La pregunta incómoda que puede cambiar tu vida
La vida y la muerte no son enemigas. Negocian dentro de nosotros todo el tiempo.

Historias demasiado humanas
La muerte le preguntó a la vida: “¿Por qué a mí todos me odian y a ti te aman?”.
“Porque tú eres una verdad dolorosa, y yo soy una hermosa mentira”, respondió la vida.
La fábula es vieja, pero sigue funcionando porque toca una de nuestras formas más persistentes de autoengaño: Creer que lo valioso debería durar.
Nos enamoramos de la continuidad. Imaginamos que los vínculos sanos no se gastan, que el trabajo que alguna vez nos dio identidad seguirá explicándonos siempre, que la versión de nosotros mismos que aprendimos a habitar puede acompañarnos indefinidamente sin volverse una cárcel.
Pero la muerte no aparece solamente al final, con solemnidad y guadaña. La muerte trabaja todos los días, de manera más silenciosa y menos teatral. Está en una amistad que se vacía, en una vocación que deja de encendernos, en una etapa que ya cumplió su función.
El problema no es siempre que algo termine. Muchas veces el dolor nace de la violencia con la que intentamos mantener vivo lo que ya cambió de naturaleza. Llamamos fidelidad a lo que a veces es miedo. Llamamos perseverancia a lo que a veces es incapacidad de aceptar una pérdida.
Pero también sería demasiado cómodo decir que madurar consiste simplemente en soltar. No todo apego es inmadurez. Hay causas, amores, obras y proyectos que sobreviven precisamente porque alguien se negó a abandonarlos cuando parecían agotados. A veces insistir es una forma superior de lucidez.
Por eso la verdadera pregunta no es “qué debo dejar ir”, sino cómo distinguir lo terminado de lo que todavía merece ser defendido. Esa distinción es difícil porque no depende sólo de la sicología individual. Hay finales que elegimos y finales que nos impone un sistema: Una industria que desaparece, una tecnología que reemplaza otra, una crisis económica, una edad que reorganiza nuestras posibilidades. A veces no soltamos; nos sueltan.
“Toy Story” 3 lo muestra mejor que muchos tratados. “Andy” entrega sus juguetes antes de irse a la universidad. La escena conmueve porque no está regalando objetos: Está enterrando una versión de sí mismo. Al darle “Woody” a “Bonnie”, no destruye su infancia; le permite dejar de ser una carga. Comprende que conservarlo todo puede ser otra forma de perderlo todo.
Sin embargo, si “Andy” hubiera llevado a “Woody” a la facultad, tampoco habría sido automáticamente un cobarde. Tal vez habría sido un joven incapaz de despedirse. O tal vez alguien que necesitaba una reliquia para cruzar un umbral.
Los símbolos no siempre son cadáveres. A veces son puentes. La madurez consiste en saber cuándo un puente todavía comunica y cuándo ya se transformó en ruina.
No se trata de celebrar los finales ni de despreciar la ilusión. Necesitamos creer en cierta permanencia para levantarnos cada mañana, amar, trabajar y proyectar. Pero también necesitamos aceptar que vivir implica administrar muertes parciales. Cada identidad que nace ocupa el lugar de otra que se retira. Cada futuro exige una renuncia.
La vida y la muerte no son enemigas. Negocian dentro de nosotros todo el tiempo. La vida promete sentido; la muerte cobra el precio del cambio. El error es creerle demasiado a una sola.
La próxima vez que algo cruja, no preguntes enseguida qué debes soltar. Pregúntate primero si eso que defiendes todavía late o si sólo estás custodiando su forma vacía. Porque no todo lo que duele debe abandonarse. Pero todo lo que ya murió, si no lo enterramos, termina ocupando el lugar de lo vivo.
Juan Tonelli
Escritor y conferencista
Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.
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