No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas PÓSTIGO

Póstigo

Por Antonio Medina de Anda

Delincuencia e impunidad Durante el movimiento estudiantil de 1968, las redadas capitaneadas de parte del inquisidor aparato judicial-represivo hacia dirigentes y activistas opositores a la casta priista aplicó, como pocas veces, sanciones a cual más de aberrantes en base a un diversificado menú de mentiras y acusaciones que sin dar tregua persiguieron, ficharon, torturaron y recluyeron a reales o supuestos “enemigos de las instituciones” mismos que intimidados por ministerios públicos, jueces, policías y falsos declarantes las víctimas quedaban indefensas sin otra prueba salvo la obsequiada por verdugos inclinados a obedecer la consigna recibida. Durante la tenaz represión de Díaz Ordaz y secuaces preferidos (Luis Echeverría entre ellos) retoñó el siguiente relato –mitad verdad, mitad sarcasmo– respecto a un par de “agitadores” redactores de los impresos, críticos al supremo gobierno. Capturados los sospechosos y confirmadas sus carencias para escribir de todas formas fueron encarcelados: uno incriminado de hurtar un monedero que corriendo dejó en manos de su compinche y, aquel, por ocultar el botín. Lo grotesco del estremecedor episodio consistió, no obstante, en que el trotador estaba privado de piernas mientras, su cómplice, carecía de brazos: Demoledora justicia a la mexicana. Inequívocamente pasajes del temperamento antes citado son poca cosa si se equiparan con otros, que dados los agravios perpetrados, arrojan quebrantos sociales o económicos desmesurados porque la corrupción pública y privada, sin excepción, es instigada por la impunidad que sesga, niega u omite la aplicación de la norma legal que acrecienta los actos delincuenciales a la par de hacerlos más frecuente, peor atrevidos y en suma insaciables. Robar, extorsionar, desviar, adulterar, derrochar o borrar huellas del dinero y bienes propiedad de quienes merced a su trabajo aportan tales recursos deberá ser, sin pizca de vacilación, duramente condenado y castigado, de lo contrario el círculo vicioso corrupción-impunidad-corrupción continuará desatado y, en consecuencia, mayormente ostentosos y retadores al estilo y talante de la célebre Rosario Robles Berlanga, creadora, inspiradora de la novedosa granujada denominada “dispersión” (dinero repartido aquí y allá) sustraído del presupuesto asignado a la salinista secretaria para, traslados en costales, desparramarlos en empresas o cuentas bancarias fantasmas que, todavía más criminal, son millones de pesos arrancados a programas de asistencia para los más pobres y necesitados. Precisamente si algo mantiene indignados a los mexicanos es la inmoralidad pública y privada pero, sobre todo, la perdonada impunidad que ha sido del todo piadosa tratándose de famosos aunque despiadada con los olvidados, pues si dichos peces gordos valen su peso en oro los enflaquecidos, en tanto, la mitad de un cacahuate. De manera que esa hiriente distinción encarna, ya, la precisión o extravió del nuevo régimen frente al pasado, presente y futuro toda vez que la impunidad en lo interior y exterior (carácter intrínseco y extrínseco) tácitamente niega o afirma la existencia del estado de derecho. Para exterminar la cantidad y calidad de la corrupción la escalera debe barrerse de arriba hacia abajo y viceversa pues el borrón y cuenta nueva, cacería de brujas o chivo expiatorio solo alientan la impunidad… * El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.

Comentarios