Adolfo Wilhelmy: periodista en Mexicali
Al leer la enorme cantidad de artículos publicados por Adolfo Wilhelmy en la prensa en español de Los Ángeles.

Al leer la enorme cantidad de artículos publicados por Adolfo Wilhelmy en la prensa en español de Los Ángeles, uno se pregunta: ¿Por qué escribía en La Opinión y no en algún periódico de Mexicali? En uno de sus artículos, nuestro autor lo expresó con toda claridad. En la capital del Distrito Norte de los años treinta del siglo XX no existían diarios sino semanarios. El diario angelino era el periódico más leído a ambos lados de la frontera, llegando desde Los Ángeles todos los días para un público que lo leía en español en todo el sur de California y en la franja fronteriza. Don Adolfo era, como periodista de su época y carácter, muy cuidadoso en no herir susceptibilidades, pero bien sabía que su audiencia gustaba de asuntos morbosos (como los accidentes y crímenes) a la vez que deseaba enterarse de la vida y sinsabores de los poderosos (como era el caso del general Rodríguez). Como miembro distinguido de la Cámara de Comercio de Mexicali, buscaba mantener su trabajo periodístico con textos amenos y atrayentes sin menoscabo de su prestigio como empresario en el sector informativo y publicitario. En cuestiones públicas dejaba de lado enfrentamientos inútiles -a menos que tocaran los intereses de la Cámara de Comercio o del gremio de la prensa- y evitaba de hacerse de enemigos políticos. De ahí que mientras muchos de sus colegas en el periodismo mexicalense acabaran frente a tribunales acusados de mil y un delitos, falsos o verdaderos, Wilhelmy lograra sortear su manejo de las noticias sin acabar frente a jueces y tribunales, sin terminar detrás de las rejas por órdenes del Ministerio Público.
Lo cierto es que Adolfo Wilhelmy escribió en La Opinión no sólo sus memorias personales acerca de su paso en la vida por las escenas teatrales, periodísticas y militares, sobre todo en la etapa más álgida de la Revolución Mexicana entre 1910 y 1924, sino que sus artículos crearon un mural de su existencia entre su niñez y adultez enriquecido con decenas de personajes curiosos y bien trazados. A esto se añadían artículos de interés histórico o de perfiles políticos sobre la situación de Baja California. Dos ejemplos sirven para exponer, más allá de lo simplemente informativo, su visión de Mexicali como urbe fronteriza al mismo tiempo que retrataba su evolución como sede de los poderes políticos, especialmente de los tiempos que a él le habían tocado en suerte vivir y experimentar. En La Opinión del 10 de noviembre de 1940, don Adolfo publicó un artículo titulado “Mexicali antes sostenida por el vicio, hoy con vida propia”, donde expresaba que: “Mexicali ha progresado, y su constante adelanto es palpable. Por vía de cooperación insignificantemente mínima por su procedencia, pero bien intencionada al colaborar con mi grano de arena en la campaña para conseguir la mayor afluencia del turismo en beneficio de esta tierra cuna de mis hijos y a la que debo una gentil hospitalidad que data de más de cuatro lustros, escribo estas líneas, a través de cuyo texto y gráficas puede el lector, —no sólo el turista,—-darse una idea pálida, pero verídica, de lo que verdaderamente es Mexicali, la ciudad Cabecera del remoto Territorio Norte de la Baja California”
A continuación, nuestro autor describía el paisaje urbano del Mexicali de 1940, una ciudad que pintaba con “vida propia”, llena de dinamismo empresarial. La urbe fronteriza era, para Wilhelmy, “una ciudad nueva, moderna; con sus amplias avenidas y tiradas a cordel y sus pintorescas zonas residenciales en las que abundan construcciones de diversos órdenes y estilos de arquitectura, privando entre estos últimos el colonial; con sus principales rúas asfaltadas y algunas de éstas con frondosas arboledas en sus aceras y prados”. Luego pasaba a hacer un recorrido por las principales edificaciones con que contaba, empezando por el centro de la ciudad, donde delineaba la avenida Madero con su escuela Cuauhtémoc o se detenía en el Mercado Municipal, “con sus típicos locales y en un cobertizo anexo a su parte posterior, “puestos” o loncherías al aire libre, donde se venden guisos y antojitos genuinamente mexicanos: tamales, pollo, enchiladas, asado, menudo, pozole, gorditas, tostadas y tacos, que remojadas con espumosa cerveza Mexicali”. No olvidaba mencionar “los bonitos edificios del Banco Peninsular, de Crédito Agrícola, la Biblioteca Pública y el Teatro Nacional, todos ellos construidos durante la administración del general Abelardo L. Rodríguez”. Era, su artículo, un paseo por la ciudad que deseaba mostrar con orgullo, con veracidad.
*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
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