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Le urge a Cajeme sacudirse el pasado

Los municipios agrícolas de Sonora no son pobres en recursos; en todo caso son pobres en transformación económica.

Javier  Villegas Orpinela

Efecto Multiplicador

Los municipios agrícolas de Sonora no son pobres en recursos; en todo caso son pobres en transformación económica.

El núcleo agroindustrial del Estado se ubica en Cajeme que vende año con año miles de toneladas de materia prima y compra productos de valor agregado. La brecha económica-comercial está en su contra y por ello el segundo Municipio más poblado de Sonora no luce el brillo de la década de los sesenta.

Además, el sector privado obregonense le pone trabas a las inversiones y los gobiernos cajemenses tienen poco margen de maniobra en tanto el Gobierno del Estado atiende otras prioridades, sobre todo en los municipios donde los obstáculos son mínimos.

Pero, independientemente de la actitud proteccionista de los potentados del lugar, debe decirse que Cajeme no está condenado: Está mal organizado y liderado.

Durante décadas, Ciudad Obregón y el Valle del Yaqui fueron sinónimo de productividad agrícola, conocimiento aplicado y coordinación institucional. Actualmente, el Municipio enfrenta una combinación de choque hídrico, pérdida de valor agregado y deterioro de la seguridad que ha erosionado su competitividad. Ninguno de esos factores es irreversible.

El error central ha sido creer que el desarrollo depende de producir más toneladas, cuando el mundo paga por valor agregado, trazabilidad y eficiencia. Cajeme sigue vendiendo materia prima y recomprando productos procesados, atrapado en una lógica que castiga ingresos y limita la inversión.

La discusión pública se ha reducido a más apoyos o más discursos, cuando lo que se necesita es una reconversión productiva con metas verificables. El objetivo no es sembrar más, sino ganar más por lo que ya se produce. La métrica correcta no es rendimiento por hectárea, sino margen por hectárea.

La ruta debe ser convertir el campo en industria; procesar cerca del origen, reducir mermas, integrar la cadena y capturar valor en alimentos, empaques, ingredientes y subproductos.

Un clúster agroindustrial no debe verse como un ejercicio académico vinculatorio sino como una condición mínima para competir en mercados donde la calidad, la inocuidad y la trazabilidad definen el precio.

Simultáneamente, el Municipio debe asumir que el agua y la energía no son temas ambientales, sino variables económicas. Sin tecnificación del riego, medición parcelaria y eficiencia energética en bombeo y procesamiento, el modelo actual no es viable.

Nada de esto podrá funcionar sin seguridad, pero no una seguridad discursiva, sino una seguridad económica focalizada: Corredores productivos protegidos, rutas logísticas seguras, zonas industriales operables.

Es claro que la inversión no llega a territorios donde producir implica riesgo permanente. La seguridad en Cajeme debe medirse por su impacto en la producción y en la inversión, no sólo por estadísticas agregadas.

La logística es el otro eslabón que Cajeme no le ha dado el valor que merece; producir sin capacidad de mover, conservar y exportar es equivalente a perder valor en cada kilómetro. La conexión funcional con Guaymas debe ser un eje estratégico: Cadena fría, centros de acopio, despacho eficiente y procesos de exportación sin fricción.

En un entorno competitivo, el costo logístico es un determinante directo del ingreso.

En esta secuencia económica, el capital humano cierra el círculo.

Pero aquí no se trata de formar más profesionistas sin destino, sino de crear técnicos productivos en ciclos cortos, con habilidades en agroindustria, mantenimiento, refrigeración, inocuidad y automatización.

La productividad no se decreta, se entrena; las instituciones educativas deben alinearse a la demanda real del territorio, y el éxito debe medirse por inserción laboral y salarios, no por matrícula.

La responsabilidad está distribuida y hoy más que nunca (por el bien de Cajeme y el Sur del Estado) no se admiten evasivas.

El Gobierno de Cajeme debe dejar de ser un obstáculo administrativo y convertirse en facilitador de inversión, con trámites ágiles, suelo disponible y métricas públicas de desempeño. El Gobierno de Sonora debe concentrarse en infraestructura crítica, energía, agua y coordinación de seguridad. La Federación tiene que orientar financiamiento hacia productividad, no hacia subsidios sin retorno.

A su vez, los productores deben asumir la transición hacia esquemas asociativos y de valor agregado. El sector privado habrá de invertir en cadena, no en rentas periféricas y la sociedad civil debe exigir resultados con rigor porque ya estuvo bueno de ‘vivir al día’.

Cajeme puede construir una nueva etapa si deja de administrar la escasez y comienza a organizar su potencial. El tiempo de los diagnósticos terminó; el de las decisiones debe empezar.

Javier Villegas Orpinela es presidente del Colegio de Economistas de Sonora, director de Correo y Telegrama y profesor en el Departamento de Economía Unison.

jvillegas@correorevista.com

Twitter: @JvillegasJavier

Facebook: Javier Villegas Orpinela

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