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Abelardo L. Rodríguez: educador nato

Hablar de educación en nuestra entidad es destacar la figura del general Abelardo L. Rodríguez, quien gobernó el Distrito Norte de la Baja California de 1923 a 1929.

Por Gabriel Trujillo

Hablar de educación en nuestra entidad es destacar la figura del general Abelardo L. Rodríguez, quien gobernó el Distrito Norte de la Baja California de 1923 a 1929.

En su gobierno se construyó el Mercado Municipal, el Teatro Municipal, la Biblioteca Pública y el Palacio Municipal, y se multiplicaron las escuelas. Rodríguez dio un gran impulso a la educación y, como él mismo lo dice en su Memoria administrativa del gobierno del Distrito Norte de la Baja California 1924-1927 (1928), uno de los proyectos más reveladores del progreso educativo durante su administración fue: “La primera exposición organizada por las escuelas primarias del valle de Mexicali, en los meses de mayo y junio de 1927.

La mencionada exposición o feria escolar se verificó en los amplios salones de la Escuela Superior Leona Vicario, de Mexicali”. En esta exposición escolar se “exhibieron 1,988 piezas seleccionadas, principalmente en trabajos de dibujo de distintas especies, siluetas en recorte, modelado en plastilina, cerámica, cestería de mimbre e imitación, juguetería de madera, de tela, de cartulina, de cartón, de lámina, de pluma y de vaqueta, muebles rústicos, objetos femeninos de ornato, cordelería, bordado y tejidos a mano y en máquina, etc”.

Durante el tiempo de su apertura, la feria tuvo 2,049 asistentes. Todo lo anterior demuestra que el gobierno de Abelardo L. Rodríguez buscaba, en lo educativo, presentar ante la sociedad bajacaliforniana, “los mejores trabajos manuales y de pequeñas industrias, realizados por los alumnos de los distintos grados de las 25 escuelas del valle.

Dicha feria constituyó un magnífico estímulo para las escuelas y para el público; pues si las primeras se sintieron satisfechas por el aprecio que los padres de familia y la sociedad en general dieron a sus esfuerzos, el segundo tuvo la oportunidad de palpar en los trabajos infantiles el adelanto educativo de la niñez”.

Pero hubo algo más que artesanías escolares. Rodríguez también impulsó una visión revolucionaria en su apertura al mundo moderno, en su aceptación del progreso en el ámbito educativo. Los programas escolares se diversifican en actividades culturales, artísticas y deportivas. 

Y esto va a seguir en la década de los años treinta del siglo XX. Lo podemos ver en el Reglamento general de Educación (1933) del gobierno del Territorio Norte de la Baja California, donde se establece que dentro del programa general de las escuelas nocturnas para adultos, junto con la Lengua Nacional, el Canto y orfeones, se impartirá la enseñanza del dibujo de aplicación a las artes y a la industria. Esto es: se ofrece una educación para el trabajo, para la empresa, para el desarrollo social desde el conocimiento individual. No es una concesión más: es el advenimiento de una nueva visión educativa que quiere ciudadanos que no sólo sirvan para el trabajo sino que encaucen sus impulsos creativos para ofrecerle a la Revolución Mexicana sus cantos, sus poemas, su música, sus danzas.

Es la aparición del nacionalismo revolucionario que mucho toma del

nacionalismo liberal del porfiriato, pero que asume el progreso no como una

simple eficacia administrativa y productiva sino como un programa de justicia

social, donde la educación sirva para liberarse de antiguas creencias y

prejuicios en un mundo abocado a la modernidad más trepidante.

No olvidemos que, por ser frontera, Baja California es espectadora de primera fila de los locos años veinte del siglo XX en lo mundial y de la era de los casinos en lo regional, con su idea de que cada quien crea sus oportunidades para mejorar, de que cada ser humano es una aventura en camino, una apuesta en la ruleta de la vida. Ahí que la labor educativa a la mexicana debe enfrentarse con el mundo globalizado de aquella época, con las influencias culturales que llegan, como ráfagas de viento, para trastornar la vida comunitaria de las poblaciones fronterizas con sus novedades culturales, con sus nuevas formas de convivencia entre profesores y alumnos, con sus anhelos de darle educación por igual a niños y niñas. No un coto cerrado sino una plaza pública donde todos están a la vista de todos.

Abelardo Rodríguez, como gobernante de Baja California, hará una labor encomiable por la educación de la niñez de la entidad. Y lo hará para ir formando a las nuevas generaciones con ideales ya no conservadores sino revolucionarios, pero donde antes que las armas, el conocimiento, la productividad y los negocios eran imprescindibles para el progreso de la región, eran motores de cambio político y social.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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