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Los romanos inventaron la calefacción por suelo radiante hace 2,000 años con un sistema de aire caliente circulando bajo el piso que calentaba palacios, baños públicos y cuarteles militares en pleno invierno europeo y que hoy se comercializa como tecnología de lujo en las casas más modernas del mundo sin que casi nadie sepa que ya existía en la antigüedad

El hipocausto romano resolvió hace dos milenios el mismo problema que enfrentan hoy los arquitectos de alta gama: calentar un espacio de forma uniforme, eficiente y sin fuentes de calor visibles

Los romanos inventaron la calefacción por suelo radiante hace 2,000 años con un sistema de aire caliente circulando bajo el piso que calentaba palacios, baños públicos y cuarteles militares en pleno invierno europeo y que hoy se comercializa como tecnología de lujo en las casas más modernas del mundo sin que casi nadie sepa que ya existía en la antigüedad

Cuando hoy un desarrollador inmobiliario anuncia un departamento con “piso radiante” como argumento de venta premium, está describiendo, casi sin saberlo, una tecnología que los romanos ya dominaban en el siglo I antes de Cristo. No como experimento ni como privilegio de unos pocos, sino como infraestructura estándar en baños públicos, villas privadas y edificios militares a lo largo de todo el imperio.

El hipocausto, cuyo nombre viene del griego y significa literalmente “calor desde abajo”, fue uno de los sistemas de climatización más ingeniosos de la antigüedad. Y su principio de funcionamiento es tan sólido que dos mil años de historia no encontraron una razón real para mejorarlo.

¿Cómo funcionaba exactamente?

El sistema era elegante en su simplicidad. El piso de la habitación no descansaba directamente sobre el suelo. Lo sostenían columnas pequeñas de ladrillo o piedra, llamadas pilae, de entre 60 centímetros y un metro de altura, que creaban una cámara de aire vacía entre el subsuelo y la superficie habitable.

En un extremo del edificio había un horno, el praefurnium, alimentado con leña de forma continua. El aire caliente generado por ese horno circulaba libremente por la cámara inferior, calentando las columnas, el piso y las paredes desde abajo y desde los costados, a través de conductos integrados en la mampostería. El calor subía de forma uniforme, sin corrientes de aire frío, sin humo visible en el interior y sin una fuente de calor que ocupara espacio dentro de la habitación.

El resultado era exactamente lo que hoy promete cualquier sistema moderno de climatización radiante: temperatura homogénea en todo el espacio, confort térmico desde el nivel del piso y ausencia total de los elementos incómodos de la calefacción convencional.

¿Quién lo usaba y dónde?

El hipocausto no era un privilegio exclusivo de la élite, aunque las villas privadas más lujosas lo integraban en prácticamente todas sus habitaciones. Su uso más extendido y documentado fue en las thermae, los baños públicos romanos que existían en casi todas las ciudades del imperio.

En esos complejos, el sistema no solo calentaba el piso. Regulaba la temperatura de distintas salas según su función: el frigidarium, de agua fría, el tepidarium, de temperatura templada, y el caldarium, la sala más caliente, donde el hipocausto trabajaba a máxima potencia. Los usuarios pasaban de una zona a otra como en un spa moderno, y la tecnología debajo del piso era lo que hacía posible esa diferenciación térmica en un mismo edificio.

Las legiones que operaban en los climas fríos del norte de Europa, en las provincias que hoy corresponden a Inglaterra, Alemania y los Balcanes, llevaron el hipocausto consigo como parte estándar de la construcción de sus campamentos permanentes. Excavar un cuartel romano en cualquier punto de la antigua frontera imperial y encontrar los restos de un sistema de calefacción subterránea es algo que los arqueólogos ya dan por descontado.

Lo que desapareció con Roma

Cuando el Imperio romano colapsó en Occidente durante el siglo V, el hipocausto desapareció con él. No porque alguien lo prohibiera ni porque surgiera una tecnología mejor. Simplemente porque la capacidad organizativa y técnica para construirlo y mantenerlo se disolvió junto con las instituciones que lo hacían posible.

Durante casi mil años, Europa se calentó con chimeneas, braseros y el calor corporal de personas y animales compartiendo espacios cerrados. La calefacción eficiente, uniforme e invisible que Roma había normalizado tardó más de un milenio en volver.

Hoy, cuando un arquitecto presenta el suelo radiante como innovación, está redescubriendo una solución que alguien ya resolvió bajo los pies de un legionario romano en pleno invierno germánico. La diferencia es que ahora viene con catálogo y precio por metro cuadrado.

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