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Ingobernabilidad

Las situaciones de riesgo de fatalidades que corremos los mortales mexicanos son muy altas y los riesgos constantes. Aunque no hay espacios del territorio nacional exentos del peligro, algunos estados son, históricamente más proclives a sufrir indiscriminadas.

Por Roberto Vázquez

Por el derecho a la libertad de expresión. 

Las situaciones de riesgo de fatalidades que corremos los mortales mexicanos son muy altas y los riesgos constantes. Aunque no hay espacios del territorio nacional exentos del peligro, algunos estados son, históricamente más proclives a sufrir indiscriminadas. Los ataques contra objetivos de la sociedad civil tienen, al parecer, la intención de saldar deudas, pero también, infundir miedo y empoderar a los grupos de la delincuencia organizada alrededor del narcotráfico. Lo que antes se llamó ajuste de cuentas cuyas acciones iban dirigidas hacia personajes en particular, ahora se extienden hasta quienes son víctimas aleatorias por estar en el momento y lugar equivocado. Las ráfagas que han acabado con vidas inocentes se llevaron consigo desde niños lactando hasta ancianos de ambos sexos. No existen límites para efectuar las agresiones armadas, éstas pueden ser en espacios abiertos o cerrados; en restaurantes o en plena calle; solo contra las víctimas directas o cuando se encontraban acompañados o había personas aledañas sin deberla ni temerla. Aquí cabe el dicho de que, aunque te quieras quitar te puede llegar, si estás de mala suerte.

                Los delincuentes no tienen ningún respeto o temor a las autoridades policíacas. Las enfrentan a voces, a golpes o a balazos. No hay ninguna distancia. Están al tú por tú, y en muchas ocasiones los delincuentes son superiores en armas, en organización militar y en actitudes agresivas. No existe nada que detenga los ataques armados. Estos se llevan a cabo porque existe el suficiente armamento de cualquier tipo y calibre, ofreciéndose en el mercado negro. Los miembros de las corporaciones policíacas y los militares están expuestos y son el blanco visible ideal para quienes los persiguen. Por el contrario, la delincuencia organizada no es fácilmente identificable y se confunde con la población.

                Ni el Gobierno Federal, ni los estatales o municipales tienen una estrategia definida para controlar esta situación de ingobernabilidad. No existe una cabeza fría que les marque el rumbo e inicien las acciones que logren, al menos, la marca de una raya distintiva. Todo el país es territorio libre para delinquir. Desde los delincuentes de bajo monto, hasta los de altos vuelos, tienen a su beneficio, una estructura judicial, léase jueces, agentes del ministerio público y agentes de investigación que son fácilmente corruptibles y les facilitan la libertad casi inmediata. Las quejas de los agentes policíacos que dicen que ellos los aprehenden y los jueces los liberan, se compensa con los dichos de los jueces que dicen que emiten órdenes de aprehensión que nunca se cumplimentan.

                Lo más grave de esta terrible situación de inseguridad pública es que los ciudadanos ya nos estamos acostumbrando a ella, y que los más terribles homicidios que conocemos, no nos provocan miedo ni nos parecen importantes. Estamos creando una fuerte capa de insensibilidad que se está convirtiendo en un soporte más para que sucedan más hechos sangrientos impunes. Los feminicidios e infanticidios se incrementan a diario y, a veces, culpamos a los caídos. Nos estamos convirtiendo en una sociedad al revés, que nos obliga a respetar lo negativo, despreciando a las víctimas. Vale.                                                  

  

* El autor es Lic. En Economía con Maestría en Asuntos Internacionales por la UABC.

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