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Los lamentos del corralón: la leyenda de la camioneta siniestrada en Mexicali

Dicen que en un depósito vehicular al poniente de Mexicali hay noches en que los gritos atraviesan el silencio. Quienes conocen la historia aseguran que todo comenzó con un guardia nuevo y una camioneta que nunca debió haber llegado hasta ahí.

Los lamentos del corralón: la leyenda de la camioneta siniestrada en Mexicali

El trabajo no parecía complicado: vigilar un depósito vehicular al poniente de Mexicali, cuidar que nadie entrara sin autorización y evitar que los automóviles asegurados por las autoridades terminaran desmantelados antes de que pudieran ser reclamados o utilizados como parte de una investigación.

Pero había un detalle que no todos soportaban, pues los turnos nocturnos duraban doce horas. En aquel terreno, rodeado por una malla ciclónica deteriorada en algunos tramos, las horas parecían avanzar más despacio.

Filas de automóviles, camionetas chocadas y vehículos incompletos se extendían bajo una iluminación irregular. Algunos conservaban sus placas; otros tenían las puertas abiertas, los cristales rotos o partes del motor expuestas. Cada uno había llegado por una razón distinta y, al menos en teoría, debía permanecer ahí hasta que las autoridades determinaran qué hacer con él.

Filas de automóviles, camionetas chocadas y vehículos incompletos se extendían bajo una iluminación irregular l Foto: Imagen Creada con IA

El problema era que el terreno era demasiado grande para una sola persona.

De vez en cuando, alguien se colaba por un tramo vencido de la malla para llevarse una batería, una llanta o cualquier pieza que pudiera desprenderse sin demasiado esfuerzo. Por eso, dormir durante el turno era prácticamente imposible. El guardia tenía que recorrer los pasillos improvisados entre los vehículos, alumbrar rincones y mantenerse atento a cualquier movimiento.

El nuevo empleado acababa de conseguir el puesto y le habían asignado el turno de noche, uno de los que más rotación registraban.

Durante sus primeros días no tuvo mayores problemas. Caminaba entre los vehículos, revisaba el cerco y regresaba a su puesto. El silencio, aunque pesado, era parte del trabajo. Hasta que una noche escuchó el primer grito.

Voces entre los vehículos

Al principio creyó que alguien había entrado al predio. El grito llegó desde el fondo del terreno, detrás de una fila de camionetas. Fue breve, pero lo suficientemente claro para hacerlo ponerse de pie y tomar la linterna.

—¿Quién anda ahí? —gritó mientras avanzaba.

El haz de luz recorrió los parabrisas rotos, los asientos vacíos y las carrocerías golpeadas. No encontró a nadie. Revisó los espacios entre los vehículos y se acercó a la malla, por si alguien había escapado por alguno de los huecos.

Nada.

Regresó a su puesto convencido de que se había tratado de un intruso. Quizá un joven que había entrado a curiosear o alguien que buscaba piezas para robar.

Sin embargo, los gritos volvieron a escucharse durante los siguientes turnos.

A veces eran lejanos, como si alguien pidiera ayuda desde el extremo opuesto del corralón. En otras ocasiones parecían surgir detrás de él, entre dos automóviles que ya había revisado minutos antes.

El guardia comenzó a recorrer el terreno cada vez que los escuchaba. Alumbraba debajo de los vehículos, revisaba las cabinas y llamaba en voz alta, esperando que alguien respondiera.

Nunca encontraba a nadie.

Al principio creyó que alguien había entrado al predio. El grito llegó desde el fondo del terreno, detrás de una fila de camionetas l Imagen creada con IA

Con los días, los gritos dejaron de ser aislados. Se transformaron en llantos, quejidos y lamentos. Lo más inquietante era que no parecían provenir de una sola persona. Algunas noches escuchaba dos voces; otras, tenía la impresión de que eran tres o cuatro, de distintas edades, todas gritando o llorando al mismo tiempo.

No conseguía distinguir palabras. Solo alcanzaba a escuchar el sufrimiento de quienes parecían estar atrapados en algún lugar del terreno.

Y, cuando encendía la linterna, el silencio regresaba.

Los lamentos de la madrugada

El guardia empezó a llegar al trabajo con la inquietud de quien sabe que algo desagradable lo espera, aunque no pueda explicar qué es.

Dormía poco y mal. Durante el día, cualquier ruido lo despertaba. Por las noches, el cansancio se mezclaba con una sensación de malestar que no desaparecía ni siquiera cuando el corralón parecía estar tranquilo.

Intentó convencerse de que todo tenía una explicación. Quizá los sonidos venían de la calle. Tal vez eran perros, personas que pasaban cerca o algún ruido que el viento arrastraba desde los terrenos vecinos. Pero los lamentos eran demasiado claros.

Una madrugada escuchó un llanto prolongado que parecía salir del interior de uno de los vehículos. Se quedó inmóvil, con la linterna en la mano, tratando de identificar de dónde provenía. El sonido cesó. Esperó unos segundos y continuó su ronda.

Entonces volvió a escucharlo.

El guardia empezó a llegar al trabajo con la inquietud de quien sabe que algo desagradable lo espera l Imagen creada con IA

Esta vez parecía haber más de una persona. Un lamento grave se mezclaba con otro más agudo, seguido de un grito que lo hizo retroceder.

El guardia recorrió con la mirada las filas de automóviles. A lo lejos distinguió la silueta de una camioneta siniestrada, una de tantas que permanecían bajo resguardo. Tenía la carrocería deformada y varias partes faltantes. Desde su posición no podía ver el interior.

No supo por qué, pero sintió que los sonidos venían de ahí.

No se acercó.

