La diplomacia de los gestos
En política exterior, a veces los conflictos no se resuelven con documentos firmados ni declaraciones solemne.

En política exterior, a veces los conflictos no se resuelven con documentos firmados ni declaraciones solemnes, sino con algo mucho más simple: el lenguaje de los gestos.
Eso fue lo que ocurrió ayer en Barcelona entre la presidenta Claudia Sheinbaum y su homólogo español Pedro Sánchez durante la IV Cumbre en Defensa de la Democracia.
Un apretón de manos y unas cuantas frases bastaron para cerrar —al menos en lo práctico— una disputa que llevaba años cargando simbolismo histórico: la exigencia de México a España de reconocer los abusos de la conquista. La mandataria fue tajante al señalar que “nunca hubo crisis”.
El diferendo nunca fue menor. Tocó fibras profundas de identidad, memoria y política interna. Desde marzo de 2019, cuando el ex presidente Andrés Manuel López Obrador solicitó a España que pidiera perdón por la conquista de México, la relación bilateral transitó por momentos incómodos, silencios diplomáticos y decisiones poco habituales, como la ausencia de representación española en la toma de posesión presidencial de Sheinbaum en 2024.
Negar que hubo tensión es, en realidad, una forma de darla por superada sin reabrirla.
Del lado español, el reconocimiento de Felipe VI hace casi un mes sobre los “abusos” de la conquista funcionó como una válvula de escape. No fue una disculpa formal, pero sí un gesto calculado que permitió a ambas partes bajar el tono sin perder posición. En diplomacia, eso suele ser suficiente.
Lo interesante es el giro: de una narrativa centrada en la exigencia histórica, se pasa a una de coincidencia política y cooperación internacional. Sheinbaum y Sánchez hablaron más de democracia, multilateralismo y relaciones con la Unión Europea que del pasado colonial. El mensaje es claro: el futuro pesa más que la memoria, al menos en la agenda pública.
Pero el tema de fondo no desaparece. La reivindicación de los pueblos originarios sigue siendo una bandera política en México, y difícilmente dejará de serlo. La diferencia es que ahora se expresa sin confrontación directa con España.
Lo ocurrido en Barcelona no borra la historia, pero sí redefine la relación. No hubo disculpa, pero hubo entendimiento. Y en tiempos donde los conflictos suelen escalar, resolver uno con un gesto breve no es poca cosa.
ORMUZ SIGUE COMO REHÉN
El estrecho de Ormuz volvió ayer a ser rehén de la geopolítica un día después de haberse anunciado su reapertura. Y como cada vez que esto ocurre, el problema no es solo regional, es global.
La decisión de Irán de cerrar nuevamente el paso y disparar contra embarcaciones marca un punto de inflexión peligroso en una crisis que ya venía escalando. No se trata únicamente de una represalia táctica frente al bloqueo estadounidense, sino de una señal clara: Teherán está dispuesto a utilizar uno de los puntos más sensibles del comercio energético mundial como herramienta de presión directa.
Por Ormuz pasa cerca de una quinta parte del petróleo global. Es, en términos simples, una válvula de la economía mundial.
Lo preocupante no es solo la acción, sino la lógica detrás de ella. Estados Unidos mantiene el bloqueo como estrategia de asfixia económica, mientras Irán responde elevando el costo global de esa presión.
El episodio también exhibe la fragilidad de los gestos diplomáticos recientes. Bastó un día para pasar de una declaración de apertura del estrecho a una advertencia de ataque total. La tregua en otros frentes —como Líbano— no alcanza para estabilizar el tablero cuando el núcleo del conflicto sigue intacto: el programa nuclear iraní y la política de contención estadounidense.
Mientras tanto, el mundo observa con una dependencia incómoda. La economía global sigue atada a rutas que pueden cerrarse con una orden militar. Y eso deja una lección incómoda: la seguridad energética sigue siendo, en el fondo, una cuestión de poder.
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