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San Juan Chamula

Alejandra, Isabella, Francisco, Helena y yo nos encontramos en un viaje familiar, uno de esos que se disfrutan tanto, que duran tan poco, pero que te acarician el corazón por haberlo realizado, hemos viajado a Chiapas, tierra de Helena, a quien queremos entrañablemente desde hace más de 14 años cuando siendo casi una niña llegó a casa con la enorme responsabilidad de ayudar a su economía familiar.

Somos lo que Hacemos

Alejandra, Isabella, Francisco, Helena y yo nos encontramos en un viaje familiar, uno de esos que se disfrutan tanto, que duran tan poco, pero que te acarician el corazón por haberlo realizado, hemos viajado a Chiapas, tierra de Helena, a quien queremos entrañablemente desde hace más de 14 años cuando siendo casi una niña llegó a casa con la enorme responsabilidad de ayudar a su economía familiar.

Chiapas es mágico, es junto con Oaxaca el estado con mayor población indígena del país, muchas de sus poblaciones se gobiernan a través de usos y costumbres, la vestimenta de algunas de sus regiones te transporta al pasado en pleno siglo XXI, el carácter de su gente es tan fiero y determinante que su nombre, Chiapas, proviene de un grupo indígena que prefirió su exterminio total, a través del suicidio colectivo antes que ser catequizados a la fe católica por los españoles.

Hicimos de San Cristóbal de las Casas el epicentro de nuestra estadía, San Cristóbal se ha convertido en un referente, es una delicada amalgama de historia, sazón, artesanías, cuenta con un colonialismo que ha subsistido por casi 500 años; prueba de ello es el sincretismo religioso que se vive en esta zona, particularmente en San Juan Chamula, poblado cercano, en el que la autoridad estatal es sólo una dama de compañía, un pueblo en el que la poligamia es permitida, claro si se trata de varones, para las mujeres cárcel y pena corporal en caso de darse, el español es sólo para los de “extranjeros” ya que el tzotzil es la lengua de los locales. San Juan es su santo patrono, su religiosidad es de los más bizarro que pueda existir ya que sus ritos son una mezcla de la fusión de razas, credos y cosmogonías.

Ingresar a su Iglesia, gobernada por sus pobladores, en la que un sacerdote católico difícilmente puede entrar, en la que las velas, el copal y los pinos son parte de las limpias, los rezos, los cantos y las amenazas en contra de todo aquel que no es originario de San Juan es transportarse en el tiempo, es atestiguar que un médico no es quien cura, sino el chamán en turno, es oler la cera quemada de cientos de miles de veladoras que al consumirse son claros testigos que la costumbre es más fuerte que la razón, que el atraso de un pueblo no es desdén de unos cuantos, sino proceso socialmente aceptado por la mayoría de quienes lo integran sabiendo que a fuerza del pox, el aguardiente que se consume, es mejor festejar el encierro de sus costumbres que la libertad del progreso, la ciencia y la educación.

Cometí el grave error de fotografiar el altar de la iglesia, una estupidez ya que se nos había advertido no hacerlo; en este momento escribo esta columna gracias a que Elena habla tzotzil y entendió claramente las amenazas que un Chamula ofendido hizo hacia mi persona; Margarita, nuestra guía, maniobró como una profesional y por ello logramos salir del pueblo sin que se nos detuviera.

Chiapas es mágico, místico, es sincrético y por ende una clara muestra de que en pleno siglo XXI nuestra cultura es grande, profunda y en ocasiones se convierte en el lastre principal para el desarrollo de nuestra gente.

*El autor es empresario, ex dirigente de la Coparmex Mexicali.

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