Regresó a su puesto y permaneció despierto hasta el amanecer, esperando que terminara el turno.

La noche siguiente se prometió que, si volvía a escuchar aquellos gritos, no descansaría hasta encontrar su origen.

No tuvo que esperar demasiado.

La camioneta que ardía sin fuego

El grito lo sorprendió durante una ronda, cuando el cielo seguía oscuro y el terreno parecía más grande que nunca.

Esta vez no hubo dudas: el sonido venía de la camioneta siniestrada.

El guardia levantó la linterna y comenzó a caminar hacia ella. A medida que se acercaba, los lamentos se hicieron más intensos. No era una voz, sino varias, superpuestas, como si distintas personas intentaran pedir ayuda al mismo tiempo.

Entonces vio el fuego.

Las llamas parecían salir del interior de la camioneta y extenderse por la cabina. El resplandor iluminaba la carrocería deformada y proyectaba sombras largas sobre los vehículos cercanos.

El guardia reaccionó por instinto. Corrió por un extintor y regresó al lugar, convencido de que un incendio podía propagarse por el depósito si no actuaba de inmediato.

Mientras descargaba el contenido del extintor sobre la cabina, los gritos parecieron elevarse por encima del ruido del mecanismo. Por un instante tuvo la sensación de escuchar a varias personas atrapadas, incapaces de salir.

Las llamas parecían salir del interior de la camioneta y extenderse por la cabina l Imagen creada con IA

Siguió rociando hasta que las llamas desaparecieron.

Después llegó el silencio.

El guardia permaneció inmóvil, respirando con dificultad. Se acercó con cautela y alumbró el interior de la camioneta.

No había nadie.

Ni una persona escondida entre los asientos, ni un cuerpo, ni siquiera una sombra que pudiera explicar los gritos que acababa de escuchar.

Volvió a revisar la cabina, iluminó el piso y se asomó por el lado del conductor. La camioneta seguía incompleta, con los hierros doblados y las partes que le faltaban desde que había llegado al depósito.

No entendía cómo había aparecido el fuego ni de dónde provenían aquellas voces.

Se quedó junto al vehículo durante varios minutos, esperando que ocurriera algo más. No escuchó nada. Tampoco volvió a ver las llamas.

Cuando finalmente regresó a su puesto, ya no intentó convencerse de que se trataba de intrusos.

Por primera vez, sintió miedo de estar solo en aquel lugar.

El guardia que ya conocía la historia

A la mañana siguiente, cuando llegó el trabajador que debía relevarlo, el nuevo guardia apenas podía ocultar el cansancio.

Antes de retirarse, le hizo una pregunta que llevaba horas guardándose.

—¿A ti nunca te ha tocado escuchar gritos aquí en la noche?

El guardia veterano lo miró durante unos segundos.

—¿Anoche también?

La respuesta lo desconcertó.

Le contó lo que había escuchado durante los últimos días y describió el incendio de la camioneta. El otro hombre no pareció sorprendido. En cambio, le preguntó en qué parte del terreno había ocurrido.

Cuando el nuevo guardia señaló el vehículo, el veterano guardó silencio.

—Eso se escucha desde hace tiempo —dijo finalmente—. Hay noches en que se oyen los gritos y otras en que no pasa nada. Depende de la noche.

El recién llegado sintió un enojo repentino.

—¿Y por qué nadie me dijo nada?

El otro no respondió de inmediato. En cambio, le pidió que lo acompañara a revisar el vehículo y las incidencias registradas durante el turno.

La camioneta estaba fría.

No había señales de que hubiera ardido horas antes. La carrocería no mostraba marcas recientes de fuego y el interior conservaba el mismo aspecto de siempre. Tampoco había humo, ceniza ni olor a quemado.

El nuevo guardia insistió en lo que había visto. Había utilizado un extintor. Había escuchado las voces. Había visto las llamas.

El veterano lo dejó hablar hasta que terminó.

Después le contó lo que sabía de aquella camioneta.

La familia que nunca salió del camino

La camioneta llevaba varios meses asegurada en el corralón. Había llegado después de un accidente carretero ocurrido durante la madrugada. Según la historia que circulaba entre los trabajadores, en el vehículo viajaba una familia y ninguno de sus integrantes había sobrevivido.

Desde entonces, el vehículo permanecía en el depósito mientras continuaban los procedimientos correspondientes.

El guardia veterano no aseguró conocer la razón de los sonidos. Tampoco dijo haber visto las llamas. Solo le explicó que, desde hacía tiempo, algunos trabajadores hablaban de gritos y lamentos que se escuchaban durante la noche, aunque nunca lograban encontrar a nadie.

El nuevo guardia volvió a mirar la camioneta.

Ahora entendía por qué los sonidos parecían venir de distintas personas. Por qué los gritos se mezclaban con llantos. Por qué, cuando intentaba localizar a quienes pedían ayuda, solo encontraba asientos vacíos.

No volvió a preguntar nada.

Según cuenta la leyenda, aquel trabajador renunció poco después. No quiso regresar al turno nocturno ni volver a quedarse a solas entre los vehículos asegurados.

El corralón siguió funcionando. Los automóviles continuaron llegando y otros salieron cuando las autoridades lo permitieron. La camioneta permaneció ahí, inmóvil, con la carrocería deformada y el interior vacío.

Pero la historia no terminó con la renuncia del guardia.

Quienes conocen la leyenda dicen que, algunas madrugadas, cuando el terreno queda en silencio y las luces apenas alcanzan a iluminar las filas de vehículos, vuelven a escucharse los lamentos.

Y que, si alguien se atreve a seguirlos, tarde o temprano termina frente a la misma camioneta.

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