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Columnas Cada quien sus muertos

Camelot

"Somos lo que hacemos" Víctor Hugo fue mi primer amigo ausente, no entendí el significado de su partida hasta que algunos años después descubrí con pesar que ya no recordaba ni su cara ni su voz; tengo presente que en su momento quise acercarme a su ataúd pero no pude, desde entonces rara vez he podido superar estar sólo un par de minutos en una funeraria, me resulta incomprensible entender la absurda necesidad de la gente por abrazar a los deudos, de terminar diciendo palabras comunes cuando lo que uno más quiere en esos momentos es estar con sus muertos, con nadie más. Cuando David Felipe, poeta y maestro como el que más, nos dejó la madrugada de un domingo poco tiempo después de cumplir 42 años comprendí lo que es llorar una pérdida brindando con tequila y cantando hondo, hoy, muchos años después no puedo evitar pensar que algún día volveremos a recitar, junto con mi madre y Marco Antonio, los versos más hermosos para con un buen trago volver a brindar. La muerte de mi abuela Natalia me hizo entender no sólo el significado de lo que es morir con dignidad sino también descubrir lo que es el verdadero amor, cuando Jorge su niño, sabiendo el día que moriría, le dijo adiós a quien no quiere ver sufrir más, sin importarle más su pérdida. Pasaron los años y descubrí lo pésimo que soy para dar malas noticias cuando le tuve que decir a papá, que el suyo, Ito, había muerto de un infarto fulminante, eso sí, en su casa y justo después de haber recibido, como cada día, la comunión. El 29 de diciembre de 1993 mi hermana Zarina vio caminar a papá de la mano de Monseñor Güizar y Valencia en la acera de la calle Lerdo, justo afuera del Seguro Social, dando cuenta que ello era posible solo a manera de despedida; al llegar al piso de terapia intensiva mamá les comunicó que papá se había ido apenas unos minutos antes. La muerte de Pancho Méndez, hermano por elección, me escupió en la cara que a los 40 años cumplidos los iguales pueden morirse al igual que uno, dejándonos no sólo en la orfandad de su compañía, sino presas del puto cáncer cabrón, ese que no perdona ni edad, sexo o clase alguna. La fragilidad de la condición humana nos hace susceptibles al dolor, pero aún con ello hay dolores con duelen más que otros, lo mismo pasa con nuestros muertos, no todos nos duelen igual, hasta en ello no tenemos democracia. La muerte de Emiliano, mi niño, me sorprendió dormido, pinche muerte cobarde, llegó cuando no pude más y en esos cinco minutos poco le importó que él estuviera en mis brazos, se lo llevó sin hacer ruido y dejándole a él la sonrisa más grande posible, no se vale, por eso le tengo rencor, por traicionera y mala cara. Llegó la muerte de Toño Cueva y poco tiempo después tocó de la manera más cobarde la casa del tío Gustavo, en mala hora él le abrió la puerta, en su caso la muerte no sólo fue estúpida sino cobarde. Espero caerle tan mal como ella a mí, deseo fervientemente que se aleje de los míos por muchos años; espero que sepa que en mi casa, como en la suya, no es bien recibida. El autor es empresario, ex dirigente de la Coparmex Mexicali.

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