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Los niños que crecieron entre 1970 y 1980 aprendieron a arreglárselas solos y realizaban tareas que las nuevas generaciones son incapaces de llevar a cabo, lo que demuestra cuánto cambió la infancia desde entonces

Ir solos a la escuela, cuidar a un hermano o preparar la comida formaba parte de la rutina de muchos niños. Hoy, la supervisión y la tecnología cambiaron ese escenario.

Hubo una época en la que un niño podía salir de la escuela, caminar solo hasta su casa, preparar algo de comer y pasar la tarde cuidando a un hermano menor mientras sus padres seguían trabajando. Si surgía un problema, la primera opción no siempre era buscar a un adulto: muchas veces había que resolverlo con lo que se tenía a la mano.

Esa imagen resulta cada vez menos familiar. Quienes crecieron durante las décadas de 1970 y 1980 —muchos de ellos integrantes de la Generación X— vivieron una infancia en la que determinadas responsabilidades se incorporaban antes a la vida cotidiana. Décadas después, la forma de criar cambió y también lo hicieron la percepción del riesgo, la organización familiar y la manera en que padres e hijos permanecen comunicados.

La investigación de la psicóloga Jean M. Twenge y Heejung Park ayuda a entender parte de ese cambio. Al analizar siete grandes encuestas nacionales de Estados Unidos, con 8.44 millones de adolescentes de entre 13 y 19 años entre 1976 y 2016, encontraron que los jóvenes de generaciones recientes participaban con menor frecuencia en actividades asociadas tradicionalmente con la vida adulta, como trabajar por dinero, conducir o salir sin sus padres.

No significa que una generación haya sido más capaz que otra. Significa que la infancia y la adolescencia dejaron de prepararse para la independencia de la misma manera.

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Cuando un niño tenía que arreglárselas por su cuenta

Para muchos integrantes de la Generación X, la autonomía no llegaba como una lección formal. Se aprendía porque había cosas que hacer.

Las experiencias, por supuesto, variaban según el país, la familia, el nivel socioeconómico y el entorno. No todos los niños vivieron de la misma manera. Pero hay responsabilidades que aparecen una y otra vez en los recuerdos de quienes crecieron en esas décadas.

Entre ellas estaban:

  • Quedarse solos en casa durante algunas horas mientras los padres trabajaban o realizaban otras actividades.
  • Cuidar a hermanos menores, desde prepararles algo de comer hasta vigilar que no ocurriera algún accidente.
  • Ir y regresar solos de la escuela, caminando, en bicicleta o mediante transporte público.
  • Preparar comidas sencillas, como el desayuno, una merienda o algo para comer después de la escuela.
  • Hacer compras para la familia, acudir a una tienda cercana y regresar con el dinero y los productos solicitados.
  • Participar en las tareas domésticas, desde limpiar y lavar hasta mantener ordenadas determinadas áreas de la casa.
  • Administrar pequeñas cantidades de dinero, aprendiendo a calcular gastos y tomar decisiones cotidianas.
  • Resolver problemas sin llamar inmediatamente a los padres, desde una falla doméstica sencilla hasta decidir qué hacer ante un imprevisto.

La diferencia importante está en que muchas de esas tareas obligaban a tomar pequeñas decisiones sin un adulto al lado. La autonomía se practicaba en situaciones ordinarias, no necesariamente en grandes acontecimientos.

La independencia empezó a llegar más tarde

El cambio no se limita a las tareas del hogar. El estudio de Twenge y Park encontró una reducción sostenida, entre 1976 y 2016, de distintas actividades que acercaban a los adolescentes a la vida adulta: trabajar por un salario, conducir, salir sin los padres, tener citas y otras conductas. Los autores analizaron esos cambios como parte de una estrategia de desarrollo más lenta, vinculada con transformaciones sociales e históricas.

Eso permite entender por qué la diferencia entre generaciones puede sentirse tan marcada.

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Para un adolescente de décadas anteriores, obtener cierta libertad podía ser parte natural de crecer. Para uno de los jóvenes actuales, la misma actividad puede ocurrir varios años después o bajo condiciones distintas.

La tecnología también modificó esa relación. Un padre que antes podía pasar horas sin saber exactamente dónde estaba su hijo ahora puede llamarlo, escribirle o localizarlo prácticamente de inmediato. Esa posibilidad cambia tanto las expectativas de los adultos como la experiencia de independencia de los jóvenes.

Pero sería simplista atribuir todo al celular. El propio estudio de Twenge y Park señala que el descenso de estas actividades comenzó antes de la expansión de internet y que el papel específico del uso de internet no puede establecerse a partir de sus resultados.

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No se trata de dejar a los niños solos para que aprendan

La otra parte de la historia es que tener más responsabilidades no significa dejar de cuidar a los niños.

La American Academy of Pediatrics (AAP) sostiene que las tareas apropiadas para la edad ayudan a desarrollar habilidades para la vida y responsabilidad. Su guía señala que los niños pueden asumir responsabilidades progresivamente mayores conforme crecen y que las expectativas deben ajustarse a su madurez.

Por ejemplo, la AAP contempla que entre los 5 y 7 años los niños puedan tender su cama, poner la mesa o ayudar a ordenar; entre los 8 y 10 años pueden comenzar a preparar alimentos sencillos, guardar las compras o encargarse de algunas tareas adicionales. Entre los 11 y 12 años, con supervisión cuando corresponde, pueden cocinar una comida sencilla, lavar ropa o ayudar a cuidar a hermanos menores.

En otras palabras, la autonomía no tiene que desaparecer para mantener la seguridad. Puede construirse gradualmente.

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Lo que cambió entre una infancia y otra

La diferencia entre la Generación X y la Generación Z no puede reducirse a que unos niños eran “más independientes” y otros “más sobreprotegidos”. Hay cambios sociales detrás.

Las familias actuales tienen otras formas de organizar el trabajo y el cuidado. También existen nuevas preocupaciones sobre seguridad, mayor comunicación permanente y una vida cotidiana en la que muchas actividades pueden resolverse desde casa o mediante un teléfono.

Al mismo tiempo, algunas responsabilidades que antes se aprendían por necesidad hoy pueden enseñarse de manera deliberada.

La AAP recomienda precisamente que los niños tengan obligaciones dentro de la familia y que estas aumenten conforme maduran, sin sobrecargarlos ni exigirles responsabilidades que no corresponden con su edad.

Así, la pregunta quizá no sea si los niños de antes eran mejores para arreglárselas solos. La cuestión es qué oportunidades tienen hoy para practicar esa misma capacidad de una forma segura.

Una infancia no necesariamente mejor, sino diferente

Quedarse solo en casa, caminar sin acompañamiento hasta la escuela o cuidar a un hermano podían enseñar autonomía, pero también dependían de circunstancias que no todas las familias podían o querían aceptar. Del otro lado, la supervisión actual puede ofrecer mayor seguridad, aunque también puede reducir las ocasiones en que un niño toma decisiones por sí mismo.

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La evidencia disponible apunta a un cambio real en la edad a la que muchos adolescentes comienzan a participar en actividades tradicionalmente asociadas con la adultez. No demuestra, sin embargo, que la Generación Z sea menos capaz ni que las generaciones anteriores hayan tenido una crianza ideal.

La infancia cambió porque cambió el mundo alrededor de ella. Y quizá la tarea de los adultos no sea recuperar exactamente la niñez de los años setenta u ochenta, sino encontrar nuevas formas de dar a los niños algo que aquellas generaciones aprendían casi sin darse cuenta: la oportunidad de hacer cosas por sí mismos y descubrir que pueden resolverlas.

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