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Columnas Labor conjunta por la seguridad

De Política y Cosas Peores

Por Catón  

Doña Frigidia, ya se sabe, es la mujer más fría del planeta. En cierta ocasión pasó frente a un cine en el cual se exhibía el film “Labios de fuego”, y eso bastó para que los labios se congelaran. Una noche don Frustracio, el marido de la gélida mujer, consiguió después de muchas instancias, súplicas y rogativas que su esposa accediera al cumplimiento del débito conyugal, al cual se había negado desde enero del año 2015. Terminado el inusual concúbito don Frustracio se levantó de la cama, tomó una flor del búcaro que estaba sobre el chifonier y la depositó solemnemente sobre el cuerpo de doña Frigidia. Le preguntó ella, extrañada: “¿Por qué haces eso?”. “¡Santo Cielo! -profirió el marido con simulado asombro-. Perdóname. Es que creí que estabas muerta”. Me alegró saber que Saltillo, mi amadísimo solar nativo, es una de las seis ciudades del País donde la gente se siente más segura. Así lo muestra un estudio del Inegi. Esa seguridad no es fruto del azar. Es resultado de una permanente y eficaz coordinación -que se debe reconocer y apreciar- entre el gobernador del Estado, Miguel Riquelme Solís, y el alcalde saltillense, Manolo Jiménez Salinas. Dicha labor conjunta, que antes no existía, está rindiendo excelentes frutos. No puedo yo emplear la conocida expresión “a propios y extraños”, porque en Saltillo no hay extraños, pero sí digo que a nuestros visitantes y a quienes tenemos la fortuna de vivir aquí nos llama la atención el desarrollo de la ciudad: La construcción por doquier -y también por todas partes- de nuevos centros comerciales, edificios de oficinas y habitacionales y fraccionamientos para todos los gustos y gastos; el crecimiento de la industria, no sólo automotriz, sino de todas clases, y el surgimiento de una abundante y variada oferta gastronómica que a mí, irredento comilón, me tiene no sólo complacido, sino aun extasiado. Únicamente falta que llegue a mi ciudad el restaurante “Los arcos”, paraíso terrenal y celestial de la pescadería y la marisquería (y hasta de la panadería, con sus indescriptibles churros, uno de los más sabrosos postres que se pueden disfrutar a todo lo largo y ancho de este ancho y largo País). Aplaudo con ambas manos esa colaboración entre la autoridad del Estado y la municipal. A ella se debe la sensación de seguridad -y, debo añadir, de bienestar- que se percibe en Saltillo, “sucursal del Cielo -solía decir mi inolvidable amigo Baltasar Cavazos Flores- y próximo puerto de mar”. El pulpo hembra y el pulpo macho contrajeron nupcias. La noche de las bodas la flamante desposada le dijo a su marido: “Ahora sí te permito que hagas lo que nunca te dejé hacer cuando éramos novios. Puedes poner tus manos aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí”. Soy de los pocos varones que reconocen que los hombres somos más chismosos que las mujeres. Más aún: Puedo decir que el chisme femenino es entretenimiento, en tanto que el chisme masculino es asesinato. Algo de semejante, sin embargo, tienen las chismosas y los chismosos: La lengua de una mujer o un hombre que chismorrean sigue funcionando después de que su mente y su conciencia han dejado de funcionar. Tal es el caso de doña Chalina, la chismosa del barrio. Fue corriendo con su vecina, la esposa de don Languidio, caballero de madura edad, y le dijo atropellando las palabras, tal era la ansiedad que tenía por dejar salir su chisme: “¿Ya sabes que tu marido te engaña?”. “Qué interesante” -respondió con displicencia la señora. A doña Chalina le sorprendió esa falta de sorpresa. Le preguntó a la esposa: “¿No te interesa saber con quién te está engañando?”. “No -replicó ella-. Más bien me gustaría saber con qué”. FIN.

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