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Columnas

Los ‘sin nombre’

Recuerdo la primera vez que estuve parada sobre ese campo santo.

Por Beatriz Limón

Recuerdo la primera vez que estuve parada sobre ese campo santo. El silencio era como una sentencia a sentirse irremediablemente triste. Pequeños ladrillos y cruces improvisadas eran todo lo que te indicaba que bajo esa entierra árida yacían más de 500 cadáveres de migrantes sin nombre.

Lo que muchos no saben es que existe un panteón en la solitaria parte trasera de otro cementerio, el de Terrace Park, en Holtville, California, donde cientos de inmigrantes que murieron en su intento por cruzar a Estados Unidos, y que no pudieron ser reconocidos, han sido enterrados en la soledad de esas tierras.

Hasta los lugareños ignoran la existencia de ese cementerio en el patio trasero del panteón. Platicando con varios residentes del poblado de las zanahorias, dijeron desconocer la existencia de esas tumbas, solo el titular de una parroquia cercana parece no haberse olvidado de las personas no identificadas cuyos restos yacen solitariamente.

El párroco de St Joseph en Holtville, José Alfredo Moreno me dijo que existe ese panteón sobre el que estuve parada, y advirtió que lo mejor que pueden hacer los migrantes es regresar a su país, “para que no terminen en una tumba sin nombre”.

Fue contundente al señalar que es preferible poder respirar a gusto, sin miedo, que vivir el racismo o en el peor de los casos perder la vida como los inmigrantes que nunca fueron reclamados.

En los años que lleva al frente de la parroquia, nunca se ha celebrado una misa especial por los inmigrantes enterrados en el camposanto cercano. No hay quien se preocupe por ellos y tristemente siguen apareciendo cuerpos en el desierto, muchos de ellos no identificados.

La existencia del cementerio conocido por los activistas del Sur de California como “la fosa más grande de las Américas” es ignorada por la mayoría de las personas que viven en Valle Imperial y la frontera de Mexicali, Baja California.

Margie Cravens, natural de la localidad, me contó que nunca ha oído hablar del cementerio de los inmigrantes, a pesar de que sus tumbas están a unos cuantos metros de las de sus familiares.

Una malla resistente a ciclones y cerrada con candados divide el verde césped con tumbas adornadas con flores del terreno donde se encuentran las fosas anónimas con ladrillos rojizos donde se lee “John Doe” o “Jane Doe”, que en inglés significa persona desconocida.

Los activistas de Ángeles de la Frontera son los que no olvidan a los inmigrantes “sin nombre” y se encargan de pintar cruces de colores con leyendas como “No olvidado”, “No están solos”, “Juntos”, “Amor” y “Esperanza”, entre otros mensajes de aliento una vez al año.

El cementerio de los inmigrantes surgió tras el Operativo Guardián implementado en 1994 por el Gobierno estadounidense para desalentar el cruce de indocumentados por la frontera de California.

De acuerdo a la información de Ángeles de la Frontera se estima que de los 500 indocumentados que alberga este cementerio, donde ya no se realizan más entierros, apenas un 10 o un 15 % ha sido identificado por algún familiar.

“Pero por aquí llegan algunas personas buscando a sus parientes, aunque no tienen la certeza de que su familiar esté enterrado en ese cementerio”, me comentó Lorenza Carpenter, la bibliotecaria de Holtville, una localidad de apenas 5,000 habitantes.

“Más bien llegan a este sitio buscando paz”, me añadió con un dejo de tristeza.

“La paz que no te otorga el silencio sepulcral de los sin nombre”, esto último, lo pensé yo.

*Corresponsal en Arizona y Nuevo México de la Agencia Internacional de Noticias Efe.

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