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La Candelaria y los tamales

Celebramos la presentación del Niño en el templo con un banquete con raíces profundas en nuestros antepasados indígenas, que debe preparar aquel a quien le tocó el Niño en la rosca de Reyes.

Ernesto  Camou

Batarete

El pasado lunes 2 de febrero se celebró la fiesta de la Candelaria, que tiene raíces antiquísimas, en el mundo y en México también, donde coincide con antiguas fiestas del mundo indígena mexica. El día de la Candelaria conmemora la presentación del Niño Jesús en el templo, y la purificación de la Virgen María después del parto. Pero también se inscribe en una tradición anterior al cristianismo consistente en fiestas y rituales de preparación de las siembras, para pedir fertilidad en los cultivares.

El solsticio de invierno tiene lugar el 21 de diciembre, y es el día más corto, y la noche más larga. A partir de esa fecha los días se van haciendo más dilatados: Para muchos pueblos antiguos era el renacer de la luz, el anuncio de primaveras, siembras y cosechas que se esperaban abundantes; era, pues la renovación también de la vida. No es casual que en el cristianismo primitivo hayan colocado el nacimiento de Jesús asociado a este solsticio.

Mucho antes de la era cristiana ya se celebraban en el medio Oriente, en la Europa celta y la antigua Roma, festividades propiciatorias de la fertilidad, como las Lupercales en Roma: Algunas con procesiones con candelas, de ahí el nombre de la advocación mariana, y con fuegos rituales en los campos. Los jóvenes saltaban sobre las llamas en un jugueteo de purificación y preparación para el ciclo que iniciaba.

La costumbre de realizar procesiones con velas se mantuvo en estas fechas, pero no fue sino hasta fines del siglo XIV que se encontró en una playa de las Islas Canarias una imagen de la Virgen María a la que llamaron Virgen de las Candelas, y cuya primera celebración tuvo lugar hasta 1497, en coincidencia con la fiesta de la purificación de la Virgen, el 2 de febrero. Esta fecha marcaba la cosecha del trigo y el reinicio del ciclo de la agricultura.

Ahora bien, en el México prehispánico, particularmente en Mesoamérica, estos días eran el inicio de la siembra del maíz y sus cultivos asociados. Se pedía la fertilidad de las milpas y se cocían tamales con los granos del año pasado para propiciar el ciclo que iniciaba, y se compartían para agradecer la abundancia de la cosecha anterior. Los tamales eran una ofrenda a los dioses y se consumían en una fiesta y una rogativa: Al comerlos recalcaban su identidad y fortalecían su humanidad porque los dioses hicieron a los primeros hombres y mujeres de maíz, y les dieron el soplo de la vida.

Sin exagerar se puede decir que la degustación de tamales en aquel México prehispánico, y también en el actual, era, y es, fiesta y también una oración saboreada con intensidad, deleite y satisfacción. Una acción de gracias gastronómica por los bienes recibidos, y obtenidos por el trabajo comunitario y personal, y se acompaña con bebidas muy nuestras, el atole, de maíz también, o el chocolate producto de nuestro cacao mexicano, la bebida de los dioses... y también, en aquella España añeja, libación de ciertos clérigos, canónigos o monseñores, que no despreciaban una taza aromática del chocolate americano.

Lo interesante es cómo, en nuestra tierra, estas tradiciones se encuentran y se instalan sincréticamente, sin incongruencias doctrinales, en una solemnidad muy nuestra y muy global en el mundo cristiano. Celebramos la presentación del Niño en el templo con un banquete con raíces profundas en nuestros antepasados indígenas, que debe preparar aquel a quien le tocó el Niño en la rosca de Reyes. Y la figura del Infante debe vestirse para la ocasión, lo que ha propiciado en barrios y pueblos una faena temporal de damas diligentes, que se anuncia con el letrero de “Se visten Niños Dios”, porque el bebé Jesús debe aparecer muy pulcro y digno en esta fecha preclara, cuando recordamos y agradecemos dos tradiciones concurrentes que contribuyeron a la conformación de nuestra vigorosa cultura mexicana.

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