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Columnas

De bandidos a detectives privados

La vida en México, como la llamara Salvador Novo, no es sólo actos de gobierno y vida social glamorosa.

Por Gabriel Trujillo

La vida en México, como la llamara Salvador Novo, no es sólo actos de gobierno y vida social glamorosa.

En realidad nunca ha sido el lado bonito sino los rincones oscuros, donde la sangre se derrama por motivos sociales, políticos o económicos.

Todo queda expuesto dentro de esa dimensión atroz que llamamos la lucha por el poder en todas sus vertientes. De esa lucha cruenta surge la narrativa policiaca en nuestro país, se establece como una manera de contar el corazón de las tinieblas de nuestra sociedad desde la nota roja, desde el relato pormenorizado de lo criminal.

Ya en sus mismos orígenes a finales del siglo XIX, en la novela Los bandidos de Río Frío, se vislumbran dos vertientes por las que irá transcurriendo este género literario entre nosotros: el crimen que escandaliza a la sociedad y por el cual todo mundo quiere conocer hasta el mínimo detalles por más sangriento que éste sea; y el contubernio (la conciencia conspiratoria del público lector, que descree siempre de la versión de las autoridades) entre los delincuentes y ciertas figuras del poder en turno.

Ya el escritor Federico Campbell dijo alguna vez que todo crimen en México es crimen de estado, que si uno sigue sus huellas éstas siempre terminan en alguna oficina de gobierno.

Si la nota roja es el verdadero espíritu que anima a la narrativa policiaca de nuestro país, es necesario ubicar a la novela de la revolución mexicana como parte de este género: desde las novelas de Mariano Azuela, Francisco L. Urquizo y Martín Luis Guzmán hasta las memorias de campaña de muchos de sus espectadores y protagonistas, estamos ante relatos que cuentan, con todos los detalles, el desfile interminable de batallas, escaramuzas, traiciones y venganzas que conforman un cuadro tremendista de una gesta que fue a la vez heroica y homicida.

Pero si la novela de la revolución mexicana es una tendencia épica de la criminalidad impune (piénsese en el asesinato de Madero y Pino Suárez en un callejón oscuro o la emboscada a Zapata en una hacienda como episodios que aún siguen pesando en la memoria nacional), también hay que señalar que esta narrativa va pasando, conforme transcurre el siglo XX y se consolida el régimen revolucionario hasta parecer una copia del porfiriato, del periodismo de nota roja al campo de la invención literaria y, al hacerlo, sus autores son influenciados por las estrategias de presentación del caso, cabos sueltos, suspenso en aumento y revelación final que pusieron en boga los escritores anglosajones, especialmente Arthur Conan Doyle con su Sherlock Holmes y Agatha Christie con Miss Marple y Hércules Poirot, donde el crimen en sí es menos importante que el investigador que deduce no sólo el cómo sucedió, sino que expone los motivos que tuvo el perpetrador del mismo para cometerlo, como si la trama fuera un rompecabezas para armar a la vista de sus lectores.

En tal sentido, la narrativa policiaca mexicana de este periodo (1889-1969) parece ir un paso atrás de las tendencias prevalecientes en el mundo literario anglosajón, o asume el género con ligereza y humor, como una farsa o una parodia, donde el detective nacional es más una caricatura que un personaje verosímil, con existencia propia, con contradicciones inherentes a su labor como deshacedor de entuertos. El detective mexicano es sólo una copia burda del prívate eye anglosajón.

De esta manera, tenemos autores que narran casos estremecedores con personajes que deducen toda la verdad siguiendo los manierismos y excentricidades de Sherlock Holmes y que lo siguen haciendo, hacia mediados del siglo XX, cuando ya el género policiaco estadounidense había cambiado por completo las reglas de esta narrativa a nivel mundial, al crear relatos de gran crudeza verbal y en los cuales ya las líneas divisorias entre lo legal y lo ilegal se habían borrado hasta hacer irreconocibles a héroes y villanos, a representantes de la ley y criminales irredentos.

Pero el detective privado, que tiene que andar entre bandidos para encontrar la pista del caso en que trabaja, se mantiene como un factor de riesgo para el poder en turno. Como el periodista que investiga corrupciones en las esferas de la vida política y de los negocios, el detective mexicano, conforme transcurre el siglo XX y hasta nuestros días, sigue siendo el gran cuestionador de la versión oficial de los hechos, el gran preguntón sobre la clase de sociedad que somos. He ahí su valor como personaje literario, como conciencia social.

* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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