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Bájenle dos rayitas al drama

La IA no es un monstruo que llegará de madrugada a meterse a la cama.

Ariosto Manrique Moreno

La IA no es un monstruo que llegará de madrugada a meterse a la cama. Es una herramienta extraordinaria que está exhibiendo, sin piedad, muchísimas tareas inútiles, empresas lentas, instituciones atrasadas y gobiernos aficionados al trámite. Destruirá ciertas funciones, sí, abaratará otras, también, pero creará actividades que hoy ni siquiera sabemos nombrar.

Con la inteligencia artificial se están cometiendo los errores de siempre: unos anuncian el fin del mundo laboral, otros venden el paraíso y la mayoría comparten memes sin haber leído a nadie. La verdad no que no sabemos con certeza cuánto empleo desaparecerá, pero tampoco podemos quedarnos cruzados de brazos.

En el debate existen tres grandes corrientes.

La primera es la de los transformadores radicales. Dario Amodei, cofundador y director de Anthropic, nos advierte que “la IA podría eliminar hasta la mitad de los empleos administrativos de entrada y elevar el desempleo estadounidense a entre 10% y 20%”. Anton Korinek, profesor de Economía en la Universidad de Virginia y especialista en economía de la IA transformadora, plantea que “el trabajo humano podría dejar de ser indispensable para producir”. Geoffrey Hinton, Nobel de Física 2024 y pionero de las redes neuronales, también anticipa una “sustitución amplia” de trabajadores.

Estos cuates no son vendedores de cursos de TikTok. Conviene escucharlos.

La segunda corriente sostiene que la IA cambiará profundamente el trabajo, pero no necesariamente lo exterminará. David Autor, profesor del MIT y uno de los economistas más reconocidos, dice que “la IA puede reconstruir empleos de clase media al extender capacidades que hoy pertenecen solamente a expertos”. Erik Brynjolfsson, director del Laboratorio de Economía Digital de Stanford, ha documentado incrementos de productividad, particularmente entre trabajadores menos experimentados. Jensen Huang, fundador y director de Nvidia, distingue entre las tareas de un empleo y su propósito: “una máquina puede redactar, calcular o programar, pero alguien debe decidir qué problema vale la pena resolver.”

Esta corriente tampoco nos ofrece mucha tranquilidad, pero sí una condición: la tecnología debe complementar al trabajador.

La tercera corriente pide bajarle dos rayitas al drama apocalíptico de algunos analistas. Daron Acemoglu, profesor del MIT y Nobel de Economía 2024, estima que “la IA agregaría apenas entre 1.1% y 1.6% al PIB estadounidense durante una década.” Yann LeCun, ganador del Premio Turing, profesor de la Universidad de Nueva York y uno de los padres de la IA moderna, considera “exageradas” las profecías de destrucción masiva de empleos. Robert Gordon, especialista en productividad de Northwestern, ha dicho varias veces que “duda” que esta tecnología reproduzca por sí sola los grandes saltos económicos del siglo pasado.

¿Quién tiene razón? Todavía nadie puede demostrarlo. Por eso los análisis dramáticos y apocalípticos no tienen cabida en una reflexión seria.

La gran amenaza pareciera ser que una máquina piense. ¡Pues no! La gran amenaza es que nosotros decidamos no hacerlo.

Quizá la IA nos quite cosas, quizá nos regale otras o quizá nos obligue a cambiar más de lo que quisiéramos. Pero una cosa sí es segura: estamos viviendo tiempos que ninguna generación humana imaginó tener entre las manos y sería una tragedia histórica enfrentarla con miedo en lugar de asombro, inquietud y esperanza.

*- El autor es director de Testa Marketing, investigación de mercados.

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