Un hombre perdió su único brazo funcional tras ser atacado por un cocodrilo, sobrevivió a la amputación y años después volvió al mar para luchar contra la contaminación de los océanos
Sobrevivió a un ataque de cocodrilo que le arrebató el único brazo que podía usar, pasó por una amputación y años después volvió al mar para convertir su historia en una lucha contra la contaminación de los océanos.

Alain Brandeleer recuerda aquella mañana como tranquila. El agua estaba en calma y la visibilidad era buena. Había pasado buena parte de su vida buscando experiencias extremas, incluso nadando con tiburones y grandes blancos sin jaula, hasta que el riesgo dejó de ser suficiente.
Con el tiempo, esa exposición constante al peligro perdió efecto. Y cuando eso ocurre, dice, aparece una pregunta inevitable: qué viene después.
El ataque en el delta
La visibilidad desapareció de golpe y el agua se volvió turbia. Primero sintió un contacto en las piernas, luego entendió lo que ocurría: un cocodrilo lo había atrapado y mordido su brazo derecho, el único completamente funcional.
Uno de sus compañeros logró sujetarlo del equipo de buceo durante más de un minuto, evitando que el ataque fuera inmediato y fatal.
Si me soltaba un segundo, estaba muerto”, recuerda.
El rescate tomó tiempo. Fue trasladado en helicóptero a Johannesburgo sin saber con certeza la gravedad de la lesión ni si su brazo seguía en su lugar.
Cuando los médicos lo evaluaron, la decisión fue inmediata: había que amputar.
Una vida marcada desde el origen
La situación tenía un peso mayor. Brandeleer nació con atrofia en su mano izquierda, por lo que el brazo herido era el único plenamente funcional.
Desde niño aprendió a convivir con esa condición, pero también a desafiarla. Sentía la necesidad constante de demostrar que podía hacer lo mismo que los demás, o incluso más.
Esa exigencia lo llevó al agua, donde encontró una forma de libertad y un espacio para medir sus límites físicos y mentales.

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La decisión más dura
Cuando los médicos plantearon la amputación, su reacción fue extrema: prefirió no despertar de la anestesia si perdía el brazo.
No lo cuenta como dramatismo, sino como una decisión real en ese momento. Los médicos intentaron salvarlo, conscientes del alto riesgo de infección.
Sobrevivió, pero el proceso posterior fue largo y complejo: cirugías, infecciones y complicaciones que lo mantuvieron en estado delicado durante meses.
Reconstruir el cuerpo y la identidad
Más allá de lo físico, el reto fue mental. Brandeleer tuvo que reconstruir su identidad sin aquello que había definido gran parte de su vida.
La idea de fortaleza cambió con el tiempo. Ya no se trataba solo de resistencia o rendimiento, sino de avanzar paso a paso incluso en condiciones adversas.
Seis meses después del ataque volvió al agua como parte de su rehabilitación, primero con movimientos básicos y acompañamiento médico.
Volver al mar
Con el tiempo retomó el entrenamiento. Intentó cruzar el canal de la Mancha, luego el estrecho de Gibraltar, que logró completar en 2015.
Después vinieron travesías como Córcega–Cerdeña e Ibiza–Formentera. Cada nado tuvo un significado distinto: ya no era solo un reto deportivo, sino una forma de reconstrucción personal.
El mar dejó de ser únicamente un escenario de competencia y se convirtió en un espacio de observación constante.

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Lo que empezó a ver en el océano
Durante sus travesías comenzó a notar algo que antes pasaba por alto: la presencia constante de plástico en el mar. Incluso en lugares remotos encontraba residuos acumulados en playas o flotando en el agua.
Llegas a un paraíso y está lleno de plástico”, dice.
Esa imagen lo llevó a replantear su propósito y buscar una forma de impacto más allá del deporte.
De nadador a activista
Intentó proyectos locales, pero la burocracia limitó sus esfuerzos. Después conoció el trabajo de la organización The Ocean Cleanup, enfocada en interceptar plástico antes de que llegue al océano.
En 2025 realizó una travesía entre Ibiza y Formentera que permitió recaudar fondos para evitar que cientos de miles de botellas terminaran en el mar. Pero su objetivo nunca fue individual.
Una causa colectiva
De ahí surgió “Running for the Ocean”, una iniciativa en Bruselas que convierte una carrera de 20 kilómetros en una acción colectiva contra la contaminación plástica.
La idea es simple: cada persona suma y el impacto crece con la participación.
Una historia en movimiento
Brandeleer no habla de superación como un punto final. Habla de procesos. El dolor sigue presente, pero ya no lo define como enemigo.
Si lo ves como un enemigo, siempre gana”, dice.
Hoy su historia no gira en torno a lo que perdió, sino a lo que decidió construir a partir de ello.
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