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Columnas MIRADOR

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Oí un relato, seguramente apócrifo, acerca de cierto mocetón rural que iba a casar con una chica citadina. El padre del muchacho recelaba de la virginidad de su futura nuera. Si en el rancho no eran pocas las novias que llegaban al matrimonio ya caladas, en la ciudad tal caso era más frecuente aún. Le dio entonces al mancebo un singular consejo: –Lleve m'hijo a la noche de bodas un sombrero charro, unos botecitos de pintura y un pincel. Antes de presentarse al natural ante su novia píntese en el baño un compañón de color verde con rayitas rojas, y el otro anaranjado con pintitas de color azul. Si al verlo ya sin ropa la muchacha le pregunta: "¿Por qué los tienes así?", eso querrá decir que ya no es inocente, pues habrá visto otros. Entonces agárrela a sombrerazos. Las noches de bodas son origen de muchos cuentos. La mayoría son apócrifos. Éste, vuelvo a decirlo, seguramente lo es. ¡Hasta mañana!...

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