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Inclusivitis

Hay temas que abordo con gran placer y otros obligado por las circunstancias. El de hoy es uno que hubiera preferido darle la vuelta y hacer de tripas corazón.

Por Miguel Ángel Lino

Hay temas que abordo con gran placer y otros obligado por las circunstancias. El de hoy es uno que hubiera preferido darle la vuelta y hacer de tripas corazón. Pero la lengua en la que me expreso me pide que me manifieste acerca del llamado lenguaje inclusivo, que por principio espero no cunda y contagie a quienes por ignorancia, rebeldía o mera puntada empiecen a practicarlo.

Suigéneris forma de hablar que existe y seguirá presente en grupos que deben ser respetados; sin embargo, no considero conveniente que sólo “por llevar la contra” se vuelva una epidemia que alegóricamente hoy llamo “inclusivitis”.

“¡Díganme compañere!” Es un reclamo cargado de animosidad sexual. Sin que la causa sea un reclamo en contra del llamado masculino inclusivo: “Todos los ciudadanos mayores de 18 años podrán votar”. ¡Híjole, las mujeres quedaron excluidas!… ¡Para nada! Dicho suposición es absurda.

“Los niños de mi salón son muy inquietos”. Lo que resulta perfectamente normal y alude tanto a los niños como a las niñas entre las que siempre hay unas que parecen chinampinas. ¡Y qué bueno que así sea!

Sé muy bien que no todos -quienes lean esto- van a estar de acuerdo conmigo. Lo que asumo como algo natural. Por principio respeto el derecho que tiene una parte de la comunidad LGTB de hablar y de escribir como le venga en gana. Pero, pedirnos a quienes somos diferentes a ellos (y aquí, por supuesto están incluidas ellas) es una necedad.

En una entrevista reciente, Mario Vargas Llosa se burló del lenguaje inclusivo, actitud que no comparto. Pero dijo algo que considero cierto y oportuno respecto al masculino que impera en nuestra lengua: “Es un camino muy peligroso: desnaturalizar el lenguaje en nombre de un feminismo más entendido”.

A PALABRA DE HOY: INCLUSIVO

Del latín escolástico «inclusivus» que es el participio pasivo de «includêre» que significa incluir, con el sufijo «ivus / ivo» que indica “inclinación o capacidad para estar relacionado”.

Es un adjetivo que significa “el que adjunta, incorpora, introduce o tiene la virtud”. Ahora bien, “inclusivitis” tiene el sufijo “itis” que significa inflamación como en artritis y peritonitis.

DE MI LIBRERO: “EL LENGUAJE INCLUSIVO Y LOS (DES) ACUERDOS DE LA ACADEMIA”.

Extraordinario trabajo monográfico de Adriana Bolívar, chilena y doctora en lingüística, del que cito lo siguiente: “… el lenguaje inclusivo como se concibe actualmente implica una propuesta de cambios que obliga a pensar en el problema desde un perspectiva ideológica, porque el debate va más allá de aceptar el uso de recursos lingüísticos como «todes, todxs o tod@s»

“El término lenguaje inclusivo se usa a menudo como sinónimos de sexismo, pero es evidente que no es únicamente eso… genera acaloradas discusiones en las redes… que producen guías para eliminar el lenguaje sexista… que pone en evidencia las actitudes ante los usos del lenguaje… las desigualdades, la discriminación y la exclusión de ciertos grupo”…

Ante ello y a pesar de que el lenguaje está vivo, creo que no hay que contagiarse sin razón de la inclusivitis.

*- El autor es profesor de Redacción Creativa en Cetys Universidad.

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