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Rapiña enfermiza

La inseguridad y la violencia no parece que estén sufriendo una modificación hacia la baja. Por el contrario, cada vez se conocen asuntos que nos hacen pensar en el recrudecimiento en lugar del descenso de hechos violentos.

Por Roberto Vázquez

La inseguridad y la violencia no parece que estén sufriendo una modificación hacia la baja. Por el contrario, cada vez se conocen asuntos que nos hacen pensar en el recrudecimiento en lugar del descenso de hechos violentos. Hace unos días un comando armado asesinó a los cinco integrantes de una familia, en la ciudad de Tijuana. Los dos padres y tres niños, el más pequeño de tres años. Los niveles de bajeza que se presentan en estos actos inhumanos, muestran la espiral negativa con la que se profundizan los ataques indiscriminados hacia la sociedad. Posteriormente, nos informa la prensa, que en uno de esos horrendos escenarios de la violencia, una agente perteneciente a la Agencia Estatal de Investigación y sus compañeros, aprovechan la situación para robarse objetos de las personas asesinadas, durante la etapa de recolección de información en la escena de los crímenes. Actos de rapiña con la presencia de muertos se acostumbraban en la primera y segunda guerras mundiales, cuando los soldados se apropiaban de zapatos, chamarras y alimentos de quienes habían fallecido. Los impulsaba la situación tan precaria en que subsistían y la necesidad de sobrevivir. Pero en el caso de estos policías, es la rapiña enfermiza.

No tengo ninguna información que me pueda auxiliar para sacar conclusiones sobre esta forma corrupta e inhumana de conducirse de los policías, pero sí puedo argumentar que es la desidiosa supervisión sobre los agentes lo que los hace delinquir de manera tan vergonzosa. Desde siempre hemos tenido la información, sin corroborar, de que las mordidas y cohechos en efectivo que se obtienen en las diligencias, los agentes

del orden están obligados a compartirlas con sus superiores. Las denuncias de estos delitos y otros que conocemos de oídas, nunca han sido investigados formalmente, de manera que se perpetúan y se hacen actos que forman parte de la cotidianeidad policíaca.

Esta situación anómala aunada a la impunidad casi total de los delitos cometidos en el país, conforman parte de la estructura de la sociedad en que vivimos. El terrible hecho de tener la seguridad de que no se está respondiendo como corresponde, al clima de violencia y delincuencia que nos ahoga, nos convierte en sujetos inseguros y temerosos. Mientras que quienes se encargan de delinquir lo hacen con la seguridad de que no serán molestados, las víctimas caminamos temerosos por las calles de nuestras ciudades. No nos atrevemos a denunciar porque nadie nos respalda ni protege. Cuando recurrimos a la supuesta denuncia anónima, casi inmediatamente se conocen nuestros datos personales, y comenzamos a recibir amenazas. En esas condiciones estamos y no tenemos una salida segura ni cercana.

Las corporaciones policíacas están obligadas a una revisión profunda que permita no un saneamiento, sino un total cambio desde los cimientos. Cuando las propias patrullas y sus policías son utilizados para transportar a delincuentes durante sus horarios de trabajo, entonces estamos en una verdadera encrucijada. La corrupción reina en todas las corporaciones y no se tiene la forma, los recursos, ni la disposición de corregir este estado de cosas. Es como con el crimen organizado, se les permitió crecer en todos los órdenes y ahora no se les puede controlar. Son un ente independiente y poderoso. Vale.

* El autor es licenciado en Economía con Maestría en Asuntos Internacionales por la UABC.

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