El Imparcial / Columnas /

Septiembre

Estamos iniciando septiembre, el noveno mes del año, cuyo nombre original hace referencia al número siete...

Ernesto  Camou

Batarete

Estamos iniciando septiembre, el noveno mes del año, cuyo nombre original hace referencia al número siete, pero actualmente precede al décimo, o sea octubre, que significa el octavo; luego vendrán noviembre y diciembre, que en la distribución original eran, respectivamente, el noveno y el décimo.

En aquel primer diseño los romanos consideraron un año de sólo 10 meses y 304 días. Pero eso dejaba un hueco de 61 días, en el invierno, lo que muy pronto provocaba un desfase pues no se correspondía con los ciclos lunar y solar: Un año de 304 jornadas se quedaba “corto” y los siguientes ciclos anuales iniciarían, en tiempos diferentes y ya no coincidirían con los ciclos de la luna y el sol.

Muy pronto se decidió incluir dos meses más, Enero, en honor al dios Jano que era la deidad de los inicios. Y al segundo lo llamaron Februrius, considerado el mes de purificación. El nombre recuerda la fiebre, el calor que purifica. En este mes se expiaban los males y errores del año anterior, y pedían fertilidad para los cultivos y rebaños.

Y ya puestos a trocar nombres, el senado romano decidió llamar Julius al mes Quintilis para quedar bien con el emperador Julio César. En una decisión similar, unos años después, los senadores, siempre dispuestos a honrar al gobernante en funciones, trocaron el nombre de Sextilis, que ya no era el sexto mes, por el de Augustus, en gentil alusión a Octavio Augusto, el emperador entonces reinante.

De esta manera los 10 meses originales se transformaron en doce, y como ya no hubo soberano que quisiera apropiarse del nombre de los meses, entonces el noveno en el orden, siguió siendo nuestro septiembre que ahora inicia: Digamos que en el latín original permaneció siendo el séptimo, pero situado en el noveno lugar. Lo mismo sucedió con octubre, que es décimo, no octavo como su nombre indica. Y noviembre es el decimoprimero, para nada el noveno; y, para terminar, diciembre, es el duodécimo, no el décimo. Llegamos al siglo XXI con doce meses cuyos nombres no corresponden al orden que anuncian.

Pero ese acomodo, con 20 siglos de uso, ya nos parece normal, aunque esté bastante desconcertado. Es, curiosamente, un legado de la civilización romana que siempre pretendió implantar el orden y las reglas, y en el asunto de la división del ciclo anual, más bien organizó un batiburrillo con los nombres de los lapsos en que dividimos el año, aunque éste sí está, más o menos, regido por los movimientos de la luna y el sol: Eso casi lo lograron.

Ahora bien, en el primer intento de dividir el año en meses, diseñaron un sistema de seis de ellos de 30 días, y los otros seis, de 31, con lo cual cumplían un ciclo anual de 366 jornadas, un poco más largo que el ciclo natural que es de 365 días, cinco horas, 48 minutos y 45 segundos. Eso motivó a los eruditos reformadores del calendario, a acotar el ciclo a 365 días, y añadir, cada cuatro años, un día más al mes de febrero, lo que se llama año bisiesto, para absorber las cinco horas y 48 minutos que “sobran” cada año, y dejar el ciclo casi ordenado, pero no tanto, pues siguen sobrando algunos minutos cada año bisiesto, y deben colocarse en el calendario para evitar, a largo plazo, que el ciclo de los meses se atrase con respecto al año lunar. Decretaron que cada 100 años no habrá bisiesto, pero cada 400 sí lo habrá: Una estrategia de cortar y pegar que reduce a largo plazo, a un mínimo manejable, la disparidad entre el calendario y los ciclos de la luna y sol: Con esta omisión de tres bisiestos cada cuatro siglos, el error en el calendario se reduce a sólo un día cada 3,300 años.

Con eso, yo, al menos, ya puedo dormir tranquilo.

Ernesto Camou Healy

Sigue nuestro canal de WhatsApp

Recibe las noticias más importantes del día. Da click aquí