El Imparcial / Columnas /

Ricardo Covarrubias y la Mujer Látigo

Ricardo Covarrubias, escritor neoleonés que radico en nuestra entidad entre 1918 y 1925.

Gabriel  Trujillo

Ricardo Covarrubias, escritor neoleonés que radico en nuestra entidad entre 1918 y 1925, tuvo varios momentos que pusieron en vilo a la gente de Baja California. Todos ocurrieron en la década de los años veinte del siglo XX y fueron la comidilla del día. Si hubo una personalidad borrascosa en esos tiempos de jazz y ley seca, don Ricardo es quien mejor representa los claroscuros del periodismo bajacaliforniano en sus inicios. Una época en que, liberados del yugo del coronel Esteban Cantú, la creación de partidos floreció en todo el Distrito Norte y eso llevó a serios enfrentamientos que dieron por resultado zafarranchos, escándalos y confrontaciones entre partidarios de uno u otro bando.

En todos esos choques a la vista de todos, Covarrubias destacó como un hombre de armas tomar (y no lo digo metafórica sino literalmente), que utilizó su semanario, El Monitor, para despotricar contra los adversarios de sus intereses políticos y económicos. No había pleito en que no participara a gritos y violentamente, ya fuera con acciones directas como con artículos periodísticos que injuriaban a sus contrincantes en la política local y regional. Uno de esos contrincantes fue otro periodista, Billy Silver, el probable fundador del primer periódico mexicalense, The Rounder, un semanario que se publicaba en inglés y español, pues Silver era hijo de un estadounidense y de una mexicana, por lo que dominaba ambos idiomas.

En el frenesí de las contiendas políticas, cuando Billy Silver defendía una causa que no le gustaba a don Ricardo, éste tuvo la mala ocurrencia de sacar un artículo insultando la conducta no de Silver sino de su mujer y haciendo insinuaciones sobre el origen de sus hijos, como un ataque oblicuo a su rival. A ambos lados de la línea internacional, esto trajo un rechazo unánime contra Covarrubias, de tal forma que aunque El Monitor circuló por el Distrito Norte, en los Estados Unidos, su distribución fue prohibida bajo la leyes de prensa de aquel país, que no aceptaban tal clase de ataques al honor de las personas y más si el blanco de sus diatribas era una madre y esposa, una ama de casa que no era una figura pública ni ejercía un puesto.

El escándalo apenas comenzaba. Los mexicalenses apostaban si entre Silver y Covarrubias habría un duelo a muerte. Pero sucedió algo muy diferente a lo esperado, que conmocionó a la opinión pública de los Estados Unidos y de México: el 24 de junio de 1923, al finalizar un mitin en un café de Mexicali, mientras don Ricardo caminaba tranquilamente, rodeado por sus seguidores y rumbo a la puerta de salida, Lois Dixon, la esposa de Billy Silver, se apareció frente a él y con un látigo improvisado lo empezó a zaherir. Una y otra y otra vez. ¿Qué hizo el bravucón de Covarrubias? Huir por la puerta trasera. Al final detuvieron a ambos y los mandaron a la comandancia de policía. En ese lugar, Covarrubias, que tenía fuero por ser diputado por Baja California, reconoció que se había excedido en su artículo contra la esposa de Silver, pero por su fuero fue liberado. Lo mismo pasó con Lois. La policía la dejó ir porque había defendido el honor de ella misma y de sus hijos. La paliza que le dio a don Ricardo, sin embargo, hizo historia en la historia del periodismo bajacaliforniano: una mujer había hecho lo que los hombres no se habían atrevido y al enterarse del suceso muchos mexicalenses se pusieron del lado de Dixon, la parte agraviada desde un principio.

Esto hace ver que por más que Covarrubias tuviera un periódico como El Monitora su disposición, que pudiera impunemente atacar a las personas que no comulgaban con su partido y sus políticas, la opinión pública no veía con buenos ojos que se injuriara a una madre y esposa que nada tenía que ver con las escaramuzas de la política de la entidad. Ese escándalo dejó muy mal parado -y con varias heridas en el rostro- a un político al que la gente empezaba a sacarle la vuelta, a ver con desconfianza.

Lois Dixon, por su parte, se convirtió en una representante de la nueva mujer fronteriza de los años veinte: independiente, capaz de hacerse justicia por propia mano. Convertida en una superheroína para los que querían ser dejados fuera de los arrebatos partidistas del momento, se le dio el sobrenombre de la Mujer Látigo. Sólo le faltó un cómic a su servicio.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Sigue nuestro canal de WhatsApp

Recibe las noticias más importantes del día. Da click aquí