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En 1970, un sacerdote convirtió 12,000 pirañas sin valor comercial en una fuente de ingresos para una comunidad aislada de la Amazonia brasileña y financió puentes, un embarcadero, un cementerio y una pista de aterrizaje que todavía forman parte de su legado.

Lo que los pescadores retiraban de sus redes terminó convirtiéndose en una actividad económica para los habitantes de Jenipapo, mientras el sacerdote italiano Giovanni Gallo impulsaba obras comunitarias y un proyecto cultural que años después daría origen al Museo del Marajó

En 1970, un sacerdote convirtió 12,000 pirañas sin valor comercial en una fuente de ingresos para una comunidad aislada de la Amazonia brasileña y financió puentes, un embarcadero, un cementerio y una pista de aterrizaje que todavía forman parte de su legado.

En una comunidad aislada de la Amazonia brasileña, un recurso que tenía poco valor para los pescadores terminó ayudando a financiar obras esenciales. Durante la década de 1970, el sacerdote italiano Giovanni Gallo organizó un proyecto para aprovechar las pirañas que eran retiradas de las redes de pesca y convertirlas en una actividad económica con destino a Europa.

Según información de AS, Gallo impulsó esta iniciativa mientras estaba al frente de la parroquia de Santa Cruz do Arari, en la isla de Marajó, donde buscó distintas formas de generar recursos para mejorar las condiciones de vida de la población. El proyecto permitió preparar y exportar alrededor de 12,000 pirañas disecadas, cuyos ingresos fueron destinados tanto al trabajo de los habitantes como a obras de infraestructura.

Las pirañas que dejaron de ser un desperdicio

La idea partió de una situación cotidiana para los pescadores de Vila de Jenipapo, una comunidad ubicada junto al río Arari. Las pirañas quedaban atrapadas en las redes, pero no representaban una mercancía de gran valor para quienes se dedicaban a la pesca.

Gallo encontró una manera de aprovecharlas. De acuerdo con registros académicos sobre el Museo del Marajó, el sacerdote creó un laboratorio en la comunidad y enseñó a las mujeres locales a embalsamar las pirañas para convertirlas en piezas artesanales.

La producción no dependía únicamente del sacerdote. Los pescadores se encargaban de obtener los ejemplares y las mujeres participaban en su preparación. Después, las piezas eran comercializadas fuera de Brasil, principalmente gracias a los contactos que Gallo conservaba en Italia.

Así, un producto que anteriormente era descartado pasó a generar ingresos para la propia comunidad.

¿En qué se gastó el dinero de las pirañas?

El proyecto tuvo un objetivo que iba mucho más allá de vender artesanías. Los recursos obtenidos permitieron financiar infraestructura en una zona donde las condiciones geográficas dificultaban los desplazamientos y el acceso a servicios.

Entre las obras asociadas a esta actividad se encuentran 350 metros de puentes de madera, un embarcadero comunitario, un cementerio preparado para el periodo de inundaciones y una pista de aterrizaje de aproximadamente 800 metros.

La construcción de estas instalaciones representó una forma de responder a necesidades concretas de la población. En una región marcada por los ríos y las crecidas, los puentes y el embarcadero facilitaban la movilidad de los habitantes, mientras la pista permitía contar con una conexión aérea en una comunidad de difícil acceso.

La documentación académica sobre la obra de Gallo señala además que los ingresos de la venta de las pirañas sirvieron para pagar a las personas que participaban en la producción y para financiar otras actividades comunitarias.

Un proyecto económico que también buscaba preservar la cultura

El trabajo de Gallo no se limitó a generar dinero mediante la venta de productos locales. El sacerdote también desarrolló un proyecto para conservar y mostrar la historia y la cultura de los habitantes de Marajó.

De esa iniciativa surgió el Museo del Marajó, inicialmente establecido en Santa Cruz do Arari. Su acervo comenzó a formarse con piezas arqueológicas, fragmentos de cerámica y objetos relacionados con la cultura marajoara que eran encontrados y entregados por los propios habitantes.

El museo fue concebido como una herramienta para involucrar a la población en la conservación de su patrimonio. Una investigación de la Universidad de São Paulo señala que Gallo entendía el desarrollo de la región no solo desde una perspectiva económica, sino también a través de la cultura y de la participación de los habitantes en la construcción del museo.

Posteriormente, el museo fue trasladado a Cachoeira do Arari. Documentación del Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional de Brasil (Iphan) señala que la institución fue trasladada en la década de 1980 después de dificultades políticas en Santa Cruz do Arari.

Giovanni Gallo y una forma distinta de aprovechar los recursos locales

La experiencia de las pirañas muestra una de las características centrales del trabajo de Gallo en Marajó: buscar actividades económicas a partir de recursos que ya estaban disponibles en la comunidad.

En lugar de introducir una industria ajena a la zona, el proyecto aprovechó una actividad cotidiana —la pesca— y un producto que normalmente era descartado. La preparación artesanal involucró a distintos habitantes y permitió que el dinero generado permaneciera vinculado a las necesidades de la comunidad.

A más de cinco décadas de aquella iniciativa, la historia de las 12,000 pirañas permanece ligada a las obras comunitarias y al desarrollo posterior del Museo del Marajó. La experiencia también forma parte de la trayectoria de Gallo como sacerdote y promotor de proyectos sociales y culturales en la isla.

Más que una historia sobre la venta de peces, el episodio refleja cómo una actividad aparentemente pequeña pudo integrarse en un proyecto mucho más amplio: generar ingresos, construir infraestructura y, al mismo tiempo, conservar parte de la memoria cultural de una comunidad amazónica.

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