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Madre de 82 años lleva más de 5 décadas cuidando sola a su hija con discapacidad en Tampico; pide apoyo para ingresar juntas a un asilo

La historia de doña Josefina revela los retos del cuidado de personas con discapacidad, la falta de espacios especializados y los retrasos en programas de salud domiciliaria para adultos mayores.

Madre de 82 años lleva más de 5 décadas cuidando sola a su hija con discapacidad en Tampico; pide apoyo para ingresar juntas a un asilo

CIUDAD DE MÉXICO.- En un departamento marcado con el número 5 del edificio 100, en el Andador D de la colonia Jesús Elías Piña, en el occidente de Tampico, Tamaulipas, vive doña Josefina Álvarez Acevedo, una mujer de 82 años que dedica cada día a cuidar a su hija Alina Mireya, de 53 años, quien permanece en cama desde que sufrió meningitis cuando era bebé.

A pesar de un dolor intenso en la columna y múltiples cirugías a lo largo de su vida, Josefina continúa moviendo, alimentando y atendiendo a su hija sin descanso.

Su historia, documentada en entrevista con Milenio, también expone otras problemáticas que enfrentan adultos mayores de la zona: falta de atención médica domiciliaria prometida por programas federales y carencias en infraestructura para personas con movilidad limitada.

Cuidó a su hija toda la vida y ahora busca un asilo donde puedan vivir juntas. Foto: Milenio

Una vida dedicada al cuidado de su hija

Sobre una cama permanece Alina, con el cuerpo muy delgado y sin poder hablar ni caminar. Josefina la llama “mi niña” y sigue atendiéndola como lo ha hecho durante más de cinco décadas.

Cada actividad cotidiana implica esfuerzo físico para la madre. Camina lentamente, usa una faja y se apoya en un bastón de plástico transparente. Incluso abrir la puerta de su vivienda puede tardarle varios minutos debido al dolor constante en la columna.

La vecina Marina de León, de 71 años, quien vive en el mismo edificio, explica que el sufrimiento físico es evidente.

“A veces tarda porque no se puede mover muy rápido, el dolor que le da en la columna es muy fuerte”, comenta.

Aun así, Josefina continúa con las tareas diarias: cambiar pañales, alimentar a su hija y realizar curaciones.

Cómo comenzó la enfermedad de Alina

Según recuerda la madre, Alina nació mediante cesárea y durante sus primeros meses parecía una niña sana. Sin embargo, una emergencia médica cambió el rumbo de su vida.

Un día la estaba bañando, se estaba bañando solita en la bañera, la saqué para secarla y empezó a convulsionar, a dar temperatura, vómito y diarrea. Rápido me la llevé con mi mamá porque estaba sola y terminamos en el Canseco, donde me dijeron que se estaba deshidratando”, relató.

Tras acudir primero con familiares y después al Hospital Canseco, la llevaron al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), donde los médicos diagnosticaron meningitis.

“La llevé al IMSS; ahí los médicos me rodearon y me bombardearon de preguntas. Me dijeron: ‘Tiene que venir a verla cada 10 minutos porque su niña va a morir, le pegó la meningitis’”, recordó.

Alina sobrevivió, pero quedó con secuelas severas que le impiden caminar o comunicarse.

El desgaste físico de una madre cuidadora

Después de más de cinco décadas cargando y movilizando a su hija, Josefina reconoce que su cuerpo está al límite.

Ha sido sometida a 12 cirugías y desde hace cuatro meses el dolor en la columna se volvió más intenso. Sin embargo, médicos particulares le han advertido que una operación podría ser riesgosa. Según relata, algunos especialistas le han dicho que la intervención podría ser peligrosa debido a su edad y su estado físico.

En el Seguro Social también le explicaron el origen del desgaste.

“Doña Jose, usted tiene mucho desgaste físico, mucho agotamiento y mucho cansancio porque tiene una niña discapacitada; en ese tiempo tenía 51 años, ahorita tiene 53, es toda una vida”, recuerda que le dijeron.

El deseo de vivir en un asilo con su hija

Ante el deterioro de su salud, Josefina busca una solución: ingresar a un asilo junto con Alina para tener atención constante. Incluso asegura que podría pagar el servicio con la pensión de su esposo fallecido y con el apoyo que recibe del gobierno.

Yo quiero ir a un asilo, pero me doy cuenta de que ahí no quieren batallar con enfermos. Hemos recorrido asilos, pero nadie me quiso aceptar por la niña, por mi hija. Fui al asilo de las Madres Adoratrices, un padre me llevó, pero la respuesta es negativa”, explica.

