, por lo que fue prohibido, haciendo que las autoridades lo confiscaran y destruyeran. Quien fuera sorprendido vendiéndolo, distribuyéndolo, regalándolo o en posesión del mismo, era sujeto a castigos. Cuando el gobierno se percató de que no podía parar su distribución, optó por otras medidas”.
La acción principal que tomó la dictadura fue ofrecerle, por medio de sus agentes en Nueva York, un soborno por una fuerte cantidad de dinero para que les vendiera el tiraje del libro y ellos poder destruirlo. Don Carlo se negó. Entonces, al ver que la zanahoria no funcionaba, optaron por el garrote. En Nueva York, ante una corte de justicia, Rafael Reyes Espíndola lo acusó de difamación hacia su persona y nuestro periodista, para defenderse de tal cargo, debía presentar testigos que confirmaran que todo lo que nuestro autor había dicho en su libro era cierto. Todos esos testigos estaban en México y ninguno acudió en su auxilio. Ni siquiera Francisco I. Madero. En cambio, la evidencia en su contra fue abrumadora: muchos periodistas y políticos mexicanos documentaron, faltaba más, la buena reputación del propietario de El Imparcial y su “impecable” trayectoria periodística.
El juicio fue rápido: el 23 de abril de 1909 detuvieron a de Fornaro, que pudo salir bajo fianza y todo ese verano se la pasó tratando de conseguir testimonios favorables a su causa. El 27 de octubre comenzó su juicio y para el 9 de noviembre, ya hallado culpable, el juez lo sentenció a un año de trabajos forzados en la penitenciaria de la isla de Blackwell, a la que llegó el 4 de diciembre de 1909. En el prólogo de su libro, se contaba que, dos semanas más tarde, “cuando la noticia de su sentencia llegó a México, Rafael Reyes Espíndola fue a una función de toreo. En cuanto fue visto entrando a los palcos, un griterío de indignación de los espectadores se dejó oír (eran aproximadamente unas 25 mil personas) que le vociferaban: Asesino de reputaciones. Le empezaron a tirar piedras y lo obligaron a salir de la arena taurina de forma ignominiosa. Los periódicos mexicanos llamaron, a aquel incidente, un acto de brutal justicia”. El 3 de octubre de 1910, por buena conducta, don Carlo fue liberado. Unas semanas más tarde, la Revolución Mexicana se desató. Una revolución que nuestro periodista había contribuido, con su grano de arena textual, a poner en marcha.
*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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