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Pasos en la azotea

Resulta interesante comprobar el derrumbe del mandatario de los Estados Unidos en las encuestas de opinión sobre su Gobierno, su capacidad y su respaldo entre los estadounidenses.

Ernesto  Camou

Batarete

Resulta interesante comprobar el derrumbe del mandatario de los Estados Unidos en las encuestas de opinión sobre su Gobierno, su capacidad y su respaldo entre los estadounidenses. Los sondeos sitúan su popularidad, su desempeño, su liderazgo y otras variables de su régimen, generalmente por debajo del 40% de aprobación, algunas ya muy cercanas al 30%. Una verdadera debacle.

Si tales estadísticas son correctas se puede deducir que los republicanos se están dividiendo frente al Presidente anaranjado: No se podría alcanzar tan bajo nivel sin la inclusión de una fracción republicana, probablemente asustada de la frivolidad de su Presidente que toma decisiones simplemente porque se le ocurrió en altas horas de la madrugada.

Desde el inicio de su segundo periodo Trump había gozado de un apoyo incondicional de su base republicana, dispuesta a perdonarle cualquier arrebato, o incluso fechoría, con tal que vapuleara a sus rivales políticos. En ese ambiente polarizado la mayoría apoyó a Trump aun cuando hubiera recibido una condena penal -que se la perdonaron al ganar las elecciones-, por 34 felonías comprobadas; ni que haya perdido un juicio que lo obligó a pagar varios millones de dólares a una mujer a la que violó. Tampoco que su nombre aparezca constantemente en los archivos de un depredador sexual, Epstein, sustentando las sospechas de que el mismo Donald participaba en una red de trata de adolescentes.

Es impresionante constatar cómo varios millones de electores eligieron hacer caso omiso de una historia de conductas no digamos inapropiadas, sino hasta delictivas, una real ineptitud para manejar negocios, su historial comprende cinco o seis empresas que llevó a la quiebra, y a eso habría que añadir una incapacidad casi congénita para decir la verdad. El tipo es un mentiroso compulsivo, y además no tiene reparo en falsear sus dichos a pesar de que resulte evidente su engaño. Decían del presidente Lyndon Johnson que era tan torcido que, si podía hacer algo por las buenas o de mala manera, elegía consistentemente el truco sobre lo trasparente. Pues en el caso del Donald todo apunta a que eligió vivir en una burbuja de mentiras que le permite, casi, engañarse a sí mismo y embaucar a muchísimos de sus seguidores.

Si alguien tuviera la curiosidad, o inquietud, de investigar en la vida del sujeto, desde su temprana infancia, seguramente descubriría que en algún momento eligió construir una existencia de mentiras para justificarse, o avanzar sobre los demás, defraudarlos y construir una reputación sustentada más en sus farsas que en su desempeño. Tuvo la ventaja de heredar una fortuna, no demasiado bien habida había que reconocer, que le permitió incursionar en los negocios inmobiliarios desde una posición cómoda, que no estuvo exenta de tropiezos y quiebras, algunas más frecuentes de lo que un titán de las finanzas admitiría.

Tal parece que el negocio más fructífero a que se ha dedicado es la política: Hay la sospecha de que previamente a decisiones suyas de apoyo a iniciativas orientadas a empujar sectores de la economía, él en lo personal, minutos antes de apuntalar a tal o cual diligencia, invertía en la compra de acciones de empresas que sabía que iban a beneficiarse con su decisión. De esa manera logró ganar, en los menos de 20 meses de su Gobierno, varios billones de dólares; se rumora que ha dedicado más tiempo a generar ganancias para él y su familia, que a gobernar. Un caso claro de enriquecimiento muy explicable.

Ahora está perdiendo apoyo entre sus coterráneos y desde varias direcciones se está investigando su conducta muy poco cuidadosa, que intenta ocultar con muy evidentes embustes.

Está escuchando pasos en la azotea: Pierde sustento político entre la ciudadanía, se escudriñan sus maniobras económicas poco hacendosas, se sustentas acusaciones, no pocas y graves... El juicio político puede estar a la vuelta de unos meses, y luego la destitución y... ¿la cárcel? Difícil, pero puede merecerla.

Ernesto Camou Healy

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