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¿Por qué todos “ganan” en su encuestas?

En temporada electoral ocurre un fenómeno milagroso: nadie pierde.

Ariosto Manrique Moreno

En temporada electoral ocurre un fenómeno milagroso: nadie pierde. Si uno escucha a partidos, candidatos y asesores, todos van arriba, todos “traen números internos”, todos crecen, todos conectaron con la gente, todos sienten el momentum. México es el único país donde compiten cinco candidatos y terminan ganando siete. Es ridículo.

Después de más de 25 años observando campañas, encuestas y comportamiento electoral, lo puedo decir con toda claridad: esta película se recicla en cada elección, cambian colores, cambian siglas, cambian rostros, pero la mentira estadística es la misma.

Las encuestas serias no existen para alimentar egos, tranquilizar candidatos nerviosos ni fabricar esperanza artificial, su función es medir, con método, una fotografía probable del momento. Están lejos de ser porras o incienso político, no son terapia emocional para equipos en pánico.

Entonces, ¿por qué tantos aseguran ir ganando cuando no es cierto?

Ah… primero: porque en política parecer fuerte vale mucho dinero. La percepción de derrota espanta patrocinadores, enfría operadores, desmotiva voluntarios y activa traiciones internas. Nadie quiere subirse a un barco que aparenta hundirse. Algunos estudios de comportamiento electoral muestran que la expectativa de triunfo puede influir. Por eso muchos prefieren aparentar músculo aunque por dentro haya calambres.

Segundo: porque existe la vieja costumbre de usar “encuestas internas” como si fueran las tablas de Moisés donde nadie las ve completas, nadie revisa cuestionario, nadie conoce las fechas, la muestra, el método o el patrocinador. Son números que aparecen cuando conviene y desaparecen cuando llega la realidad.

Cuando no existe encuesta real, algunos políticos ni se despeinan: son capaces de usar cualquier gráfica con barras de colores, cualquier tabla sin fuente, cualquier imagen diseñada en PowerPoint, con tal de sembrar la idea de que van ganando o avanzando. Si parece encuesta, les sirve. Si confunde, mejor. Si engaña, excelente.

Y tercero: porque buena parte del público es ignorante y no distingue entre una medición seria y propaganda con porcentajes. Ponerle números a una mentira la vuelve más elegante, un gráfico bonito engaña más rápido que un discurso malo.

En psicología política existe el efecto bandwagon: cuando algunas personas tienden a simpatizar con quien perciben como ganador. Pero también existe el efecto underdog, donde ciertos votantes apoyan al rezagado. Traducido al lenguaje callejero: la percepción mueve conducta. Por eso tantos invierten más en aparentar ventaja que en construirla.

Amigos, no toda encuesta publicada merece respeto técnico. Hay estudios rigurosos y hay ocurrencias con logotipo, hay empresas profesionales y hay mercenarios del dato, hay investigadores serios y hay improvizados que ayer repartían volantes y hoy venden “opinión pública”.

Como investigador y encuestador lo digo sin drama: las encuestas sirven mucho, pero no hacen milagros. Orientan, detectan cambios, miden climas y ayudan a tomar mejores decisiones. Lo que no pueden hacer es convertir una fantasía en respaldo ciudadano.

Cada elección deja la misma película: candidatos que juraban ir arriba descubren, frente a las urnas, que los aplausos no eran muestra representativa y que los likes no se traducen en votos. Porque en política se puede engañar por un tiempo, pero cuando se abren las casillas, se acaba el teatro.

*-El autor es director de Testa Marketing, investigación de mercados.

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