El Imparcial / Columnas /

Puro ‘ABC Barrio Cadáver’, es mi código postal

“Puro ‘ABC Barrio Cadáver’, es mi código postal”, dice entre risas la escritora cachanilla Elma Correa.

Beatriz  Limón

“Puro ‘ABC Barrio Cadáver’, es mi código postal”, dice entre risas la escritora cachanilla Elma Correa, evocando el argot de los cholos de la colonia Alamitos y los grafitis que cubrían las bardas de ese barrio popular en las periferias de Mexicali.

Yo también recuerdo esas paredes. Hubo un tiempo en que viví en esa colonia vibrante, polvorienta, violenta y descarada, donde el calor parecía pegarse al pavimento como chicle y las historias recorrían las casas con cerco de lámina y música norteña escabulléndose entre las puertas de herrería.

Una tarde de abril conocí a Elma. Ella no me vio. Yo estaba sentada al final de una multitud, mientras hablaba en un panel sobre su reciente publicación “Donde termina el verano”, la novela con la que obtuvo el Premio Biblioteca Breve 2026, otorgado por la editorial Seix Barral. Esto sucedió durante la Feria Internacional del Libro de la UABC.

Entre mis brazos sostenía un ejemplar recién comprado, en el que se narra la historia que explora la amistad, la culpa y la violencia en la frontera entre México y Estados Unidos, donde la infancia de dos niñas queda marcada para siempre. Lo había comprado minutos antes de iniciar la conferencia, con la esperanza de regresar a casa con su firma.

Elma hablaba con una sonrisa que le marcaba dos hoyuelos en su rostro canela. Su cabellera abundante contrastaba con unos ojos pequeños, incisivos, brillantes. Describía la frontera, ese espectro al que también pertenezco desde que nací. Hablaba de ese barrio donde se despliega la novela, un territorio de obreros de maquila y trabajadores del campo que cruzan la frontera cada día para volver con dólares en los bolsillos. Un espacio siempre al borde de la ciudad, junto al cerco fronterizo, donde la vida cotidiana es el límite.

Muy distinto a la Colonia Nueva, donde nací y donde, en la fractura de mis padres, terminé exiliada en mi adolescencia, instalada en el epicentro de la Alamitos. Elma relataba su rechazo a ese barrio; yo también lo detesté, como si caminara sobre una superficie ajena. Ella decía que se creía especial, que sentía que debía haber nacido en Londres o Barcelona. Yo me sentía desarraigada, incompleta, aturdida. Con los años, aprendí a mirar esos recuerdos de otra forma.

Por eso, sus palabras hicieron eco en mí, en su forma de describir la Alamitos había una mezcla de añoranza y amor que volvía ese territorio inhóspito, por un instante, indescifrable, en hogar. Ahí, justodonde el camión Corregidora hacia susparadas, donde los estudiantes subían yse hundían en los asientos de plástico caliente, con ese olor metálico que se quedaen la ropa, en las manos y en la memoria.

Me encanta Elma. Apenas la conozco yya la admiro, no solo por sus galardones,sino por su forma de describir la vida. Suconversación es ágil, colorida, como sicondensara cien palabras en un segundo:ideas claras, razonamientos precisos. Todo ocurre en microsegundos.

Me emociona saber que el Premio Biblioteca Breve, que reconoce novelas inéditas en español y busca impulsar la carrera de nuevos autores, le pertenece aella, a una morra de la Alamitos.

Ese día no logré que firmara mi libro.La fila era interminable y mi jornada yapesaba demasiado. Aun así, me queda lacerteza de que algún día lo hará. Y si lasuerte me acompaña, quizá hasta nos tomemos una chabela bien fría en La Conga.*- La autora es periodista inmigrante.

Sigue nuestro canal de WhatsApp

Recibe las noticias más importantes del día. Da click aquí