El cártel del brownie
Hay una frase que se repite con una solemnidad casi sacerdotal: “A la universidad se va a estudiar, no a vender.”

Hay una frase que se repite con una solemnidad casi sacerdotal: “A la universidad se va a estudiar, no a vender.” Suena bien. También suena a 1983. Porque si a la universidad solamente se fuera a estudiar, habría que cerrar incubadoras, hackatones, concursos de emprendimiento, ferias de empleo y cualquier programa que pretenda conectar el aula con la vida real.
Un joven vende brownies, camisetas o accesorios entre clases y rápidamente aparece el tribunal de las buenas costumbres universitarias: “eso es comercio informal”. Sí, puede serlo. ¿Y? La informalidad no se combate expulsando al informal, se combate enseñándole a dejar de serlo. México tiene problema enorme: 58.8% de los jóvenes ocupados de 15 a 29 años trabaja en condiciones de informalidad y la economía informal representa 25.4% del PIB nacional, según INEGI. ¿Y nuestra brillante respuesta será quitarles la caja de donas? Por favor.
La universidad debería decirles: vende, pero aprende. Calcula costos, entiende márgenes, regístrate, factura, conoce al SAT, construye una marca, vende por internet y contrata correctamente cuando crezcas. Eso sería formar empresarios. Prohibir es bastante más sencillo.. también bastante más mediocre.
En mayo de 2026, la misma UABC Tijuana recibió Innova Norte, cuyo programa incluyó un Tianguis Juvenil destinado precisamente a que jóvenes exhibieran y vendieran productos. ¿Ahí sí eran emprendedores? Pero si venden un martes cualquiera entre clases, algunos súbitamente los imaginan como antesala del contrabando, las mafias y casi el Cártel del Brownie. Hay que bajarle dos rayitas al melodrama… o a la hipocresía. La UABC es una institución consciente y sensible de nuestra realidad, estoy seguro que sabrán resolverlo.
Y lo reitero: por supuesto que la Universidad debe poner orden. Nadie propone instalar puestos permanentes afuera de cada salón ni convertir la explanada en mercado sobre ruedas. Reglas, horarios, espacios definidos, higiene y responsabilidad. ¡Perfecto! Pero ordenar no significa castrar iniciativas.
Chequen este otro dato: los jóvenes además enfrentan una tasa de desocupación de casi 5%, prácticamente el doble de la tasa general de acuerdo con el INEGI. Mientras tanto, la UABC enfrenta en 2026 una reducción federal cercana a 90 millones de pesos que, según declaraciones del propio rector, (a quien conozco, aprecio y admiro) nos ha dicho que limita sus posibilidades de crecimiento. Quizá no sea el mejor momento para educar a los estudiantes en la filosofía del “no hagas”.
Y aquella sentencia de que “a la universidad se va a estudiar” revela quizá un problema más profundo: seguimos imaginando al estudiante ideal como alguien obediente, sentado, tomando apuntes y esperando que al graduarse alguien le entregue un empleo. Yo prefiero otro: el que pregunta, intenta, vende, fracasa y vuelve a empezar. Después enseñémosle reglas, pero jamás vergüenza por intentarlo.
Una universidad puede enseñar a buscar empleo y una gran universidad también debería enseñar a crearlo. Y entre un joven que vende brownies para salir adelante y un adulto indignado porque el muchacho se atrevió a hacerlo, tengo bastante claro quién está aprendiendo más sobre la vida.
*- El autor es director de Testa Marketing, investigación de mercados.
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