La tregua del Mundial
Hoy, gracias a la Copa del Mundo, el mundo se ha dado un respiro. Evidentemente, el dolor y las conflagraciones siguen. Pero la pelota ha vuelto a ofrecer algo que sólo la pelota puede ofrecer: Un vistazo a otra humanidad posible.

Epicentro
En la Grecia antigua, los Juegos Olímpicos ocurrían bajo una gran tregua llamada ekecheiria. No implicaba el cese de todas las hostilidades ni una súbita paz en el extraordinario, pero explosivo, mundo helénico. Sí suponía, en cambio, una pausa sagrada en honor al espíritu del encuentro. La tregua servía para garantizar el tránsito seguro de atletas, peregrinos y espectadores hacia Olimpia. Era una idea poderosa y ejemplar: Durante los Juegos, las ciudades podían seguir siendo rivales, incluso enemigas, pero por encima de ellas existía una pertenencia común que merecía ser honrada: La identidad panhelénica.
Miles de años después, tenemos nuestros propios Juegos Olímpicos, que han tratado, a su manera, de defender los mismos ideales: La posibilidad de una celebración de la humanidad entera por encima del conflicto. No siempre lo han conseguido.
Quizá se deba a que la verdadera fiesta universal no son los Juegos Olímpicos, sino la Copa del Mundo de futbol. El Mundial es su propia ekecheiria.
El Mundial de 2026 comenzó el jueves pasado en medio de un mundo convulso, dominado por la polarización, tanto en la retórica como en la práctica. Los tres países anfitriones, que vendieron su candidatura como una muestra de unión regional, están inmersos en tensiones diversas. Estados Unidos, el anfitrión central, hace tiempo debió haber perdido ese privilegio. Ha amenazado abiertamente a los dos países que lo acompañan como sede. Ha hecho la vida imposible a aficiones extranjeras y equipos. Lo ocurrido con el equipo iraní habría violado el espíritu de la antigua ekecheiria. El Gobierno trumpista incluso ha lastimado a las aficiones dentro de su propio país, amenazando con operativos migratorios. Si la FIFA tuviera un ápice de valentía, Estados Unidos habría perdido la sede.
Esa era la discusión antes de la gloria escénica del Estadio Azteca, antes de la llegada de ríos de aficionados de todo el mundo a Norteamérica y antes de que volviera a rodar el balón.
Hoy, gracias a la Copa del Mundo, el mundo se ha dado un respiro. Evidentemente, el dolor y las conflagraciones siguen. Pero la pelota ha vuelto a ofrecer algo que sólo la pelota puede ofrecer: Un vistazo a otra humanidad posible.
México ha pasado, en apenas unos días, de ser presentado como fuente de preocupación a convertirse en fuente de gozo, asombro y fascinación para millones. Los problemas del País no se han ido. La violencia no desapareció. La desigualdad no se suspendió. La fragilidad institucional no quedó resuelta por decreto futbolístico. Pero el Mundial ha sacado a la superficie ese otro México que tantas veces queda sepultado bajo la noticia dura, sobre todo frente al resto del mundo: El México alegre, colorido, hospitalario, generoso, caótico en el mejor sentido, musical, callejero, cálido y divertido.
El México de un pato disfrazado de aficionado. El México de coreanos y mexicanos bailando juntos en una taquería. El México de alegría contagiosa que es tan real como ese otro que tantas veces predomina en la narrativa sobre el País.
Escenas parecidas de gozo multitudinario se han reproducido en los tres países. Los escoceses tomaron las calles de Boston y abrazaron a un policía que se animó a hacer unas dominadas. Los brasileños pintaron de amarillo Times Square, al menos hasta que los aficionados de los Knicks lo tomaron de vuelta. La marea holandesa llegó a Texas junto con los seguidores japoneses, únicos a su manera. Y lo que ha prevalecido es ese sentido de comunidad: Una refutación del mundo confrontado y aislado que fomentan las voces autoritarias.
Una tregua que es, en realidad, un ejemplo de nuestra mejor versión.
León Krauze
@LeonKrauze
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