El circo de las encuestas
Llevo más de 25 años viviendo de hacer encuestas e investigaciones de mercados, y entre más tiempo pasa, más convencido estoy de que el mayor enemigo de las encuestas no son los malos encuestadores: son los ciudadanos que renunciaron a pensar.

Llevo más de 25 años viviendo de hacer encuestas e investigaciones de mercados, y entre más tiempo pasa, más convencido estoy de que el mayor enemigo de las encuestas no son los malos encuestadores: son los ciudadanos que renunciaron a pensar.
Cada elección vuelve a instalarse el mismo circo: aparecen gráficas sin fuente, votaciones de Facebook disfrazadas de estudios científicos, encuestas de X con mil clics convertidas en “la voz del pueblo” y políticos desesperados presumiendo cualquier porcentaje que los haga verse vivos. Si la gráfica trae colores y favorece a su candidato, hay quien la comparte sin leer una sola línea. La ignorancia, cuando se viste de estadística, resulta peligrosamente elegante.
He visto este espectáculo durante más de dos décadas. Cambian los partidos, cambian las plataformas y cambian los candidatos. El circo siempre encuentra nuevos payasos.
Y no, una encuesta en redes sociales no mide la opinión pública, mide únicamente a quienes decidieron participar. La American Association for Public Opinion Research (AAPOR) lo ha repetido durante años: las muestras de autoselección no representan a la población y, por tanto, no permiten hacer inferencias válidas. Dicho en español: una encuesta de Facebook o WhatsApp valen tres cacahuates.
El Pew Research Center también ha demostrado que cada red social reúne perfiles distintos según edad, escolaridad e interés político. Creer que una plataforma representa a todo el electorado es tan absurdo como medir la economía preguntándole únicamente a quienes están en un restaurante fifí.
El profesor Herbert Asher, uno de los grandes referentes mundiales en investigación electoral, lleva décadas insistiendo que una encuesta solo es confiable cuando existe un diseño muestral riguroso, control de sesgos y metodología transparente. Sin eso, no hay encuesta, hay propaganda.
Por eso quiero hacerle un favor a quien todavía quiere pensar antes de compartir:
Antes de reenviar una “encuesta”, hágase cinco preguntas:
1.- ¿Quién la hizo? Si nadie da la cara, ya tiene la primera señal de alarma. Desconfíe.
2.- ¿Se expone metodología? Sin tamaño de muestra, margen de error, fechas y forma de levantamiento, no hay evidencia. Desconfíe.
3.- ¿Quién pagó el estudio? Que exista un patrocinador no invalida una encuesta, pero ocultarlo sí debería despertar sospechas. Desconfíe.
4.- ¿Solo existe una imagen que circula por WhatsApp? Una gráfica bonita no reemplaza un documento metodológico. Desconfíe.
5.- ¿La compartiría si favoreciera al candidato contrario? Si la respuesta es no, usted no está evaluando datos; está defendiendo una camiseta y es un porrista más de quien se ve beneficiado de la supuesta encuesta.
Yo no pretendo que todos se conviertan en estadísticos, nomás espero que dejemos de actuar como público voluntario del circo.
Mientras existan ciudadanos que crean cualquier gráfica, siempre habrá políticos dispuestos a fabricarlas. La oferta existe porque la demanda nunca desaparece.
*- El autor es director de Testa Marketing.
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