El corazón en modo avión
Durante mucho tiempo admiré a las personas que parecían atravesar los golpes de la vida sin quebrarse, las que soportaban pérdidas, decepciones o traiciones con una entereza que yo confundía con fortaleza.

Historias demasiado humanas
“La verdad... no siento nada”.
Lo dijo con una serenidad que no terminaba de convencerme. Hacía un par de semanas que se había separado después de muchos años de convivencia y hablaba de todo con una calma casi quirúrgica, en un tono plano, como si alguien hubiera bajado el volumen de todas sus emociones al mismo tiempo.
Mientras lo escuchaba, me sorprendí haciéndome una pregunta: ¿Realmente había dejado de sentir o, en realidad, había perdido contacto con aquello que seguía sintiendo?
Durante mucho tiempo admiré a las personas que parecían atravesar los golpes de la vida sin quebrarse, las que soportaban pérdidas, decepciones o traiciones con una entereza que yo confundía con fortaleza. Con los años empecé a sospechar que, en muchos casos, no se habían endurecido. Habían aprendido algo mucho más complejo: Sesconectarse de una parte de sí mismas para poder seguir adelante.
Nadie nace desconectado de sus emociones. Aprendemos a hacerlo. Hay personas que descubren muy temprano que llorar no sirve porque nadie las consuela. Otras entienden que expresar miedo o tristeza provoca burlas, críticas o indiferencia. Algunas crecieron en hogares donde cualquier emoción terminaba convirtiéndose en un problema y aprendieron que la forma más segura de sobrevivir era sentir cada vez menos.
Nunca es una decisión consciente; es una adaptación extraordinariamente inteligente.
Cuando una experiencia duele demasiado y no encontramos un lugar donde ese dolor pueda ser recibido, el organismo hace lo que mejor sabe hacer: Proteger. Construye una forma de aislamiento emocional que permite seguir funcionando sin derrumbarse.
El problema aparece cuando aquello que un día nos salvó continúa actuando muchos años después de que el peligro terminó. Entonces empezamos a confundir insensibilidad con fortaleza.
Decimos que ya nada nos afecta, que aprendimos a no depender de nadie o que preferimos no ilusionarnos para no volver a sufrir. Creemos que construimos una coraza, cuando en realidad levantamos un muro incapaz de distinguir entre lo que amenaza y lo que también podría hacernos bien.
Porque las emociones no suelen venir por separado. Cuando anestesiamos el dolor, también disminuye nuestra capacidad de emocionarnos con un abrazo, disfrutar una conversación, entusiasmarnos con un proyecto o enamorarnos sin calcular cada paso.
Pagamos un precio altísimo por sentir menos. Y, paradójicamente, el dolor tampoco desaparece.
La tristeza que no reconocemos se convierte en cansancio persistente. El miedo aparece disfrazado de necesidad de control. La angustia se transforma en irritabilidad. El vacío intenta llenarse con trabajo, pantallas, comida, alcohol o cualquier cosa que nos mantenga ocupados el tiempo suficiente como para no escucharnos demasiado.
Creemos que dejamos de sentir, cuando en realidad dejamos de reconocer lo que sentimos. Pero la vida tiene una curiosa manera de recordarnos aquello que intentamos guardar lejos de nosotros. Lo hace a través del cuerpo, de los vínculos, del insomnio o de esa sensación persistente de que algo importante quedó desconectado.
Con el tiempo entendí que el problema no era que mi amigo hubiera dejado de sentir. Lo que había ocurrido era algo mucho más silencioso: Había aprendido, quién sabe cuándo, que para no volver a sufrir convenía bajar el volumen de todo. Y el cuerpo, extraordinariamente inteligente cuando necesita sobrevivir, hizo exactamente eso.
Sólo que los mecanismos que un día nos salvan no siempre saben retirarse cuando el peligro termina.
Es como una casa que, durante un invierno especialmente duro, cerró todas las ventanas para conservar el calor. La decisión fue acertada: Afuera había frío, viento y tormenta. Mantenerlas cerradas permitió atravesar esa estación sin quebrarse. El problema apareció después. El invierno pasó, llegaron los primeros días tibios, los árboles volvieron a florecer, pero las ventanas nunca volvieron a abrirse. La casa siguió protegida. Y también dejó de entrar el aire.
La buena noticia es que las ventanas casi nunca se rompen para siempre. A veces basta con descubrir que el invierno terminó y animarse, poco a poco, a volver a abrirlas.
Porque sólo así pueden entrar otra vez el aire, la luz y todo aquello que hace que una casa vuelva a ser vivible.
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