De los desastres como retrato de nuestro tiempo
Hay ciertos géneros literarios íntimamente relacionados con el periodismo de investigación y con la crónica histórica de acontecimientos relevantes.

Hay ciertos géneros literarios íntimamente relacionados con el periodismo de investigación y con la crónica histórica de acontecimientos relevantes, donde lo humano importa en su dimensión trágica, en su imagen como destrozo, muerte colectiva, cuerpos en masa. Me refiero a la literatura dedicada a contar los entretelones de crímenes verdaderos, desastres naturales y tragedias humanas relacionadas con los avances de la tecnología. Son, para ubicar esta clase de textos, escritura que nace tanto para informar al público de un suceso dado como para analizar los motivos y consecuencias de actos atroces y de catástrofes apabullantes que han cimbrado a la opinión pública y han dejado su marca en la historia de nuestra cultura. En ambos casos, tanto en la narrativa de crímenes reales como en la crónica de acontecimientos lamentables, hay el deseo de revelar, paso a paso, por qué las cosas ocurrieron como ocurrieron con la intención de que no vuelvan a suceder del modo en que sucedieron. Se puede decir que esta literatura (así como las pinturas y fotografías que la acompañan o ilustran) trae, implícita y explícita, su propia moraleja al estilo de cuídate de los extraños, la muerte aparece en momentos inesperados o nunca pienses que estás seguro por más seguro que estés. En buena medida, el género de desastres tiene su origen en la idea tradicional de que quien desafía a los dioses, quien se adentra en conocimientos prohibidos, quien cree ser mejor que la naturaleza termina yendo directo a su propia perdición. Los ejemplos abundan en la literatura y las artes clásicas como temas a representar: Ícaro que vuela, con alas de cera, hacia el sol y acaba muerto por su propia ambición. O la construcción de la torre de Babel.
El arte que tiene al desastre como su inspiración le cuadra más el estilo romántico que el realista, ya que el primero requiere, en su presentación pictórica, una pincelada dramática, un velo trágico que muestre el espíritu humano en sus momentos de prueba ante la adversidad. Véanse la obra Naufragio (1805) del pintor inglés William Turner (17751851) y el cuadro El incendio del Kent (1827) del pintor francés Théodore Gudin (18021880), en las que los desastres marinos se nos presentan como la lucha entre el ser humano y la naturaleza implacable, entre la voluntad de vivir y el destino. Pintar la catástrofe es recrearla en lo histórico: la destrucción de la ciudad de Pompeya por la erupción del volcán Vesubio. O es mostrarla como noticia de última hora en términos de ilustrar el reportaje periodístico con la edición extraordinaria. Ya en los tiempos del realismo e impresionismo, la pintura se vuelve consciente de que es tanto creación artística como testimonio visual de su propia época. En el cuadro La ejecución de Maximiliano (1867), de Édouard Manet (1832-1883), podemos ver que el fusilamiento, por un escuadrón de tropas mexicanas, de quien quiso ser emperador de nuestro país, puede considerarse un estudio de nuestra vocación por el morbo: de un lado está el pelotón de fusilamiento (casi todos dando la espalda, con la excepción de un soldado que revisa su fusil) y del otro están Maximiliano y sus acompañantes, Miramón y Mejía, en el instante mismo en que se les dispara a muerte. Pero hay un tercer grupo de personas en esta obra: los espectadores civiles que, encaramados en el muro de fondo, contemplan la escena. Manet nos recuerda que toda tragedia tiene sus testigos, que los desastres propician la curiosidad. Que esos mirones somos nosotros.
La literatura de desastres va de la mano de la era industrial y toma impulso creativo desde la sensibilidad romántica, cuando todas las barreras de la humanidad son derribadas por las nuevas maquinarias puestas en funcionamiento: trenes, cañones, barcos de vapor, globos aerostáticos. Máquinas que son más grandes, más veloces, más complejas y ostentosas. Es la idea de progreso la que anima a la creación de los nuevos inventos que la ciencia imagina y la tecnología hace posibles, la que empuja el espíritu humano a conquistar nuevas fronteras en cielo, mar y tierra. Ahora todo el planeta está al alcance de los sueños de la civilización y no hay nada que detenga esa ansia de alcanzar lo inalcanzable, excepto, claro, el desastre imprevisible, la sorpresiva catástrofe. Eso que nadie espera y de todas formas ocurre. La calamidad que siempre llega, que siempre aparece. La inesperada. La accidental. La conflictiva.
*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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