Sin embargo, ha encontrado una barrera constante: la mayoría de los asilos para adultos mayores no aceptan personas con discapacidad severa.

En el asilo San Vicente de Paul, por ejemplo, recuerda que una religiosa le explicó: “Fue el primero que visité, y una religiosa me dijo, después de platicar con ella sentadas en una banca: ‘Nosotros no estamos capacitados para cuidar a los niños especiales’, porque atienden a puras personas de la tercera edad con Párkinson”,

También intentó ingresar en otros centros, incluido uno administrado por las Madres Adoratrices, pero recibió respuestas negativas.

La vecina que se convirtió en su principal apoyo

En medio de las dificultades, Josefina cuenta con la ayuda de su vecina Marina de León, quien vive en el departamento de abajo. Ella suele acompañarla, ayudar con compras o asistir cuando la madre necesita apoyo para cuidar a Alina.

Marina explica que la situación es complicada, especialmente por las limitaciones físicas que enfrentan ambas. Aun así, la solidaridad entre vecinos ha permitido que Josefina continúe con su labor diaria de cuidado.

Promesas del programa “Salud Casa por Casa” que no se han cumplido

En la puerta del departamento de Josefina aún se observa una calcomanía del programa federal “Salud Casa por Casa”, iniciativa que busca llevar atención médica periódica a adultos mayores en sus domicilios.

De acuerdo con testimonios de vecinos, personal del programa visitó la zona hace aproximadamente ocho meses para realizar un censo y registrar a beneficiarios. Sin embargo, desde entonces no han recibido visitas médicas.

“Ellos nos vinieron a levantar el censo hace como unos ocho meses y en ese tiempo nunca hemos recibido la ayuda que nos prometieron. La revisión es mensual y no, a ninguno de nuestros vecinos, a nadie han visitado”, aseguró Marina.

En el edificio viven al menos cuatro adultos mayores que esperaban atención periódica: Josefina, Marina, don Francisco y doña Socorro.

Ni el Estado ni los municipios cuentan con albergues para el adulto mayor, por lo que tienen que apoyarse de los asilos privados para canalizarlos en caso de maltrato.

Adultos mayores con problemas de salud sin atención médica

Los vecinos señalan que varios residentes enfrentan enfermedades crónicas. Entre los padecimientos mencionan:

  • hipertensión
  • diabetes con complicaciones
  • problemas severos de rodillas
  • dolores crónicos en la columna
  • amputaciones relacionadas con diabetes

Ante la falta de visitas médicas, algunos vecinos deben acudir a farmacias o consultas privadas para comprar medicamentos.

Yo nomás sufro de presión alta y me duelen mucho mis rodillas, también. Lo que queremos es que nos apoyen y nos visiten, exactamente, porque entonces, ¿para qué prometen lo que no van a cumplir?”, expresó Marina.

Problemas de infraestructura para adultos mayores

Además de la falta de atención médica, los residentes señalan dificultades en la infraestructura del complejo habitacional.

El Andador D de la colonia Jesús Elías Piña tiene una pendiente pronunciada. Hace años se inició la construcción de una rampa para facilitar el acceso a personas con movilidad limitada, pero el proyecto quedó inconcluso.

Según los vecinos, los barandales nunca se instalaron porque los materiales fueron robados.

“Ya estaba todo listo, se tenían los materiales, las varillas y los tubos, pero se los robaron. Fue la gente mala que hay por aquí, así que sí queremos que nos puedan colocar los barandales porque aquí está bien empinado y ya estamos viejitos”, explicó uno de los residentes.

Para los adultos mayores que habitan los edificios desde hace aproximadamente 40 años, la falta de estas medidas representa un riesgo constante de caídas.

Una rutina marcada por el amor y el dolor

A pesar del desgaste físico y de las dificultades para conseguir apoyo institucional, Josefina continúa con la misma rutina que ha mantenido durante más de cinco décadas.

Camina lentamente del comedor al cuarto de su hija, le cambia los pañales, le da de comer y revisa sus curaciones.

El dolor no desaparece, pero el vínculo con su hija sigue siendo el motor que la mantiene activa.

Su mayor deseo es encontrar un lugar donde ambas puedan vivir con atención médica y tranquilidad. Mientras tanto, continúa cuidando a “su niña” en el pequeño departamento donde han pasado casi toda su vida juntas.

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