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Caminatas de otoño

Entrábamos por el muy tradicional y pintoresco barrio del Ranchito y seguíamos la marcha hasta encontrar un taxi que nos llevara rumbo a El Centenario, donde vivíamos algunos; compartíamos el costo del viaje, muy barato en aquellos días.

En aquella lejana adolescencia la llegada de octubre marcaba el inicio del tiempo en que podíamos salir de excursión a los alrededores de Hermosillo. En el verano a veces podía soplar una brisa reconfortante que nos permitía el sueño al aire libre, pero con más frecuencia nos podía tocar una noche de esas que el mercurio no baja de los 35©C, hasta muy entrada la madrugada.

Ya a mediados de octubre parecía más confiable la meteorología: Las noches serían lo suficientemente frescas como para conciliar el sueño sin problemas. Si a eso añadíamos que las dificultades que más nos preocupan consistían en no bajar de ocho en los frecuentes exámenes escolares, y descubrir una manera eficiente de conocer y tratar a las chicas del barrio sin sentir que estábamos haciendo el ridículo, la verdad es que teníamos pocos obstáculos para el buen dormir.

Era un tiempo que aprovechábamos para organizar pequeñas excursiones a las campiñas vecinas. Formábamos parte de una tropa de scouts; había solo dos en la ciudad, la primera tenía como Local la estación de bomberos, allá por la calle Nuevo León; nosotros teníamos un sitio de reunión, que no Local, en la colonia San Juan, en casa de un muy buen sacerdote, el padre Hermenegildo Rangel, un personaje extremadamente humano que siempre parecía estar de buen humor. A alguna administración municipal pasada se le ocurrió homenajearlo poniendo su nombre a una calle en la Colonia 5 de Mayo; pero por alguna extraña razón, quizá simplemente ignorancia, la llamaron calle Fray Hermenegildo Rangel Lugo, cuando no pertenecía a orden conventual alguna, era presbítero de la diócesis de Hermosillo, nunca fraile. Pero así quedó su nombre, como para imaginarlo ataviado con hábito o sayal: No se hubiera visto mal.

El caso es que, con los debidos permisos familiares, nos reuníamos en la residencia del padre Rangel, cargados con mochilas, tendidos, y algunas provisiones, para salir hacia el Sureste, cruzar el lecho del Río Sonora, siempre seco, y tras una breve caminata arribar a La Sauceda, en aquel tiempo un risueño laguito rodeado de sauces llorones donde tomábamos un rápido chapuzón y seguíamos el rumbo a la cortina de la presa Abelardo L. Rodríguez. Ahí cruzábamos las vías del ferrocarril y bajábamos al vaso de la presa. Comenzaba la excursión planeada: La idea era rodear todo el embalse desde el extremo sur hasta la ribera norte también a lado de las vías. Era una caminata de varias horas que incluía pernoctar cerca de La Mesa del Seri, al raso de las estrellas, para continuar temprano el siguiente día y llegar a la ciudad alrededor del mediodía.

Entrábamos por el muy tradicional y pintoresco barrio del Ranchito y seguíamos la marcha hasta encontrar un taxi que nos llevara rumbo a El Centenario, donde vivíamos algunos; compartíamos el costo del viaje, muy barato en aquellos días.

Otra excursión no complicada consistía en salir el sábado del Centenario o la Plaza Zaragoza, y tomar rumbo al Poniente, hasta cruzar una calle polvorienta que luego sería la Reforma; seguir hasta cruzar la casona de los Suguich y tomar la brecha junto a la acequia hasta llegar, no muy lejos, a las ruinas de la capilla de San Antonio.

Seguíamos al Poniente rumbo al Hueyparín entre huertas de naranjos, y cruzábamos hasta un ranchito donde tenían un lobo enjaulado, especie animal que nunca habíamos visto, y que nos decía habían capturado en algún paraje de la sierra alta. Ahí nos deteníamos un rato frente a aquella bestia mítica y la compadecíamos porque su jaula era diminuta y apenas podía moverse en su cautiverio.

Pasábamos la noche en un paraje conocido, cerca de un caserío, al lado de dos tumbas con loza de granito que nos brindaban protección.

Desde ahí contemplábamos el firmamento, observábamos la Vía Láctea, y reconocíamos algunos planetas y varias constelaciones.

Esas noches estrelladas permanecen en mi memoria y mis nostalgias… “Desciende en México la tasa

de natalidad”.

En estos tiempos canijos las parejas, sin procrear, son padres, en su lugar,

de perrijos y gatijos.

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