La arquitectura como buffet a escoger
Para muchos arquitectos y urbanistas, las ciudades fronterizas les parecen deleznables en comparación de las ciudades del interior del país.

Para muchos arquitectos y urbanistas, las ciudades fronterizas les parecen deleznables en comparación de las ciudades del interior del país. Comparan a las primeras con Guanajuato y Zacatecas. Desfavorablemente, por supuesto. Pero ese es un error de perspectiva y un prejuicio cultural. No se le puede pedir peras al olmo, dicen los viejos proverbios. Y a las ciudades de frontera no se les puede exigir que sean lo que son Guanajuato o Zacatecas: copias de las poblaciones de las que venían los conquistadores españoles, repeticiones a gran escala de Sevilla o Salamanca, levantadas con todo el oro y la plata saqueadas durante el virreinato. Las urbes fronterizas son, en general, ciudades trazadas por las necesidades del comercio binacional con los Estados Unidos a partir de 1848, sitios de paso de grandes movimientos migratorios. Nuestras metrópolis fueron, desde sus inicios, campamentos de trabajo, postas de rutas peligrosas en medio de la nada, comunidades marginales que, por los golpes de la historia, acabaron siendo líneas fronterizas, empresas trasnacionales, lugares de turismo barato..
Pero hay un factor esencial para comprender su crecimiento inusitado en poco más de un siglo. El centralismo político, económico y cultural dominante hizo de la ciudad de México y de ciudades como Guadalajara y Monterrey, centros urbanos destacados, a la vez que creó las condiciones para que el resto de las poblaciones languidecieran en ese ámbito llamado la “provincia mexicana”, en un sopor impoluto, diamantino y estático en sus usos y costumbres. En cambio, las ciudades de frontera se expandieron y desarrollaron por impulsos venidos de su vecindad con los Estados Unidos. Lo que a las ciudades del sur les requirió 500 años llegar a ser en las urbes de frontera fue cosa de décadas. Aquí la siesta castellana y el vivir a base de rentas era imposible de sostener. Aquí el trabajo a destajo y la meritocracia sustituyeron a las jerarquías y los apellidos con pedigrí incluido. Alguna vez Carlos Monsiváis dijo que en los años sesenta del siglo XX apareció la primera generación de estadounidenses nacidos en México. Estaba equivocado: esa primera generación de estadounidenses ya había nacido en la frontera norte medio siglo antes. Y había demostrado que el igualitarismo democrático era posible incluso en tiempos de don Porfirio Díaz.
La identidad urbana fronteriza no es una sola sino muchas: se hizo de forma frenética cuando gente de distintas partes del país y del mundo llegaron a estas tierras y aquí hicieron su hogar. Son comunidades variopintas y diversas que, en su conjunto, son más que la suma de sus partes. Ciudades que no pueden tener una sola identidad, una sola fachada, un solo estilo de ser y de construirse. Los expertos urbanos deberían de ver estas ciudades en su riqueza, en su caos creativo, y dejar de compararla con las urbes medievales trasplantadas a la Nueva España que nunca podrán ser. Que nunca serán porque esa no ha sido, no es su realidad. Las ciudades de frontera son urbes con múltiples personalidades colectivas, con culturas complementándose u oponiéndose unas a otras: con subterráneos de Cantón y jardines de Cuernavaca, con calles a la estadounidense y plazas a la mexicana. Una mezcolanza que siempre está en ebullición, que nunca termina de cuajar del todo: habitante por habitante, casa por casa. Un caldo de cultivo maravilloso y aterrador del que ya es tiempo de ponderar en su justa perspectiva, del que ya es hora de sentirnos orgullosos por su caótico urbanismo, por su desquiciante arquitectura.
Ubiquémonos aquí, en Mexicali, una ciudad que no puede tener un solo rostro, sino muchos: el de la época misional o el del siglo XX, sólo para nombrar los más obvios. Porque nuestra ciudad es una orgullosa muestra de caos: urbe llena de todos los tipos de arquitectura que uno se pueda imaginar, con casas que difieren unas de otras, con construcciones que apelan a lo mexicano como a lo estadounidense, lo europeo o lo asiático. Ciudad de contrastes y paradojas sin cuento, donde nadie quiere la monotonía excepto en plazas comerciales o fraccionamientos privados. Nuestra ciudad es de una creatividad que no se calla la boca, que pasa de lo ancestral a lo ultramoderno, de la adaptación al desierto a darle la espalda. En ella todo se vale. En ella cada quien construye, según sus posibilidades, su casa, su hogar, su jardín de las maravillas o su fortaleza inexpugnable. Mexicali, centro de espejismos arquitectónicos. Mexicali, oasis de sombras protectoras bajo el sol implacable.
*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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