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Teresa Avedoy: sapiencias y querencias

La poesía mexicana de nuestro tiempo mucho le debe a las mujeres poetas, especialmente a las que practican la poesía crítica.

Gabriel  Trujillo

La poesía mexicana de nuestro tiempo mucho le debe a las mujeres poetas, especialmente a las que practican la poesía crítica, las que alborotan, las que desafían el orden establecido de los versos convencionales, de las ideas sublimes. Pongo como ejemplos uno de los más importantes poemarios publicados en la segunda década del siglo XXI: Antidewey (notas de campo), publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2019 y cuya autora es la poeta Teresa Avedoy (Guamúchil, Sinaloa, 1979, pero radicada en Tijuana, donde estudió arquitectura en el Instituto Tecnológico de esa ciudad fronteriza). Como muchos de los libros de autores bajacalifornianos, Antidewey es una publicación difícil de conseguir. Yo la obtuve hasta varios años después de su publicación. Pero en ella encontré el carácter rebelde de Teresa con respecto al mundo que comparte con nosotros en este caótico siglo XXI. Porque no es fortuito que en estos tiempos en que las reivindicaciones sociales, étnicas, sexuales y políticas toman la palestra en el mundo entero, los poetas y, sobre todo, las poetas reivindiquen no sólo su derecho a cantarle a la realidad desde su propia voz, desde su propio cuerpo, sino que exhiban las contradicciones innatas de un sistema cultural que ha dado predominancia al canto monolítico, al gran poema conceptual, al discurso masculino donde la experiencia de las mujeres es marginal, pasiva, hecha a un lado.

Y si a eso le añadimos que, en la poesía mexicana, los grandes paradigmas han establecido que las cimas de la lírica nacional pasan por el poema magno, ese que contempla el mundo desde las alturas de su genio: La suave patria (1921) de Ramón López Velarde, Muerte sin fin (1939) de José Gorostiza o Piedra de sol (1957) de Octavio Paz, entonces podemos comprender mejor las nuevas tendencias poéticas que han ido surgiendo a últimas fechas entre nosotros. En tal contexto, lo raro es que la poesía mexicana se haya tardado tanto tiempo en desafiar las pirámides sagradas de su propia historia literaria. En una república de las letras que se desvive por hacer de lo poético objeto sagrado que no debe ser tocado ni con la mínima crítica, que mantiene un ceremonial de corte de los milagros como única versión válida de la poesía en nuestro país, lo habitual es considerar a los grandes poemas como dogmas que no deben ser empañados con dudas y cuestionamientos, como si hubieran sido escritos por deidades sin mácula y no por seres humanos con sus propias necesidades y congojas, con sus obvios tropiezos y obsesiones.

Para Avedoy, la tarea del poeta consiste en salvar el mundo como libro y como naturaleza, como ciudad que se ama, como región que impele el escribir sobre ella, ya sea glorificándola o desmontando sus mitos. Con el simple propósito de descubrir los tesoros que contiene, las paradojas en que vive, las fortalezas y debilidades que le son propias. Leer estos poemas es adentrarnos en un misterio mayor, es nombrar una y otra vez el elusivo espejismo de su presencia. Reunión de voces que, en su conjunto, definen un trayecto comunitario, una ruta que en cada verso multiplica su destino.

En Teresa vemos ya una literatura que apenas confronta su periplo existencial con los versos de la claridad desgarradora. Una poesía que ya muestra, como botín de su creación poética, un sinfín de imágenes que exhiben lo que nos es propio: paisajes naturales, ciudades en formación,comunidades hechas con la premura delprogreso, con las ansias de la cultura. Orbes que le pertenecen a nuestra poeta porderecho de identidad, por canto personal,por terquedad sin límites. Poemas quemiran hacia el pasado o el futuro, haciala naturaleza o las ciudades en su caóticaexistencia, hacia el entorno de usos y costumbres que nos retratan de cuerpo entero, que nos definen ante nosotros mismosy ante los demás.

La suya es una poesía que toma elmundo como una biblioteca-laberinto,donde todas las sorpresas están al alcance de nuestra curiosidad. Por eso la suyaes obra celebratoria sin dejar de ser canto personal. Verso que explora el constante cambio de nuestras vidas, los retoscotidianos de nuestro tiempo. Las transformaciones que vienen a sacudirnosaunque no lo queramos. Para ella las palabras son arquitectura: espacios de convivencia, sitios comunitarios. Terrenalesen sus sapiencias y querencias. Hechospara recordarnos que el lenguaje es unejercicio hospitalario, un albergue paratodos nosotros.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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