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Construí la persona que quería ser, para esconder quién era

Hace tiempo, un terapeuta me hizo una pregunta difícil: “¿Qué es lo que más temes que los demás descubran sobre ti?”.

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

Sin que él supiera, en el gimnasio le decíamos Narciso.

Llegaba apenas abrían y antes de saludar ya estaba arriba de la balanza. Sabía cuánto pesaba ese día, cuánto había pesado el anterior y cuántos milímetros había ganado o perdido cada parte de su cuerpo.

Para él no existía entrenar por entrenar. Existían la hipertrofia y el porcentaje de grasa corporal. Terminaba una serie y se iba al espejo. Expansión dorsal, de bíceps, trababa el abdomen y apretaba sus músculos hasta ponerse rojo. Buscaba la mejor luz y sacaba fotos que comparaba con las de la semana anterior.

Hablaba de la pechuga de pollo como mejor fuente de proteína magra. Sabía el porcentaje proteico, graso, y de carbohidratos de cada alimento. Pesaba todo con una rigurosidad propia de un científico.

Tenía uno de esos cuerpos que hacen que los demás se den vuelta a verlo. Sin embargo, nunca parecía contento. Siempre faltaba algo. Más músculo, menos grasa, más definición. Como si estuviera persiguiendo un cuerpo al que nunca terminaba de llegar.

Hasta que un día quiso levantar más peso del que su cuerpo estaba dispuesto a soportar y se lesionó.

El médico fue terminante: “Tienes que parar”.

Lo que para cualquiera de nosotros hubiera sido un contratiempo, para él fue una catástrofe. A los pocos días ya estaba buscando ejercicios alternativos, probando posiciones, diferentes máquinas, distintos agarres. Movimientos que no le dolieran. Le preguntaba al kinesiólogo cuánto músculo podía perder, cuánto tardaría en recuperarlo y si podía entrenar alrededor de la lesión. Si existía alguna manera de no parar del todo, porque “no es bueno estar parado”.

Un día, mientras hacía uno de sus ejercicios de rehabilitación, empezó a contarme algo de la primaria. No sé bien cómo llegamos al tema, pero me confesó que en el colegio lo burlaban. Era gordito y nadie lo elegía en sus equipos para jugar a la pelota ni a nada. Con dolor me contó lo vergüenza que le daba sacarse la camiseta en el vestuario.

Habían pasado más de 30 años, pero mientras lo escuchaba tuve la sensación de que ese chico seguía ahí. No había desaparecido, sólo había quedado enterrado debajo de capas y más capas de músculo.

Pensé que nosotros le decíamos Narciso porque creíamos que estaba enamorado de su cuerpo cuando en realidad era al revés. Sólo había gastado buena parte de su vida en protegerse de esa vergüenza intensa que había sentido cuando era niño. No estaba construyendo músculos, sino más bien una armadura que durante años funcionó bien.

Pero una lesión expuso el sistema que con tanto esfuerzo había construido y seguía sosteniendo. Mientras pensaba esto fue inevitable reflexionar sobre mí mismo. Quizás, aunque no levantara tantas pesas ni contara los gramos de proteínas, fuera muy diferente a él.

Trabajamos hasta no poder más, compramos cosas que no necesitamos, tomamos, comemos de más, nos llenamos la agenda, “scrolleamos” una pantalla hasta las dos de la mañana aunque sepamos que al día siguiente vamos a estar destruidos.

Y la pregunta es: ¿Qué pasaría si paráramos?

Porque quizás el problema no sea solamente aquello que hacemos compulsivamente sino lo que aparece cuando dejamos de hacerlo.

Nos contamos que somos disciplinados, ambiciosos, que nos gusta cuidarnos, que necesitamos desconectar. Que “somos así”. Y muchas veces es verdad. Pero hay una frontera difícil de ver: El momento en que algo que elegíamos empieza a elegir por nosotros.

Hace tiempo, un terapeuta me hizo una pregunta difícil: “¿Qué es lo que más temes que los demás descubran sobre ti?”.

No me preguntó cuál era mi peor defecto, sino qué necesitaba esconder. Porque muchas veces pasamos buena parte de nuestra vida construyendo una versión de nosotros mismos que mantenga eso fuera de la mirada de los demás. Y, aunque nos cueste aceptarlo, también fuera de la nuestra.

Narciso había conseguido que nadie volviera a ver al chico del que se reían en el colegio. Pero había conseguido algo todavía más impresionante: Él tampoco tenía que verlo, hasta que su cuerpo dijo basta. Y por primera vez en muchos años tuvo que detenerse frente a un espejo. No el del gimnasio, sino el que reflejaba lo que llevaba adentro.

Quizá por eso, cuando una conducta se vuelve imposible de abandonar, la pregunta no debería ser solamente “¿Cómo hago para dejar de hacer esto?”. Sino otra, bastante más difícil: “Si dejo de hacerlo, ¿con qué parte de mí voy a tener que encontrarme?”.

Juan Tonelli

Escritor y conferencista

Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.

www.youtube.com/juantonelli

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